El Dragon de La Escama Negra

Capítulo 2: El ojo del dragón

Lyra apretó las dagas, pero sus dedos estaban helados. Su instinto, ese que la había mantenido viva en los callejones más oscuros de la ciudad, le gritaba una sola cosa: Corre.

Pero sus pies estaban clavados al suelo.

Lord Kaelen dio otro paso. El sonido de sus botas sobre el oro fue el único ruido en la inmensa cueva. No había prisa en sus movimientos. Era la caminata de un depredador que sabe, con absoluta certeza, que su presa no tiene a dónde ir.

—Guarda esos palillos de metal, pequeña —murmuró él. Su voz era un ronroneo grave que hacía vibrar el aire, cargado de una magia antigua y espesa—. Si me cortas, mi sangre te quemará por dentro. Y dudo que a tu hermana le guste encontrar tus cenizas.

Lyra se quedó helada. ¿Cómo sabe de Nia?

Él sonrió. Fue una sonrisa lenta, perezosa, que mostró de nuevo aquellos colmillos ligeramente alargados. No era una sonrisa humana. Era la promesa de un fuego que podía reducir ciudades a escoria.

—Los humanos huelen a miedo, a codicia y a sudor —dijo Kaelen, deteniéndose a apenas un metro de ella. El calor que emanaba de su cuerpo era tan intenso que Lyra sintió que el cuero de su traje empezaba a pegarse a su piel—. Pero tú... tú hueles a tormenta. A ozono y a lluvia sobre piedra mojada.

Él levantó una mano. Lyra intentó clavarle la daga en el pecho, un reflejo puro de supervivencia.

Pero Kaelen fue más rápido. Mucho más rápido.

Su mano grande y caliente envolvió la muñeca de Lyra. El contacto fue como tocar una brasa. Ella soltó un jadeo y la daga cayó al suelo con un tintineo que se perdió entre las monedas de oro. Él no la lastimó, pero su agarre era de hierro, inamovible. Con el pulgar, acarició la piel interna de su muñeca, justo donde el pulso de Lyra latía desbocado.

—Tan rápida —susurró él, inclinando la cabeza. Sus ojos dorados estaban fijos en los de ella, hipnóticos, con esa pupila vertical que se dilataba y contraía al ritmo de su propia respiración—. Tan valiente. Y tan frágil.

Lyra intentó zafarse, pateando su espinilla, pero fue como patear una columna de mármol. Kaelen ni siquiera parpadeó. Con un tirón suave pero firme, la atrajo hacia él. El pecho de Lyra chocó contra el torso duro y abrasador del dragón.

Ella alzó la vista, el corazón martilleando contra sus costillas. De cerca, era abrumador. Demasiado alto, demasiado ancho, demasiado... poderoso. Había una belleza aterradora en su rostro: pómulos afilados, una mandíbula marcada por la sombra de la barba, y una frente ancha donde, si Lyra entrecerraba los ojos, juraría ver el inicio de dos cuernos oscuros bajo la piel.

—Vine por la Lágrima de Sangre —logró decir Lyra, intentando que su voz no temblara. Intentó mirar hacia el pedestal, pero Kaelen le sujetó la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo a él.

—La piedra puedes quedártela —dijo él, con una indiferencia que a Lyra le revolvió el estómago. Él ni siquiera miró el rubí del tamaño de un puño—. El oro se funde. Las piedras se rayan. Son... aburridos.

Kaelen bajó la mirada hacia la máscara de seda negra que cubría el rostro de Lyra.

—Pero tú —murmuró, y el aire a su alrededor crepitó con estática, erizando cada vello del cuerpo de ella—, tú eres única.

Con un movimiento de su mano libre, los lazos de la máscara se deshicieron solos, como si hubieran sido cortados por una cuchilla invisible. La seda cayó al suelo.

Kaelen contempló el rostro de Lyra. Sus ojos dorados recorrieron cada rasgo con una intensidad posesiva, devoradora. Lyra sintió que la estaba desnudando, que veía cada cicatriz, cada miedo, cada secreto de su alma.

—Los ladrones vienen a mi nido por la riqueza —dijo él, y su voz ahora sonaba como un hechizo antiguo, sellando un destino—. Pero mi nido estaba incompleto. Faltaba la joya más rara. Faltaba la pieza que hace que el fuego arda con propósito.

Él se inclinó, sus labios rozando la oreja de Lyra. El calor de su aliento le envió un escalofrío que no tenía nada que ver con el miedo.

—Bienvenida a tu jaula, pequeña tormenta —susurró el dragón—. A partir de esta noche, tú eres mi tesoro. Y los dragones... nunca pierden lo que es suyo.

Lyra abrió la boca para gritar, para insultarlo, para decirle que estaba loca.

Pero antes de que pudiera emitir un solo sonido, la oscuridad de la cueva se arremolinó a su alrededor como humo negro. El calor de Kaelen la envolvió por completo, y una pesadez mágica arrastró su mente hacia un sueño profundo, del que no sabía si alguna vez despertaría.




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