El Dragon de La Escama Negra

Capítulo 4: La cena del depredador

Lyra se bañó. No porque él se lo hubiera ordenado, se dijo a sí misma mientras se sumergía en el agua humeante. Sino porque necesitaba pensar. Y el agua caliente, los pétalos de rosa y el aroma embriagador ayudaban a calmar el caos que tenía en la cabeza.

Cuando finalmente salió de la bañera, se encontró con que su traje de cuero había sido reemplazado por un vestido de seda color vino, tan oscuro que casi parecía negro. La tela era suave como el agua, ajustándose a cada curva de su cuerpo con una elegancia que Lyra nunca había poseído. Sus botas de ladrón habían desaparecido, reemplazadas por sandalias doradas que se ataban alrededor de sus tobillos.

Se miró en el espejo de marco dorado y apenas se reconoció.

Su cabello pelirrojo, normalmente recogido en una trenza apretada, caía ahora en ondas salvajes hasta la mitad de su espalda, brillando como fuego líquido bajo la luz de las velas. Sus ojos azul-grises, del color del mar en tormenta, parecían más grandes, más brillantes. Y las pecas que salpicaban su nariz y mejillas, tenues como estrellas en la Vía Láctea, le daban un aire etéreo, casi feérico.

Parezco una reina, pensó con ironía. Una reina prisionera.

Se secó las manos y salió de la habitación, siguiendo el pasillo iluminado por antorchas que olían a pino y algo más... algo salvaje y antiguo.

El comedor estaba al final del corredor. Cuando Lyra entró, se detuvo en seco.

La mesa era inmensa, de madera negra pulida, capaz de acomodar a veinte personas. Pero solo había dos platos servidos en los extremos opuestos. Las velas flotaban en el aire, suspendidas por magia, proyectando sombras danzantes en las paredes cubiertas de tapices.

Y en el centro de la mesa, Lord Kaelen la esperaba.

Él también había cambiado. Llevaba una túnica de seda negra, abierta en el cuello, que revelaba las marcas de garras en su pecho. Su cabello oscuro estaba suelto, cayendo sobre sus hombros anchos. Y sus ojos... sus ojos dorados se clavaron en Lyra con una intensidad que la hizo sentir desnuda.

Por un segundo, solo un segundo, ella vio cómo su mirada recorría cada centímetro de su cuerpo, desde las sandalias doradas hasta las ondas pelirrojas que caían sobre sus hombros. Y en esos ojos, Lyra vio hambre. No hambre de comida.

Hambre de ella.

—Siéntate —dijo él, y su voz era más ronca de lo normal.

Lyra caminó hacia el extremo opuesto de la mesa, sentándose en la silla tallada con dragones entrelazados. Entre ellos había al menos diez metros de distancia.

—¿Por qué tan lejos? —preguntó ella, alzando una ceja.

Kaelen sonrió, una sonrisa lenta que no llegó a sus ojos.

—Porque si me siento más cerca, pequeña tormenta, olvidaré que soy un caballero. Y dudo que quieras ver lo que queda cuando un dragón deja de fingir modales.

Lyra sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el miedo.

Ante ella apareció un plato de plata lleno de comida humana: pan fresco, queso curado, frutas cortadas con precisión, y un cáliz de vino tinto que brillaba como rubíes líquidos.

Delante de Kaelen, había algo completamente diferente.

Un plato de madera oscura, y sobre él, un muslo de animal enorme, aún humeante. La carne estaba cruda en el centro, la sangre goteando lentamente sobre la madera. Kaelen tomó el muslo con las manos, sus dedos largos y fuertes cerrándose alrededor de la carne, y dio un mordisco.

Lyra observó, fascinada y horrorizada, mientras él devoraba la carne con una ferocidad que no tenía nada de humano. Sus colmillos se alargaron ligeramente, desgarrando la carne con facilidad. La sangre le manchaba los labios, y él la lamió con la lengua, sus ojos dorados nunca dejando los de ella.

—¿Te asusto? —preguntó él, con la voz cargada de diversión.

Lyra levantó la barbilla, negándose a mostrar debilidad.

—No. Solo me pregunto si siempre comes así, o si es un espectáculo montado para mí.

Kaelen soltó una risa baja, profunda, que vibró en el pecho de Lyra.

—Soy un dragón, pequeña. No necesito cocinar mi comida para disfrutarla. El fuego es para calentar, no para destruir lo que consume.

Él tomó otro mordisco, y Lyra se obligó a mirar su propio plato. Tomó un trozo de pan, mordisqueándolo sin apetito.

—¿Por qué me trajiste aquí? —preguntó ella, intentando que su voz sonara firme—. Podrías haberme matado. Podrías haberme entregado a los guardias. Pero me trajiste a tu nido. ¿Por qué?

Kaelen dejó de comer. Limpió sus labios con el dorso de la mano, y sus ojos se clavaron en ella con una intensidad que la hizo contener el aliento.

—Porque cuando te vi en mi bóveda, algo dentro de mí... cambió —dijo él, y su voz ahora era más suave, más cautelosa—. Los dragones acumulamos tesoros. Oro, joyas, poder. Pero hay algo que no te conté la otra noche.

Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.

—Un dragón solo reconoce un tesoro cuando lo encuentra. Y cuando lo reconoce... no puede dejarlo ir.

Lyra sintió que el corazón le latía con fuerza.

—No soy un tesoro —dijo ella, y su voz tembló solo un poco—. Soy una persona. Tengo un nombre. Tengo una hermana. Tengo una vida.

—Lo sé —murmuró Kaelen, y por un momento, algo vulnerable brilló en sus ojos dorados—. Lyra. Te llamas Lyra. Y tu hermana se llama Nia. Tiene diez años, y tose sangre cada invierno.

Lyra se quedó helada.

—¿Cómo sabes eso?

Kaelen se recostó en su silla, sus ojos nunca dejando los de ella.

—Porque cuando te toqué en la bóveda, cuando mi piel tocó la tuya... supe todo sobre ti. Tu nombre. Tus miedos. Tu amor por esa niña. Tu desesperación por salvarla.

Él hizo una pausa, y su voz se volvió más baja, más intensa.

—Y supe algo más, pequeña tormenta. Algo que me aterra más que cualquier cazador de dragones.

—¿Qué? —susurró Lyra.

Kaelen la miró con una expresión que ella no pudo descifrar. Era una mezcla de deseo, miedo, y algo más... algo antiguo y profundo.




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