El agua que quema

Capítulo 15: ¿Dónde?

Braulio estaba acostado en la misma posición en que lo había encontrado el amanecer hacía más de una hora. Él solo se había levantado por unos minutos para observar el exterior, y ahora, gracias a eso, entendió que no podía salir mientras Martín estuviera en la playa ni podía bajar ante la posibilidad de encontrar a su madre en la cocina.

Su paz fue breve; diez minutos que se dieron por terminados cuando oyó el sonido de los tacones de Renata mientras ella subía por la escalera. Renata se detuvo frente al umbral de Braulio y contuvo las palabras tratando de entender qué significaba lo que había encontrado.

Él había dejado la puerta de la habitación abierta y aquello había tenido el efecto de desconcertar a su madre, que recorría el marco con la vista.

—Es para ahorrarte el esfuerzo de llamar o abrir y entrar de todos modos —avisó Braulio, de espaldas a ella.

Renata tragó saliva y bajó la vista para mirar el límite, ese que ninguna madera rectangular y blanca cubría para cumplir la función de impedirle el paso.

—Solo me gustaría que pudiéramos hablar —dijo Renata, con tono contenido.

—¿Sobre qué, mamá? ¿Qué puede existir en mi vida que tú no sepas ya? —Braulio sonó seco, monótono.

El pie derecho de Renata se elevó, pero se quedó sobre el límite y un segundo después retrocedió para volver a apoyarse en su lugar anterior.

—No importa que la puerta esté abierta, Braulio. No voy a entrar sin tu permiso.

Braulio rio, aunque esa risa no tuviera su origen en la alegría.

—No tengo más que decir, Renata. He dejado claro más veces de las necesarias que no voy a pelear, ¿por qué no puedes entenderlo?

—Braulio, eres irónico, sarcástico, irreverente, incluso irritante, pero nunca has sido alguien que solo dejara de pelear.

Braulio volvió a reír para apagar esa risa en un suspiro.

—Quizás eso debería decirte que ya no me conoces tan bien. —Él bajó la vista—. Ya entendí que no tiene ningún sentido, mamá. No hay mucho que pueda hacer frente al hecho de que a mi madre no le parezca suficiente tener un hijo que la ama.

Braulio se mantuvo ajeno a la reacción de su madre, a los ojos húmedos de Renata. Él no tuvo ganas ni intención de verlos. En su lugar, se levantó de la cama y llegó al ventanal. Martín ya se había ido; Braulio esperó que con la ausencia concedida por él fuera suficiente para entregar el mensaje de la manera más clara posible. Eligió la seguridad de que Martín no volvería a acercarse. Luego tomó sus lentes negros.

—Hijo, ¿adónde vas?

Renata se hizo a un lado para darle paso.

—El único lugar al que no me puedes seguir sin arruinar tu apariencia perfecta. —Braulio se colocó los lentes negros cuando iba escaleras abajo—. No te preocupes, estoy bien, solo quiero tomar un poco de aire. Te amo, mamá, por más difícil que lo hagas a veces.

Él respiró más tranquilo al atravesar la puerta principal y, sin un atisbo de duda, se dirigió a su lugar de siempre. Se sentó bajo la sombrilla, luego juntó sus piernas, puso los brazos encima de las rodillas y apoyó en ellos su mentón. Esta vez no miró el agua, miró a la gente metros más allá, a su derecha.

Él no quería estar ahí, pero sabía que una mirada lo acompañaba desde el ventanal a su espalda. Un reconocimiento que, si veía exceso de normalidad, terminaría por dejarlo en paz. Justo lo que necesitaba.

Habían pasado cerca de quince minutos cuando Braulio se bajó un poco los lentes negros y giró su cabeza con disimulo a ambos lados sobre los hombros para observar cada ventana de la casa, y se encontró con la satisfacción de que ya no había nadie allí.

Una vez que procesó aquella confirmación, él se puso de pie y comenzó a caminar sin detenerse ni volver la vista nunca. Braulio sabía que la ciudad no estaba tan lejos y, de algún modo, lo estaba llamando.

Por su parte, Renata se dedicó el día entero a las tareas habituales del hogar, incluso no mostró preocupación cuando a la hora del almuerzo Braulio todavía no había regresado. Ella pasó la mañana reprimiendo el impulso de mirar el exterior hasta que terminó por normalizar dicha elección.

Manuel y Sofía ya estaban en casa, entonces, durante un momento a solas que permitió la niña cuando, después del almuerzo, ella se retiró de la mesa con la intención de ir a su cuarto para continuar con la conversación practicada entre sus muñecas, él aprovechó para cuestionar a Renata acerca de la ausencia de Braulio.

Ella negó que hubiera ocurrido cualquier clase de pelea entre ella y su hijo, dando por tierra las sospechas de su esposo. Manuel lo pensó: quizás lo que había sucedido era que Braulio y Martín habían encontrado la manera de volver a comunicarse. Tal vez ellos estaban pasando tiempo juntos aquel mediodía.

El resto del día transcurrió con la normalidad de la tarea que eliminó la arena que insistía en colarse en la casa hasta que, al caer la tarde, Renata ya no pudo contenerse. Le avisó a Manuel que saldría un momento. Él la miró con cierta sospecha, pero volvió su atención a Sofía que lo reclamaba mientras ambos veían televisión en la sala.

Lo primero que hizo Renata estando todavía en el porche fue mirar la casa vecina. Ella sabía que Braulio podría estar ahí con Martín y que quizás, ella ya no podía seguir fingiendo que eso le parecía del todo bien.

De todos modos, sin saber muy bien cómo afrontar la situación, Renata caminó y no se detuvo hasta estar frente a esa puerta y llamar.

—Voy.

Mirian sonrió con amabilidad al abrir la puerta y encontrar a su vecina temporal ahí.

—Renata, hola, ¿te puedo ayudar en algo?

—Qué gusto verte, Mirian —dijo Renata, con una sonrisa de vuelta—. Por favor, ¿le podrías avisar a Braulio que la cena estará lista en treinta minutos?

Mirian frunció el ceño.

—¿Braulio? ¿Está aquí? —Mirian dudó—. Perdón, es que no lo vi entrar ni tampoco los escuché hablar, no estoy segura de que ellos estén juntos, pero pasa, llamaré a Martín para preguntarle.




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