Mi padre no olvidaba sus promesas.
Por desgracia, eso también incluía su promesa de enseñarme a manejar la espada.
—Separa un poco más los pies.
Lo miré mientras sostenía la espada de madera con ambas manos.
—Ya están separados.
—No lo suficiente.
Los separé un poco más.
—¿Ahora?
—Ahora demasiado.
—Papá.
—¿Qué?
—Lo estás haciendo a propósito.
Mi padre se apoyó en la espada de madera que tenía delante.
—Estoy comprobando si pierdes la concentración cuando te hago enfadar.
—¿Y yo puedo hacerte enfadar para ver cómo reaccionas?
—Puedes intentarlo.
Lo pensé un momento.
—Cuando mamá se enfada contigo, te quedas callado enseguida.
La sonrisa burlona desapareció del rostro de mi padre.
Así que funcionaba.
—Eso no tiene nada que ver.
—Yo creo que sí.
—Levanta la espada.
Cambió de tema.
Definitivamente había funcionado.
Durante los últimos días habíamos estado entrenando así todas las mañanas.
Primero, espada.
Después, magia.
Yo opinaba que el orden debería ser al revés, pero mi padre era increíblemente terco con ese asunto.
Levanté la espada.
Mi padre se colocó a unos pasos frente a mí.
—¿Estás listo?
—No.
—Perfecto.
Se lanzó hacia mí.
Sabía que estaba moviéndose despacio.
Aun así, apenas conseguí bloquear su primer golpe.
Con el segundo, mi espada salió desviada hacia un lado.
Con el tercero, la punta de su espada de madera me tocó el pecho.
—Estás muerto.
—Solo tengo cuatro años.
—Seguro que tu enemigo se pondrá muy triste cuando se entere.
Fruncí el ceño.
—Otra vez.
La sonrisa de mi padre regresó.
—Ese es mi hijo.
Después de media hora, me dolían los brazos.
Después de una hora, había recordado por qué odiaba las espadas.
Mi padre, en cambio, seguía tan contento como siempre.
—Muy bien. Ahora, magia.
Dejé la espada en el suelo.
De repente, la vida volvió a parecerme maravillosa.
Mi padre colocó tres pequeñas piedras en el suelo.
—Levántalas todas.
Extendí la mano.
—Viento Susurrante.
Las tres piedras se elevaron ligeramente al mismo tiempo.
—Ahora sepáralas.
—¿Cómo?
—Una hacia la izquierda, otra hacia la derecha y la última hacia arriba.
Lo miré.
—Eso no me lo habías dicho antes.
—Te lo estoy diciendo ahora.
Me concentré en las piedras.
La de la izquierda se desplazó hacia un lado.
La de la derecha tembló.
La del centro cayó directamente al suelo.
Mi padre asintió.
—Otra vez.
Volví a intentarlo.
Esta vez se cayeron dos.
—Esto es más difícil de lo que pensaba.
—Si fuera fácil, no tendría que enseñártelo.
—A veces no me caes bien.
—Yo también te quiero.
Seguimos practicando durante un rato.
No estaba intentando utilizar magia silenciosa.
A veces pensaba en ella.
Pero consideraba que continuar de aquella manera era más seguro.
Había hecho una promesa.
Por ahora, eso era suficiente.
Justo cuando intentaba levantar la tercera piedra de nuevo, escuchamos la voz de mamá a nuestras espaldas.
—Ya es suficiente.
Mi padre respondió sin darse la vuelta.
—Pero si acabamos de empezar.
—Llevan dos horas ahí fuera.
¿Dos horas?
Mi padre me miró.
—¿Tanto tiempo ha pasado?
—No siento los brazos.
—Está exagerando.
Mamá se acercó y me tomó de las manos.
Tenía las palmas enrojecidas.
Mi padre se aclaró la garganta.
—Se está haciendo más fuerte.
—Tiene cuatro años.
—Se está haciendo fuerte desde pequeño.
—Ralph.
—Está bien.
Victoria.
Mamá me tomó de la mano.
—Vienes conmigo al pueblo.
Mi padre intervino inmediatamente.
—¿Yo?
—Tú te quedas aquí.
—¿Por qué?
—Vamos de compras.
Mi padre lo pensó unos segundos.
—Tienes razón, aquí estoy muy cómodo.
Era sospechoso que se hubiera rendido tan rápido.
El pueblo no estaba muy lejos de casa, pero mamá y yo casi nunca habíamos ido solos.
El mercado estaba lleno de gente.
Puestos de verduras, telas, pan recién hecho, carne seca...
En una esquina, un hombre que vendía castañas utilizó un pequeño hechizo de fuego para avivar las brasas que estaban a punto de apagarse.
El aroma llegó inmediatamente hasta mí.
No debo olvidarme de pedirle castañas a mamá antes de volver.
Mamá se detuvo frente a un puesto que había un poco más adelante.
—¡Elisa!
La mujer que estaba detrás del mostrador sonrió al verla.
—¡Por fin apareces!
—Me cuesta encontrar tiempo para salir de casa.
Los ojos de la mujer se dirigieron hacia mí.
—¿Este es Lucas?
Mamá puso una mano sobre mi cabeza.
—Sí.
La mujer me examinó durante unos segundos.
—No se parece mucho a Ralph.
—Gracias.
Mamá bajó la mirada hacia mí.
—Luke.
—¿Qué?
La mujer soltó una carcajada.
Mamá también intentó contener la risa, aunque no tuvo demasiado éxito.
A medida que avanzábamos por el mercado, me di cuenta de que mamá conocía a muchísima gente.
Habló con el panadero.
Regateó con el anciano que vendía frutas.
Se detuvo a conversar brevemente con una mujer que pasaba por allí.
En casa era más tranquila.
Aquí, en cambio, no paraba de hablar, reírse y responder a todo el mundo.
En un momento dado, consiguió negociar el precio con un vendedor mientras tiraba de mi brazo para apartarme de un carro de mercancías que pasaba delante de nosotros.
Impresionante.
Si papá intentara hacer lo mismo, probablemente terminaría chocando él mismo contra el carro.
Al cabo de un rato, pasamos junto a un pequeño puesto de libros.