La oscuridad tras el silencio

Capítulo 3: Silencio

Desde el entrenamiento de ayer, solo había una cosa rondándome la cabeza.

Y no era la patada de Ralph.

Aunque el hecho de que intentara darle una patada a su hijo de cuatro años también era un asunto que merecía una conversación aparte.

El verdadero problema era lo que había ocurrido justo antes.

Ralph había desaparecido de mi campo de visión. Aquel extraño zumbido comenzó a resonar en mis oídos y, aunque no podía verlo, supe que iba a aparecer por mi derecha.

Después, solo había pensado en una cosa.

Viento.

No había pronunciado el nombre del hechizo.

Tampoco había pensado en cómo ejecutarlo.

Simplemente lo había deseado.

Y había sucedido.

Magia silenciosa.

El libro mencionaba que existía. Era un método para utilizar magia que muy pocas personas dominaban y cuyo aprendizaje todavía no se comprendía del todo.

Normalmente, después de conseguir algo así, debería haber estado tan emocionado que no habría podido dormir.

Sin embargo, lo que más me rondaba la cabeza no era el hechizo.

Era el rostro de Ralph.

Lo conocía desde hacía cuatro años.

Lo había visto feliz.

Lo había visto enfadado.

Lo había visto cansado.

Lo había visto recibir regañinas de mamá.

Una vez incluso lo vi llegar borracho a casa e intentar abrir la puerta del establo, convencido de que era la entrada de nuestra casa.

Pero ayer había sido la primera vez que lo veía verdaderamente asustado.

Y no me había dicho por qué.

A la mañana siguiente, Ralph estaba practicando con su espada en el jardín, como de costumbre.

Yo me había sentado a unos metros de distancia para observarlo.

Normalmente, sus entrenamientos con la espada me parecían bastante aburridos.

Pero hoy no estaba prestando atención a la espada, sino a la persona que la empuñaba.

Un paso.

Un corte.

Un giro.

Otra vez.

—Papá.

—¿Mmm?

Su espada no se detuvo.

—He estado pensando en lo que dijiste ayer.

—Ayer dije muchas cosas.

—Sobre la magia silenciosa.

La espada se detuvo en el aire por un instante.

Después continuó moviéndose.

—Entonces deja de pensar en eso.

...

Qué consejo tan útil.

—¿Y cómo se supone que deje de pensar en ello?

—Piensa en otras cosas.

—¿Como cuáles?

—Las espadas.

—No quiero.

—Entonces piensa especialmente en las espadas.

Fruncí el ceño.

—Hablo en serio.

Ralph finalmente se detuvo.

Apoyó la espada sobre su hombro y me miró.

No quedaba ni rastro de la expresión que había tenido ayer. Volvía a sonreír como siempre.

—Yo también hablo en serio. Por ahora, no te preocupes por eso.

—Pero tú sabes algo sobre la magia silenciosa.

—Un poco.

—¿Cómo lo sabes?

Guardó silencio durante unos segundos.

—Es una larga historia.

—Tengo tiempo.

—Yo no.

—Estás evitando la pregunta.

La sonrisa de Ralph se ensanchó.

—Mi propio hijo de cuatro años me está interrogando. ¿En qué momento me equivoqué?

—Preguntémosle a mamá.

—Ni se te ocurra.

No pude contener la risa.

Ralph envainó su espada y se acercó a mí. Se agachó hasta quedar a la altura de mis ojos.

Seguía sonriendo, pero su voz se volvió un poco más seria.

—Luke.

—¿Qué?

—No intentes repetir lo que hiciste ayer delante de otras personas.

—¿Por qué?

—Porque las cosas que la gente no comprende atraen atención innecesaria.

—¿Solo por eso?

Me observó durante un rato.

—Por ahora, sí.

Otra vez estaba evitando responderme.

Sabía que insistir no serviría de nada.

Pero había algo de lo que ya estaba seguro.

Ralph no me estaba contando toda la verdad.

Unos días después, Ralph anunció que viajaría a Rotass.

Tenía varios asuntos que resolver allí y, de paso, compraría el libro de magia que me había prometido.

Rotass era la capital del Reino de Dolfan.

A pesar de llevar cuatro años viviendo en este mundo, fue entonces cuando me di cuenta de lo poco que sabía sobre el lugar donde vivía.

Aunque, en parte, tampoco era culpa mía.

Había pasado los primeros años de mi vida aprendiendo el idioma de este mundo. Y después de aprender a leer, casi toda mi atención se había concentrado en la magia.

¿Historia del mundo?

Ya la aprendería después.

¿Países?

Los investigaría cuando necesitara viajar a alguno.

¿Razas?

...

Vale, quizá debería haber sentido curiosidad por eso un poco antes.

Me acerqué a Ralph mientras preparaba su equipaje.

—¿Rotass es grande?

Me miró mientras intentaba meter una camisa en su bolsa.

—¿Comparada con nuestro pueblo?

—Sí.

—Muchísimo más grande.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente como para que te pierdas.

Eso no explicaba absolutamente nada.

Elisa, que estaba al otro lado de la mesa, miró la bolsa de Ralph. Sacó la camisa que él acababa de meter y comenzó a doblarla correctamente.

—Rotass es una de las ciudades más grandes de Dolfan, Luke.

—¿Porque es la capital?

—Sí. La familia real también vive allí.

Arrastré una silla y me senté junto a ellos.

—¿Vivimos cerca de Rotass?

—Más o menos. Pero si intentaras llegar caminando, no te parecería tan cerca.

Ralph intervino.

—Especialmente con esas piernas tuyas.

Miré mis piernas.

Para un niño de cuatro años, estaban bastante bien.

—Las tuyas también fueron así alguna vez.

—No puedes demostrarlo.

Elisa se echó a reír.

Después sacó una segunda camisa arrugada de la bolsa de Ralph.

Era realmente impresionante que aquel hombre hubiera aprendido a manejar una espada, pero no a doblar su propia ropa.

—¿Y Dolfan es grande?

Esta vez Ralph dejó la bolsa en manos de Elisa y se sentó a mi lado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.