La oscuridad tras el silencio

Capítulo 4: El camino

Me despertaron antes de que saliera el sol.

Estaba bastante seguro de que aquello violaba los derechos humanos.

—Luke.

Me tapé la cabeza con la manta.

—Luke.

No oía nada.

—Si no te levantas, te dejo en casa.

Abrí los ojos.

—Ya estoy despierto.

Ralph estaba de pie junto a mi cama, sonriendo de oreja a oreja.

—Qué sorprendente.

Me incorporé y me froté los ojos. Fuera de la ventana todavía estaba oscuro.

—Ni siquiera el sol se ha despertado.

—El sol no tiene que llegar a su destino en un solo día.

—A lo mejor sí.

—Entonces se prepara más rápido que nosotros.

No tenía energía para discutir con este hombre a semejantes horas de la mañana.

Desde la noche anterior había estado intentando averiguar adónde íbamos. La única respuesta decente que Ralph me había dado era que viajaríamos hacia el sur de Dolfan.

No llegaríamos hasta Morile. Un viejo amigo suyo vivía cerca de un pequeño asentamiento situado en el camino que conducía hacia esas tierras.

Cuando le pregunté quién era, recibí su respuesta de siempre.

Ya lo verás mañana.

Últimamente, no responder a las preguntas se había convertido en una tradición familiar.

Cuando bajé, Elisa ya había preparado algo de comida.

Milia estaba revisando la bolsa de Ralph.

Al verme, Elisa se acercó y me acomodó la parte delantera de la capa.

—No te separes de tu padre.

—Está bien.

—Hazle caso.

—Está bien.

—Y no utilices magia sin necesidad.

—Está bien.

Ralph nos miró mientras se colgaba la bolsa al hombro.

—A mí nunca me das tantas instrucciones.

Elisa volvió la cabeza hacia él.

—Porque sé que no me harías caso.

Ralph se quedó callado un instante.

—¿No confías en mí?

—Te conozco.

Milia se echó a reír.

Yo tampoco pude contenerme.

Ralph negó con la cabeza.

—Ya no me queda ninguna autoridad en mi propia casa.

Elisa se inclinó y me besó en la frente.

Después se volvió hacia Ralph.

—¿Y si no podéis regresar esta noche?

—Si Gareth no nos echa de su casa, pasaremos la noche allí. Volveremos mañana.

Gareth.

Por fin había conseguido averiguar un nombre.

—¿Y si nos echa?

Ralph abrió la puerta.

—Entonces dormiremos delante de su casa.

—¿Ya has hecho eso antes?

—Unas cuantas veces.

La voz de Elisa nos llegó desde atrás.

—Luke, no te creas todo lo que te cuenta tu padre.

Ralph se inclinó hacia mí.

—A tu madre a veces le cuesta aceptar la realidad.

Pero cuando vio la mirada de Elisa, se enderezó y salió de la casa.

Yo lo seguí.

Al parecer, los instintos de supervivencia de mi padre eran más fuertes de lo que pensaba.

Era la primera vez que viajaba tan lejos de donde vivíamos.

Al principio no le había dado demasiada importancia.

Al fin y al cabo, un camino era un camino.

Un árbol era un árbol.

Y una montaña, vista desde lejos, no era más que una piedra enorme.

Sin embargo, a medida que nuestra casa quedaba atrás, empecé a cambiar de opinión.

Durante cuatro años, mi mundo se había limitado a nuestra casa, el jardín y unos cuantos lugares de los alrededores.

Ahora tenía delante un camino que se extendía hasta donde no alcanzaba a ver.

Y, por alguna razón, aquella sensación me gustaba.

Después de un rato, dos carros tirados por caballos pasaron en dirección contraria. Llevaban la parte trasera llena de cajas cubiertas con telas.

—¿Comerciantes?

—Probablemente.

—¿Adónde van?

Ralph se encogió de hombros.

—Depende de dónde vengan. Puede que se dirijan a Rotass o a alguno de los pueblos cercanos.

Un poco más adelante vimos a tres hombres a caballo.

Llevaban armaduras diferentes entre sí. Uno tenía una espada en la cintura y otro llevaba un arco a la espalda.

El hombre que iba delante saludó a Ralph con un movimiento de cabeza.

Ralph le devolvió el saludo.

Esperé a que pasaran junto a nosotros.

—¿Son aventureros?

—Puede ser.

—¿Como tú?

—Yo soy más guapo.

—No te he preguntado eso.

—Pero ya tienes tu respuesta.

Puse los ojos en blanco.

Al cabo de un rato, otro carro comenzó a acercarse desde la dirección contraria.

Había algo extraño en el hombre que lo conducía.

Cuando estuvo lo bastante cerca, comprendí qué era.

Tenía dos orejas marrones sobre la cabeza.

No eran orejas humanas.

Eran auténticas orejas de animal.

Debió de notar que lo estaba mirando fijamente, porque volvió la cabeza hacia mí.

Aparté la mirada de inmediato.

Ralph se rio.

—Eso es de mala educación.

—Él...

—Sí.

Volví a mirar por encima del hombro.

—¿Es de la gente bestia?

—Sí.

Recordé lo que Ralph me había dicho el día anterior.

Cuando los veas, los reconocerás enseguida.

Vale.

Tenía razón.

Realmente no hacía falta ninguna explicación.

—¿También tiene cola?

—Puedes ir a preguntárselo.

—No voy a hacerlo.

—¿Por qué?

—¿Y si me golpea con una espada?

Ralph lo pensó un momento.

—Buen argumento.

Estaba empezando a gustarme este mundo.

Con el paso de las horas, el camino se volvió más tranquilo.

Los asentamientos comenzaron a escasear. Los campos de cultivo a ambos lados de la carretera fueron desapareciendo y, poco a poco, dieron paso a zonas arboladas.

Decidí preguntarle algo que llevaba un rato rondándome la cabeza.

—¿Cómo es Gareth?

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Ralph.

—Gruñón.

—¿Pero no es tu amigo?

—Una cosa no impide la otra.

—¿De qué os conocéis?

—De cuando era aventurero.

Por fin.

Durante cuatro años, casi todo lo que había averiguado sobre el pasado de mi padre provenía de frases a medias.




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