La deuda del azahar

1. EL PRECIO DE UNA HIJA

El día que su madre volvió a buscarla, Lucía llevaba tres noches sin dormir y una factura de hospital doblada dentro de la bota.

No era una buena combinación para pedirle que fuese amable.

Desde el pasillo del centro sanitario de Carmona oía perfectamente a sus padres. La puerta estaba entornada. Dentro, su abuela fingía dormir para no tener que presenciar cómo negociaban el estorbo que ella había criado.

—Mi madre viene conmigo a Sevilla —dijo Elena—. Lucía se queda contigo.

—Tiene veintidós años. Puede decidir dónde vivir.

Su padre solo se acordaba de que era adulta cuando había que pagar algo.

Lucía deslizó el pulgar por el borde del parche que llevaba detrás de la oreja. El adhesivo se había levantado con el sudor. Debajo, una línea roja le escocía hasta la mandíbula.

Quedaban dos parches en la mochila.

Tres días, si los cortaba.

—¿Y con qué dinero? —preguntó Elena—. Lleva un año sin estudiar ni trabajar. Un año desapareciendo, metiéndose en líos. Mi marido ya ha hecho bastante por Martina.

—Pues pregúntale a tu marido cuánto vale tener otra omega en casa.

Silencio.

Lucía dejó de tocar el parche.

En la silla de enfrente, una mujer recogió a su hijo y se alejó dos asientos. Había visto la pulsera gris de Lucía: evaluación pendiente. En una beta habría significado un error administrativo. En una omega significaba que cualquiera podía sentirse autorizado a vigilarla.

Su padre bajó la voz.

—Los Valcárcel tienen contactos. Le arreglan el expediente, le encuentran un vínculo y asunto resuelto.

Lucía empujó la puerta.

—Qué alivio. Pensaba que tendríais que vender el coche.

Elena se volvió. Llevaba un vestido de lino impecable y las gafas de sol sujetas en el pelo. Miró primero el parche irritado, después la camiseta de su hija. Nunca sabía por dónde empezar a corregirla.

—No estamos hablando de eso.

—Papá acaba de ponerme precio. Me ha parecido un buen momento para participar.

Su abuela abrió los ojos.

—Luci.

Solo eso. Lucía se acercó y acomodó la sábana sobre sus piernas.

Amparo tenía las manos de quien había limpiado casas durante cuarenta años: nudillos gruesos, uñas cortas, una cicatriz de horno en el pulgar. La semana anterior había perdido el conocimiento frente al fregadero. Ahora, cada vez que respiraba, la máquina junto a la cama parecía pensárselo antes de permitirle continuar.

Elena sacó una carpeta del bolso.

—Rodrigo ha conseguido una plaza en una clínica privada. Pero el traslado tiene que hacerse hoy.

Lucía leyó la primera página. Luego la segunda.

—Aquí pone que la fundación puede revisar las condiciones de cobertura.

—Es una fórmula.

—Las fórmulas también se cobran.

Su madre cerró la carpeta.

—Si prefieres dejarla aquí, dilo.

Aquello sí consiguió hacerle daño. Elena lo vio y, por un instante, pareció avergonzarse. Después se arregló el asa del bolso.

Lucía miró a Amparo.

—Vamos a Sevilla —dijo—. Pero firmamos el traslado médico. Nada más.

—Nadie te ha pedido otra cosa.

—Entonces no habrá problema.

Su padre aprovechó para marcharse. Le dio dos besos a Amparo y una palmada torpe a su hija en el hombro.

—Allí tendrás oportunidades.

Lucía le sostuvo la mirada hasta que retiró la mano.

La enfermera llegó con una silla de ruedas. Se llamaba Rocío y llevaba desde el martes intentando conseguir que alguien comprobara por qué los supresores de Amparo habían dejado de estar cubiertos.

—¿Has comido? —le preguntó a Lucía.

—Algo.

Rocío le metió un paquete de picos en el bolsillo.

—Eso significa que no.

Lucía sonrió por primera vez en toda la mañana.

Al girarse vio al hombre del otro lado del patio.

No llevaba bata. Estaba junto a la ventana de un despacho, con una camisa oscura y el teléfono en la mano. Tenía la quietud calculada de algunos alfas: personas acostumbradas a que el mundo se apartara antes de rozarlas.

Sus ojos bajaron a la pulsera gris.

Lucía levantó despacio la mano y se tapó el número de registro.

El hombre apartó la vista.

Dentro del despacho, el doctor Hugo Vidal cerró una historia clínica.

—No ha autorizado ninguna entrevista, Mateo.

—Lo sé.

—Y esto es un hospital.

Mateo dejó el teléfono boca abajo.

En la pantalla había una fotografía borrosa de un laboratorio incendiado. En una esquina se veía una mochila negra con una costura blanca en el asa.

La misma mochila que acababa de desaparecer al otro lado del patio.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

Hugo no contestó.

Mateo lo miró. Después soltó una breve exhalación.

—Bien. No me lo digas.

—Qué generoso.

—Averigua si el traslado de la señora es seguro.

—Eso ya es mi trabajo.

Hugo esperó a que su amigo cogiera la chaqueta.

—Si has venido buscando a la persona que abrió el Registro, más te vale recordar que podría no querer que la encuentres.

Mateo se detuvo con la mano en el picaporte.

—Hay otros buscándola.

—Eso tampoco te convierte en el bueno.

Por una vez, Mateo no encontró nada que responder.




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