El Dragon de La Escama Negra

Capítulo 5: Las reglas del dragón

Lyra esperó exactamente tres minutos después de que Kaelen desapareciera por la puerta.

Luego se puso de pie, recogió las faldas de su vestido de seda vino, y salió del comedor.

No te muevas. No hables con nadie. No intentes huir.

Las órdenes de Kaelen resonaban en su mente, pero Lyra había aprendido hace mucho tiempo que las reglas estaban hechas para romperse. Especialmente las de un dragón que la había secuestrado y llamado "suya".

El pasillo estaba iluminado por antorchas que ardían con una llama azulada, proyectando sombras danzantes en las paredes. Lyra caminó rápido, sus sandalias doradas casi silenciosas sobre el mármol negro.

No sabía hacia dónde iba, sólo sabía que no se quedaría sentada esperando a que un depredador decidiera su destino.

Llegó a una escalera de caracol y subió, sus dedos rozando la pared fría. En la siguiente planta, encontró un corredor largo con puertas talladas con runas antiguas. Las probó una por una, pero todas estaban cerradas con llave.

—Maldición —murmuró.

Siguió caminando hasta que llegó a una puerta doble, entreabierta. La empujó con cuidado y entró.

Era una biblioteca. Pero no una biblioteca normal. Los estantes se extendían hasta el techo, llenos de libros encuadernados en cuero, algunos con cierres de metal, otros con cadenas. En el centro de la habitación, una mesa de lectura estaba cubierta de pergaminos y mapas.

Lyra se acercó, pasando los dedos sobre los lomos de los libros. Algunos estaban escritos en lenguas que no reconocía, otros en idiomas antiguos que había visto en los mercados de contrabando.

Entonces vio algo que la hizo detener en seco.

En un pedestal de cristal, bajo una cúpula de vidrio, había un huevo.

No era un huevo de pájaro. Era del tamaño de una sandía, con escamas negras brillantes que parecían absorber la luz. Y en su interior, Lyra juró ver algo moviéndose. Algo que pulsaba con un calor interno, como un corazón latiendo.

Se acercó más, fascinada.

—¿Qué eres? —susurró, extendiendo la mano hacia el vidrio.

—No toques eso.

La voz de Kaelen la hizo girar sobre sus talones con el corazón en la garganta.

Él estaba de pie en el umbral de la biblioteca, y ya no llevaba la túnica de seda. Ahora vestía una armadura ligera de cuero negro y escamas de dragón, con marcas de sangre seca en el hombro. Su cabello estaba desordenado, y sus ojos dorados ardían con una intensidad que Lyra no pudo descifrar.

—¿Qué pasó? —preguntó ella, dando un paso atrás del huevo—. ¿Por qué tienes sangre?

Kaelen entró en la habitación, cerrando la puerta detrás de él.

—Un dragón joven perdió el control de su fuego en las cuadras —dijo él, y su voz era más áspera de lo normal—. Quemó parte del ala oeste. No fue grave, pero...

Se detuvo, mirándola con una expresión que Lyra no pudo leer.

—Te dije que no te movieras.

—Y tú te fuiste sin explicarme nada —replicó Lyra, cruzando los brazos—. Así que decidí explorar.

Kaelen soltó un suspiro, pasándose una mano por el cabello.

—Lyra...

—No —lo interrumpió ella, y su voz temblaba con ese fuego interno que no podía apagar—. No voy a quedarme aquí sentada mientras tú decides qué hacer conmigo. No soy un objeto. No soy un tesoro. Soy una persona, y tengo derecho a saber qué está pasando.

Kaelen la miró en silencio por un largo momento. Luego, lentamente, se acercó a ella.

Lyra no retrocedió, aunque cada instinto en su cuerpo le gritaba que lo hiciera. Él era demasiado grande, demasiado poderoso, demasiado... peligroso. Pero algo en su mirada la mantenía clavada en su lugar. No era amenaza. Era... rendición.

—Tienes derecho a saber muchas cosas, pequeña tormenta —dijo él, deteniéndose a un paso de ella—. Pero hay cosas que no puedes entender. Hay reglas en este nido que no puedes romper.

Él levantó una mano, y Lyra contuvo el aliento, esperando que la tocara.

Pero él no lo hizo. En su lugar, señaló hacia la puerta.

—No saldrás de esta ala —dijo él, y su voz era firme, pero no cruel—. Esta biblioteca, tus aposentos, el salón de baños. Ese es tu mundo ahora. El resto de la mansión... es peligroso para ti.

—¿Peligroso? —Lyra alzó una ceja—. ¿O simplemente no quieres que vea lo que escondes?

Kaelen sonrió, una sonrisa triste que no llegó a sus ojos.

—Escondo muchas cosas, Lyra. Pero no de ti. Nunca de ti.

Él dio un paso hacia ella, y el calor de su cuerpo la envolvió como una manta.

—Escúchame bien —murmuró él, y su voz era tan baja que Lyra tuvo que inclinarse para escuchar—. Todo lo demás en esta mansión es tuyo. Las joyas en mis bóvedas. La ropa en los armarios. Los libros en esta biblioteca. Pídelo, y será tuyo.

Lyra parpadeó, confundida.

—¿Por qué?

—Porque eres mi compañera —dijo él, y las palabras salieron de sus labios como si le dolieran—. Y los dragones... los dragones dan todo a sus compañeras. Todo.

Lyra sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—No soy tu compañera —susurró, pero incluso ella podía escuchar la duda en su voz—. No te conozco. No te elegí.

Kaelen inclinó la cabeza, sus ojos dorados clavados en los de ella.

—No —murmuró él—. No me elegiste. Pero algo dentro de ti me eligió, pequeña tormenta. Algo que ni siquiera tú entiendes todavía.

Él levantó la mano, y esta vez, la tocó. Sus dedos rozaron la mejilla de Lyra, y ella sintió un calor que no venía de él, sino de dentro de ella misma.

—Quédate en esta ala —dijo él, y su voz era suave, casi suplicante—. Explora la biblioteca. Lee lo que quieras. Pide lo que necesites. Pero no cruces esa puerta. Porque si lo haces...

Él hizo una pausa, y Lyra vio algo en sus ojos que la asustó más que cualquier amenaza.

Vio miedo.

—Porque si cruzas esa puerta, Lyra —susurró él—, no podré protegerte de lo que hay al otro lado.

Con eso, se giró y salió de la biblioteca, dejándola sola con el huevo pulsante y un millón de preguntas sin respuesta.




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