Lyra despertó con la sensación de que había dormido durante siglos.
No había dolor. No había frío. No había cadenas.
Abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la luz dorada que se filtraba por ventanas enormes, tan altas que el techo se perdía en sombras. Estaba acostada sobre una cama inmensa, con sábanas de seda blanca tan suaves que parecían nubes. A su alrededor, el aire olía a jazmín, ámbar y algo más... algo dulce y embriagador que no pudo identificar.
Se incorporó de golpe, el corazón latiéndole con fuerza.
—¿Dónde...?
Su voz sonó pequeña en la habitación gigantesca. Las paredes estaban cubiertas de tapices oscuros con hilos de oro que representaban dragones volando sobre ciudades en llamas. El suelo era de mármol negro pulido, y en el centro de la habitación había una bañera del tamaño de una piscina pequeña, llena de agua humeante y pétalos de rosas rojas.
Lyra miró hacia abajo y se quedó sin aliento.
Su traje de cuero negro había desaparecido. En su lugar, llevaba una túnica de seda color crema, tan ligera que apenas la cubría. La tela era transparente en algunos lugares, revelando la piel nívea de sus hombros y la curva de sus senos. Sus manos, aún enguantadas, descansaban sobre las sábanas.
—¿Qué me hizo? —murmuró, llevándose una mano a la boca.
Intentó recordar. La bóveda. El calor. Los ojos dorados. La forma en que la había tocado, como si fuera algo precioso. Y luego... oscuridad.
Un sonido suave la hizo girar la cabeza.
En un rincón de la habitación, una figura se movió entre las sombras. No era Kaelen. Era una mujer alta, de piel oscura y ojos ámbar, vestida con una túnica gris que la hacía parecer más una sirvienta que una doncella.
—Ah, por fin despiertas, pequeña llama —dijo la mujer, su voz suave pero cargada de autoridad—. Mi señor me ordenó prepararte para él.
Lyra se tensó, sentándose más erguida en la cama.
—¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy? ¿Qué le hiciste a mi ropa?
La mujer sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Me llamo Vespera. Soy la cuidadora de este nido. Y estás en los aposentos privados de Lord Kaelen, en el ala más alta de la Mansión de Ébano. En cuanto a tu ropa... —Vespera hizo un gesto hacia un biombo en el rincón, donde la túnica de Lyra estaba doblada cuidadosamente—, esa cosa de cuero apestaba a callejones y sangre humana. Mi señor no permitirá que su tesoro huela a nada que no sea él.
Lyra sintió que el estómago se le revolvía.
—No soy su "tesoro" —dijo, y su voz tembló solo un poco—. Soy una ladrona. Vine a robar. Y me voy a ir.
Vespera soltó una risa baja, casi triste.
—Oh, pequeña. Todos los que entran en este nido creen que pueden salir. Pero mi señor... él no pierde lo que es suyo. Nunca.
La doncella se acercó a la bañera y empezó a remover el agua con la mano, liberando más vapor fragante.
—Ahora, bañate. Mi señor te espera en el salón para la cena. Y no querrás que se impaciente.
Lyra apretó los puños bajo las sábanas.
—No voy a bañarme. No voy a cenar con él. Y no voy a quedarme aquí.
Vespera se detuvo. Se giró lentamente, y por primera vez, Lyra vio algo parecido al miedo en sus ojos ámbar.
—No lo entiendes —susurró la doncella, y su voz ahora era urgente—. Él no te está pidiendo que te bañes. Te está dando una orden. Y cuando Lord Kaelen da una orden...
La puerta de la habitación se abrió con un estruendo.
Lyra giró la cabeza, y el aire se le atascó en la garganta.
Lord Kaelen estaba de pie en el umbral, y era aún más imponente de lo que recordaba. Llevaba una túnica negra abierta hasta la mitad del pecho, revelando piel bronceada y marcas de garras antiguas que subían por su cuello. Su cabello oscuro, largo hasta los hombros, caía en mechones desordenados alrededor de su rostro afilado.
Pero fueron sus ojos los que la paralizaron.
Esa pupila vertical, dorada y ardiente, estaba fija en ella. Y por un segundo, solo un segundo, Lyra vio algo en ellos que no era posesión ni dominio.
Era asombro.
Como si la estuviera viendo por primera vez.
Kaelen entró en la habitación, y Vespera se inclinó profundamente, casi hasta el suelo, antes de escabullirse por una puerta lateral.
Él no la miró. Sus ojos estaban clavados en Lyra.
—Despierta —dijo él, y su voz era más suave de lo que ella recordaba. Casi... cautelosa—. Bien.
Lyra apretó las sábanas contra su pecho, consciente de repente de lo transparente que era su túnica.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó, y se odió por el temblor en su voz.
Kaelen dio un paso hacia ella. Luego otro. Se detuvo al pie de la cama, y Lyra tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.
—Quiero que te bañes —dijo él, y su mirada recorrió el rostro de Lyra con una intensidad que la hizo arder por dentro—. Quiero que cenes conmigo. Y quiero que dejes de intentar huir antes de que siquiera hayas empezado.
Lyra levantó la barbilla, ese fuego interno encendiéndose a pesar del miedo.
—No soy tu prisionera. Soy una ladrona. Robé. Me atrapaste. Pero no me quedo.
Kaelen inclinó la cabeza, y por un momento, algo parecido a una sonrisa curvó sus labios.
—No —murmuró él, y sus ojos se clavaron en las pecas que salpicaban la nariz de Lyra, tenues como estrellas en una noche despejada—. No eres una prisionera. Los prisioneros están encadenados. Tú... tú eres libre de irte cuando quieras.
Lyra parpadeó, confundida.
—¿Entonces por qué me retienes aquí?
Kaelen se inclinó hacia ella, apoyando una mano en la cama, tan cerca que Lyra pudo sentir el calor de su cuerpo.
—Porque, pequeña tormenta —susurró él, y su aliento le acarició la mejilla—, si cruzas esa puerta, algo dentro de mí se romperá. Y no creo que te guste lo que queda cuando un dragón se rompe.
Se enderezó, y la máscara de control volvió a su rostro, pero no antes de que Lyra viera el destello de vulnerabilidad en sus ojos dorados.
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Editado: 15.10.2026