Martín suspiró cuando entró a la habitación después de regresar aquella noche, pero en él no había cansancio. Se sentía tranquilo de haber encontrado a Braulio y de haberlo traído de vuelta. Dibujó una sonrisa al pensar en eso; una que sostuvo cuando eligió creer que no todo con Braulio se había arruinado.
Él no se permitió permanecer ignorante ante la dificultad, esa contrariedad y paradoja que representaban los hechos, pero también sabía que eso no iba a cambiar. La razón le decía que la distancia era la elección correcta. Sin embargo, había otra cara que no podía obviar: tampoco podía evitar acercarse.
Encendió la luz y cerró la puerta. Luego giró para ver la cajonera y, un poco más allá, el ordenador. Se acercó a la primera y sacó la cámara gris plata del interior.
Martín volvió a la cama y se sentó cerca de la almohada con la pierna derecha encima del colchón y la izquierda flexionada para apoyar el pie en el piso. Observó el objeto; algunas marcas de uso se veían en la superficie.
El sonido bajo la presión del dedo anunció que se había encendido. Él la giró para centrarse en la pequeña pantalla trasera; había pasado más de un año desde la última vez que miró el contenido, al igual que desde el último momento capturado. La tarjeta de memoria con todas las fotografías seguía en el interior.
Martín utilizó el mecanismo para desplazar los archivos hasta llegar al principio: la fotografía que lo mostraba sosteniendo la caja vacía de esa cámara.
Sonrió pleno.
Andrés, su hermano mayor, había decidido sorprenderlo aquel día y así fue que llegó a casa con ese regalo. Él necesitó algún tiempo para entender lo que sucedía:
—¿Qué es esto?
Él miró con mayor detenimiento el objeto rectangular envuelto en papel dorado y luego miró a su hermano. Andrés le devolvió una amplia sonrisa. La mirada del mayor se volvió cálida y un tanto introspectiva.
—Es para ti, pero para saber qué es tendrás que abrirlo —Andrés lo alentó con el gesto repetido de la mano—. No te morderá, rompe el papel.
Martín regresó la vista al papel que en su terminación metálica reflejaba la luz; no se sentía seguro del todo, pero le pasó la mano por encima y apretó los dedos hasta que se aferraron cerca del borde y el envoltorio se rompió.
La cámara estaba ahí. Él no entendió. Sin más opción, buscó una respuesta en los ojos de Andrés.
—La vi en una vidriera cuando venía de vuelta y pensé en ti. Recordé cuando éramos niños y tomabas cualquier objeto que se pareciera a una cámara para jugar a tomar fotografías —Andrés diluyó la sonrisa, con cierta nostalgia—. ¿Qué tal si eso no era solo un juego? ¿Y si esas fueran señales de lo que estabas destinado a ser?
Martín no respondió. Solo bajó la vista a la caja entre las manos.
—No fue fácil, nunca lo fue y creo que jamás lo será, pero tampoco tenemos que quedarnos ahí, lamentando lo que ya no puede cambiarse —Andrés apoyó las manos en la mesa con un golpe seco que buscaba atención, sin agresividad—. Además… ahora que me está yendo bien, que cada vez más personas me contratan para animar sus fiestas, ¿quién mejor que mi hermano para ser mi fotógrafo oficial?
Martín solo asintió, reprimiendo la demostración de una alegría completa. Andrés no perdió tiempo: levantó las manos de la mesa, le quitó la caja, sacó la cámara y le devolvió el envoltorio. Martín no dijo nada, solo lo observó mientras preparaba el aparato para tomar la primera imagen.
—Listo. Cierra la caja. Debes levantarla a un lado de tu cabeza.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque yo te lo estoy pidiendo —Andrés respiró algo cansado ante la duda que permanecía en su hermano—. Algún día mirarás hacia atrás, serás consciente de estar en un lugar mejor y recordarás este momento con la importancia que merece. Es un punto de partida, Martín. Eso siempre será digno de recordar.
Martín tragó saliva y obedeció.
—Sonríe… —pidió Andrés.
Clic.
El registro inmortal se grabó sin que la mirada de Martín correspondiera al enfoque del lente. Él prefirió ver la cara de quien capturó ese instante.
Andrés rió, dejó la cámara encima de la mesa y le dio un abrazo a Martín, que seguía algo abstraído. Luego intentó salir para permitirle un momento a solas, pero Martín lo sujetó de la muñeca. Andrés giró para encontrarse con el semblante caído de su hermano.
—Dijiste que debo ser tu fotógrafo oficial, ¿cómo vamos a saber que puedo con eso si antes no hacemos pruebas?
Martín se levantó del asiento y, sin soltar la muñeca de Andrés, salió de la cocina para dirigirse al cuarto. Una vez allí, buscó una sábana negra del armario y le pidió ayuda para quitar los retratos de la pared. Esos clavos servirían de agarre, luego le pidió estirar la tela y tomar un lado cuando la acomodaban como fondo.
Poco después le avisó que debía sentarse en la cama. Andrés dudó.
—¿Estás seguro?
—Tú solo sigue mis indicaciones —explicó, sentándose frente a él.
Clic.
La primera fotografía fue la seriedad ante lo inesperado para el modelo y el gesto disconforme del fotógrafo por el resultado.
—No me avisaste —se quejó Andrés.
Él rio mientras preparaba el aparato para un nuevo intento.
—Bueno, ahora sí te estoy avisando. Sonríe.
La segunda captura fue más parecida al resultado esperado, solo que demasiado despreocupada para el gusto de Martín.
—¿Ya? ¿Tienes la fotografía perfecta?, ¿puedo irme? Tengo cosas que hacer.
Martín negó.
—En serio, sonríe, pero bien. No juegues porque tengo todo el día para seguir intentando.
Andrés se llevó la mano junto a la frente: el saludo militar que ambos fingían cuando el otro se volvía demasiado exigente o estricto respecto a algo.
Clic.
La fotografía que Martín quería surgió. Andrés sonreía con amplitud, sin filtros, sin reservas ni juegos por incomodidad. Aun así, él quería seguir intentando; creía que podía hacerlo mejor, pero Andrés se lo impidió.