El Dragon de La Escama Negra

Capítulo 1: La sombra en la noche

El viento aullaba entre las agujas de piedra de la Mansión de Ébano, pero Lyra no sentía el frío. O tal vez sí lo sentía, pero el miedo que le helaba la sangre era mucho más fuerte.

Colgada boca abajo a treinta metros de altura, con los dedos entumecidos aferrados a la gárgola de piedra que adornaba la cornisa, la ladrona cerró los ojos un segundo. Respira, se dijo a sí misma. Solo respira.

Debajo de ella, los jardines estaban sumidos en una oscuridad antinatural. No había guardias patrullando con antorchas, ni perros rastreadores. La finca del legendario Lord Kaelen no necesitaba guardias humanos. Se decía que las sombras mismas le pertenecían.

Lyra sacó un pequeño frasco de cristal de su cinturón de cuero. Lo destapó y espolvoreó un polvo plateado sobre el alféizar de la ventana balcón que tenía a su derecha. El polvo brilló un instante, revelando una fina red de hilos mágicos, casi invisibles, que cruzaban la abertura.

—Wards de alarma de tercer nivel —murmuró para sí misma, esbozando una media sonrisa en la oscuridad—. El Lord Dragón es paranoico, pero no es infalible.

Con la precisión de una cirujana, sacó una varilla de hueso tallado y desactivó los hilos uno por uno. El mecanismo emitió un suave clic que resonó en su pecho. Empujó la ventana y se deslizó al interior, cayendo en silencio sobre una alfombra de terciopelo tan gruesa que sus botas no hicieron ningún ruido.

Ya estaba dentro.

Lyra se permitió un segundo para recuperar el aliento y ajustar la máscara de seda negra que cubría la mitad inferior de su rostro. Tenía que ser rápida. El Sindicato de las Sombras le había dado hasta el amanecer del tercer día para pagar la deuda de su padre. Si no entregaba las monedas de oro, o algo de igual valor, se llevarían a su hermana pequeña, Nia, a las minas de sal.

Nia tenía diez años y tosía sangre cada invierno. Lyra preferiría arrancarse su propio corazón antes que dejar que los esbirros de Silas la tocaran.

Por eso estaba aquí. Para robar la Lágrima de Sangre, un rubí del tamaño de un puño que, según los rumores, estaba en la bóveda personal de Lord Kaelen.

Lyra avanzó por el pasillo, pegándose a las paredes. Sin embargo, a medida que se adentraba en la casa, algo empezó a cambiar. El aire se volvía más denso. Más pesado.

Y hacía calor.

No era el calor asfixiante de una chimenea encendida, sino un calor seco, profundo, que parecía emanar de las propias paredes. Lyra frunció el ceño y se aflojó el cuello de su traje de cuero.

Llegó a las puertas dobles de la bóveda principal. Estaban entreabiertas.

Demasiado fácil, pensó, frunciendo el ceño. Pero el tiempo se le agotaba. Empujó las puertas de roble macizo y entró.

Lo que vio la hizo detener en seco, olvidando por un momento cómo respirar.

No era una bóveda normal. Era una cueva.

El techo se perdía en la oscuridad, pero el suelo estaba cubierto por montañas de oro. No había cofres ordenados ni estanterías elegantes. El oro, las joyas, las espadas enjoyadas y las coronas estaban amontonados en pilas gigantescas, como si el dueño de la casa no tuviera concepto de organización, sino de acumulación.

Pero lo que realmente erizó la nuca de Lyra fueron los detalles. Había marcas de garras profundas en el mármol de las paredes. El aire olía intensamente a madera quemada, canela y algo metálico, como cobre o sangre seca. Era un olor primitivo, intoxicante y aterrador.

En el centro de la habitación, sobre un pedestal de obsidiana negra, descansaba la Lágrima de Sangre. El rubí brillaba con una luz propia, pulsando casi como un corazón.

Lyra tragó saliva y dio un paso adelante. Sus botas crujieron sobre un montículo de monedas de plata.

Cinco pasos más. Cuatro. Tres.

Extendió la mano enguantada. Sus dedos estaban a centímetros de la piedra fría.

—Esa piedra es mi favorita.

La voz no fue un grito. Fue un retumbo. Un sonido tan grave y profundo que Lyra lo sintió vibrar en los huesos, en el pecho, en la base de la columna.

El calor en la habitación subió diez grados en un solo segundo.

Lyra giró sobre sus talones, sacando dos dagas de su cintura en un movimiento fluido.

En la esquina más oscura de la bóveda, donde las sombras parecían más densas, dos ojos se abrieron. No eran ojos humanos. Eran dos orbes dorados, con pupilas verticales y rasgadas, que brillaban con una luz depredadora en la penumbra.

Una figura alta se desprendió de la oscuridad. Era inmenso, con hombros anchos y una presencia que hacía que el aire a su alrededor distorsionara por el calor. Llevaba una camisa de seda negra abierta en el cuello, y su piel tenía un tono bronceado que parecía brillar con brasas internas.

Lord Kaelen no la miraba como un hombre mira a una intrusa. La miraba como un dragón mira a una joya que acaba de caer en su nido.

—Y tú, pequeña ladrona —ronroneó él, dando un paso lento hacia ella, revelando unos colmillos que brillaban a la luz del rubí—, estás temblando.

Lyra apretó las dagas, pero sus dedos estaban helados. Su instinto, ese que la había mantenido viva en los callejones más oscuros de la ciudad, le gritaba una sola cosa: Corre.

Pero sus pies estaban clavados al suelo.




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