El agua que quema

Capítulo 8: No sin ti

La mañana para Martín había empezado después de las ocho y media, tras otro breve vistazo al exterior. Esa mirada le devolvió la seguridad de una pertenencia que, por un día más, se extendía. Todo seguía allí fuera, aunque él no pudiera saber por cuánto.

Con los codos formando casi una incipiente V en su separación, el apoyo en las palmas le sostenía la cabeza, suspendida apenas sobre la almohada, mientras los ojos se movían en un techo donde no estaban intentando ver nada.

El recuerdo de aquellas máquinas sonando dentro de su mente delataba dónde estaba su pensamiento: en los pasillos alfombrados, las paredes sin ventanas ni relojes, y el espacio calculado sobre el que se movió en su búsqueda. Eran las caras felices, preocupadas e incluso derrotadas que su memoria le obligaba a reconocer.

Esa sería otra noche con alguien saliendo con algo en los bolsillos y muchos más con sus problemas agravados. Martín solo los había observado; mientras algunos recibían su premio, otros aceptaban una bebida entregada con una sonrisa.

Su mente no podía dejar de analizar los recuerdos: la razón por la cual el engaño resultaba tan efectivo para esas personas y, peor aún, para su propio padre.

Entonces lo había encontrado, casi al final de las tragamonedas; Javier estaba frente a la máquina decidiendo de cuánto sería su apuesta siguiente. Junto a él, una mujer con una apariencia que no dejaba nada a la imaginación ni a la libre interpretación.

—Papá —llamó.

La mujer fue la primera en mirarlo. Javier seguía esperando que los símbolos en la pantalla dejaran de caer para mostrar el resultado. Ella pareció interpretar la situación y le tocó el hombro. Javier la miró sin comprender, pero la mirada de la mujer le indicó hacia dónde mirar.

—Martín, ¿qué haces aquí?

Javier se notaba nervioso, pero era incapaz de abandonar el juego para hablar más tranquilos afuera. El padre asintió en silencio, metió la mano en el bolsillo de su camisa y tomó la de su hijo para dejarle algunos billetes. Luego le cerró los dedos sobre el dinero y regresó a su juego.

—No debes esperarme; no sé a qué hora me iré.

Martín no insistió. Se alejó sintiendo la mirada de la mujer sobre él, aunque ella pronto perdió el interés y volvió a alentar las nuevas apuestas.

Durante el viaje de regreso a casa, Martín pensó en el verdadero motivo por el que había ido a buscarlo a ese lugar. Javier había comprado la casa de la playa a su propio nombre y tenía las escrituras en su poder. Martín sabía que una mala racha podía borrarlo todo, pero no se había atrevido a decírselo. Ahora entendía que, aunque su padre le hubiera entregado los papeles, el problema seguiría siendo incontrolable. Quizás Javier regresaría a casa, pero solo para recuperar los documentos, incluso si tenía que recurrir a la violencia para conseguirlo.

Más tarde esa noche, le dijo a su madre que Javier estaba bien y le entregó el dinero que recibió. Los ojos de Mirian le devolvieron la preocupación y la tristeza de siempre ante una situación que ya era costumbre. Ninguno quiso escarbar más en el asunto.

De vuelta al presente y lejos de la habitación de Martín, eran pasadas las nueve de la mañana cuando Braulio abandonó la cama y bajó las escaleras. Escuchó a sus padres hablando en la cocina y el sonido de las caricaturas en el televisor de la sala; no lo dudó y prefirió entrar a esta última.

Braulio dobló la pierna derecha para acomodarse en el asiento y apoyó el brazo en el respaldo; luego, dejó caer la cabeza sobre el dorso de la mano.

Bajó las cejas al ver la atención con la que su hermana redactaba algo. Quizás Sofía aún no se daba cuenta de que él estaba ahí, pero Braulio la conocía lo suficiente como para saber que ella prefería ignorarlo.

Aquella niña solía hacerlo con los demás miembros de la familia cuando tenía en mente algo de lo que le gustaría hablar; su orgullo, a veces más grande que su propio cuerpo, le impedía exponer el tema sin un pedido. Claro, sin ocultar las señales que pudieran generar interés.

—¿Qué haces, qué te tiene tan concentrada? —bromeó Braulio, tocándole la mejilla con el dorso de la mano.

Sofía ladeó la cabeza ante el gesto y luego volvió a centrarse en el papel.

—Escribo —dijo con un tono demasiado serio.

—Mmm… Escribes —siguió Braulio al tiempo que asentía e imitaba el tono solemne de su hermana pequeña—. ¿Y qué tanto escribes?

Sofía se llevó la mano al hombro y, en un movimiento rápido, se apartó los bucles rubios y largos que le caían sobre el rostro.

—Una carta —respondió, mirándolo con cierto desdén.

Braulio sonrió.

—Una carta. Eso suena importante. ¿Puedo saber sobre qué y para quién es?

—Es para Martina, ella me ofendió.

Braulio tragó saliva. La similitud de aquel nombre le trajo recuerdos inmediatos. Sin embargo, Sofía no tenía por qué saber que la cabeza de su hermano intentaba escapar de lo que le había provocado, sin querer.

Él estiró los dedos pulgar e índice en forma de V y luego se los pasó desde la frente hasta el mentón, dejando una expresión dura a su paso.

—¿Sabías que estar demasiado serios por mucho tiempo puede causar arrugas?

Después de verlo con urgencia, Sofía lanzó un gritito y se llevó las manos juntas al pecho.

—¿¡Qué!? —gritó la niña a todo pulmón.

—¡Braulio! —reprendió Renata desde la cocina—. Que no se te ocurra torturar a tu hermana.

Braulio rio sin poder evitarlo y estiró la mano para tomar la muñeca de la pequeña.

—Es broma. No me creas.

La niña soltó el aire.

—Con esas cosas no se juega, Braulio —explicó y, como si nada hubiera pasado, volvió a su escritura.

—Ey —insistió Braulio, tocando el hombro de su hermana repetidas veces con la punta del dedo—. ¿No me vas a decir lo que dice la carta?

La niña resopló y puso los ojos en blanco un momento. Braulio volvió a sonreír; sabía que ella se moría por contarle.




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