El agua que quema

Capítulo 13: No estás solo

La noche siguiente, Martín estaba sentado a los pies de su cama, con la cajonera frente a él y el ordenador apagado a su derecha. Él sabía que mientras el tiempo no se detuviera, el casillero con la X marcada estaba un poco más cerca.

La luz de la habitación estaba apagada. Allí solo entraba la débil luz exterior por el ventanal sin cortinas y la claridad del pasillo colándose bajo la puerta. Martín no la necesitaba, lo que estaba viendo se bastaba de la claridad en su mente. Esa misma mente que a veces mostraba el mapa absoluto, y otras, prefería conceder un respiro artificial dibujando una deformidad en la hoja de ruta; tal vez un posible desvío que él no tardaba en reconocer como inviable.

Martín sonrió; entonces recordó el regreso del día anterior, después de que Manuel se hubiese cansado de dejar pasar supermercados. Recordó cómo eso había dejado de ser necesario porque él le había demostrado que podía confiar; que su honestidad no iba a representar nada que no pudiera manejar. Manuel estaba dispuesto a escuchar sin necesidad de categorizar lo oído.

Martín había sido claro; su confianza tuvo un precio. Antes de poder hablar sin máscaras ante Manuel, él debía darle algo a cambio y así se lo hizo saber.

Él volvió a hablarle de la ciudad, del casino, su padre, y también le dijo que Braulio no sabía nada de eso; que no había podido evitar mentirle. Le explicó cómo le había hecho creer que esa, junto a él, era su primera vez en la ciudad, y por qué no pudo decirle la verdad. Martín fue categórico respecto a su pedido de que esa verdad todavía no debía llegar a oídos de Braulio.

Manuel no juzgó la decisión del ocultamiento de Martín a Braulio ni tampoco lo culpó por hacerlo. En su lugar, un pensamiento se adueñó de su mente, uno que parecía entender el problema de raíz.

—¿Y por qué se supone que esa realidad es la única que debería existir para ti?

Martín asintió y luego permaneció con la cabeza baja un momento.

—¿No tendría por qué volver ahí?

Manuel no sintió que aquella última pregunta hubiera sido pronunciada buscando una respuesta de su parte.

Eso no fue todo.

Martín también recordó cuando la camioneta se detuvo en el garaje, a un lado de la casa. Recordó cómo él lo miró y volvió a apretarle el hombro. Era como si Manuel necesitara dejarle muy claro que allí estaba, para él, y pensaba seguir ahí si le daba la oportunidad de hacerlo.

Entonces, en medio de la oscuridad de su cuarto, Martín levantó la cabeza en un movimiento casi espasmódico seguido por una risa sin eco; había recordado algo más.

El día anterior, cuando él y Manuel estuvieron frente a los escalones, él lo invitó a entrar a la casa.

—Martín, acompáñame a llevar esto dentro.

Martín había mirado las manos del padre de Braulio; allí había una pequeña bolsa con un solo producto dentro. Algo simple, liviano, pero él le estaba pidiendo ayuda como si estuviera cargando una tonelada entre las manos.

Ninguno necesitó explicaciones para eso, ni tampoco para las excusas vagas que él le dio negándose a entrar en la casa. Manuel solo asintió y tendió una última soga.

—Ya sabes que estaremos aquí si en algún momento quieres pasar a visitarnos. Eres más que bienvenido, Martín.

Él no tenía problemas con eso. Para Martín el conflicto no se hallaba en atravesar esa puerta, en tomar la posibilidad de volver a ver a Braulio cuando eso era lo que más quería; el problema era la conciencia de saber que las sogas nuevas no siempre cortaban o anulaban la conexión con las anteriores.

Martín lo pensó por un momento, sintió el filo de esa idea tan clara:

«¿Cómo te contienes de tomar lo que más necesitas?».

Toc, toc.

Los golpes en su puerta sonaron bajos, casi desvanecidos dentro de su mente cuando lo arrastraron de vuelta. Martín sabía que esa no había sido la verdad ni la intensidad real de ese llamado, pero estaba demasiado profundo cuando los oyó.

No respondió, solo miró la puerta esperando que la persona al otro lado fuera él.

—Martín, hijo, ¿puedo pasar?

Su mirada cayó cargándose de una tristeza que no se permitió sostener.

—Sí, mamá. Pasa.

Mirian abrió la puerta y se quedó pensativa al ver a su hijo sentado en la oscuridad, a los pies de la cama con las piernas en W, las manos sujetando las pantorrillas y la espalda un tanto encorvada.

—Justo anoche vi una película de terror. Y no, no quiero volver a ver otra en mi vida —bromeó.

Martín rio aceptando aquella broma y no cambió su posición cuando su madre caminó para sentarse detrás de él, a su espalda.

—No quería molestarte, solo saber que estabas bien.

Martín bajó la mirada a sus propias manos, que soltaron el agarre de las piernas, y entonces el dedo pulgar derecho se volvió inquieto, presionando la palma de la mano izquierda.

—Es complicado —respondió a secas.

Ella suspiró.

—Hijo, tú sabías que no sería fácil. Lo que necesitas no es un lugar que pueda ocupar cualquiera. —Mirian negó—. Y hablando de cosas complicadas en la vida, ¿cómo es que ninguna universidad me llamó para exponer sobre el tema todavía?

Martín volvió a reír. Un latigazo en su mente le mostró cómo se sentía cuando alguien elegía mostrar el vaso en el que él había contenido la tormenta.

—Si debe ser, no importa si es hoy o en cualquier mañana; no van a poder evitar esa conversación —agregó Mirian.

«No eres blandito, nunca lo fuiste», pensó cuando él volvió a su mente.

—Hijo… —Mirian se detuvo, lo meditó, le dio un beso en la espalda, apoyó la cabeza de lado ahí y luego continuó—: ¿Estás seguro de que no hay posibilidad de que hablen?

Martín necesitó un breve carraspeo, que no fue demasiado pronunciado ni duradero, antes de responder. Su garganta amenazaba con cerrarse.

—No creo que él quiera volver a verme o hablar conmigo. Lo que le hice fue horrible, cruel.

—Mmm…

Mirian lo pensó:




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