El agua que quema

Capítulo 7: Lo que falta

La mañana había llegado hacía más de hora y media, Martín lo tenía más que presente, pero aun así no quería abandonar su cama después de un pequeño vistazo anterior para confirmar que todo seguía allí. Su mente estaba más ocupada en concluir sobre el detalle que había notado cuando visitó la casa de Braulio por primera vez y pudo recorrer el interior.

«Creí que solo podía tratarse de las fachadas, pero el interior también es idéntico», dijo su mente.

Martín sonrió ante el hecho, sin saber que había otra diferencia desconocida para él; en oposición a su elección, Braulio dormía dándole la espalda a la puerta y de frente al ventanal.

«Solo cambia lo que está dentro», siguió pensando.

En ese momento quizás entendía por qué no había podido evitar mirar y tocar las cosas de Braulio cuando tuvo acceso a su cuarto. Cómo no había nada más que pudiera darle mayor certeza de alcanzar la comprensión sobre la persona que intentaba conocer.

«Los vendedores podrían usar el eslogan: El estándar del estándar, y nadie que compre aquí se sentiría engañado».

Él volvió a reír tras caer en cuenta de que así como esas casas que ocupaban ambos, todas las demás al borde de la playa también serían iguales. Mismas medidas, mismos materiales, mismo propósito.

«Mientras yo lo pienso, la gente que necesita seguridad hace filas para comprar esta ilusión».

Entonces, un murmullo que llegó desde la planta baja directo a sus oídos lo alertó. Las voces subían, pero no había amenaza en ellas, solo una aparente alegría compartida. Una, siendo esa la de su madre, le resultó reconocible de inmediato, pero la otra… la otra le exigió mayor atención y ni así fue capaz de ofrecerle ninguna seguridad en principio.

«¿Renata?»

Martín dejó la cama y abrió un poco la puerta para escuchar. Eso resolvió su duda sobre la identidad de la persona; Renata estaba ahí, pero creaba un nuevo dilema al tratar de entender por qué lo estaba.

Él abrió la puerta un poco más con la paciencia que eliminó cualquier ruido delator y salió del cuarto para llegar hasta el filo de la pared en coincidencia con el inicio de la escalera. Desde allí podía escuchar todo sin el riesgo de ser visto.

En la sala, Renata dejaba encima de la mesa baja de cristal frente al sofá el plato de brownies que había traído como cortesía.

—Son de vainilla y tienen relleno de chocolate. Mmm… —dijo llevándose los dedos juntos a la boca como si fuera a lanzar un beso al aire—, una delicia. Créeme.

Mirian asintió con una sonrisa.

—¡Ay, gracias, qué rico! —aceptó Mirian con sinceridad—. ¿Quieres que tomemos algo para acompañarlos? ¿Algo fresco, quizás?

Renata dudó un momento intentando devolver la sonrisa.

—¿Un té sería mucho pedir? Es que es temprano. No sé, podría ser como un mini desayuno improvisado entre amigas.

Mirian bajó sus cejas, algo que Renata creyó interpretar de inmediato.

—Si no tienes las tazas con sus respectivos platos, yo sí las tengo en mi casa, puedo ir a buscarlas. No es un problema.

Mirian se puso de pie, luego se agachó un poco para pasar las manos por la parte trasera y baja de su vestido floreado de verano. Después, ella señaló el umbral de la sala con su mano abierta y la palma hacia arriba.

—¿Me acompañas a la cocina? —pidió.

Martín seguía escuchando todo, no se había movido del lugar ni tampoco sintió necesidad de ocultarse más; sabía que sin la intención de mirar hacia arriba, ninguna podría verlo cuando ellas cruzaran a la cocina. Su única preocupación fue retener la risa por reconocer el tono de su madre. Algo que los años de descubrimiento y experiencia le habían enseñado a identificar. Firme, seguro, pero sin dejar de ser amable. Un tono al que le quedaba fácil ocultar sospechas para cualquier otra persona, pero que para Martín solo podía ser entendido como los límites en la paciencia de su madre siendo empujados.

Minutos después, cuando la preparación del té terminó, Renata cruzó de nuevo a la sala siendo seguida por Mirian que traía la bandeja con las tazas y sus respectivos platos así como la delicada cuchara plateada para revolver la infusión, un recipiente de porcelana y flores celestes que contenía el azúcar.

Después de sentir que sus piernas se cansaron de tanto esperar una explosión que no sucedió, Martín se había sentado al inicio de la escalera y apoyado la espalda en la pared. De algún modo, las mujeres parecían haber subsanado su inconveniente solapado y ahora no tenían más que risas mutuas para dar.

Renata tomó un brownie para sí misma imitando a Mirian, que ya estaba probando uno, mientras cerraba los ojos y una mueca de genuina satisfacción se le dibujaba en los labios.

—Mmm… Tenías razón, están deliciosos. ¿Los hiciste tú? —Mirian vio asentir a su visita—. Qué mano querida —finalizó.

Renata solo había devuelto un asentimiento porque no podía creer que Mirian hubiera sido capaz de cubrirse la boca con la mano mientras hablaba un poco y volvía a masticar.

Aquel gesto de Mirian le resultó demasiado falto de clase, al punto de distraerla y sin darse cuenta, Renata mordió demasiado cerca del centro de su propio brownie. Su mano le cubrió el borde de la boca cuando empezó a caer el relleno. Mirian, pendiente de su accidente, se apresuró a tomar una servilleta de papel y ofrecérsela.

Renata tragó saliva mirando la servilleta de papel en su mano y entonces volvió a ver a su amiga que esperaba a plena sonrisa que ella se limpiara la boca. La mano de Renata sufrió un breve temblor que ella no pudo retener en un principio. Entonces, Renata optó por ocultar la mano entre la orilla de su pierna y un cojín del sofá.

—¿No tendrás servilletas de tela? —pidió.

Mirian se quedó un momento con la boca entreabierta, sin entender del todo aquella petición y luego se levantó mientras asentía.

—En la cocina —avisó Mirian, cuando juntó las manos a la altura del vientre—. Ahora te traigo una —aclaró antes de retirarse.




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