La oscuridad tras el silencio

Capítulo 13: Tres cosas gruesas

La puerta de mi habitación se abrió de golpe.

—Luke, ¿estás despierto?

Era mi padre.

Pues claro que estoy despierto. Si no lo estuviera, ¿cómo podría estar mirándote?

—Sí. ¿Quieres que baje?

—Exacto. Tu madre ha preparado queso y algunas cosas más. Come algo y después ven al jardín. Hoy vamos a probar algo nuevo.

De repente me sentí mucho más despierto.

—¿Qué vamos a probar?

Mi padre me miró mientras salía de la habitación.

—Lo verás cuando vengas.

Cerró la puerta.

En esta familia les gustaban demasiado las respuestas del tipo «ya te lo diré después».

Me levanté de la cama y me preparé.

Parecía que iba a ser un buen día.

Por la mañana aprendería un hechizo nuevo y, por la noche, iríamos al cumpleaños de Thea.

Al menos, ese era el plan.

Cuando bajé, mamá estaba en la cocina. Sobre la mesa había pan, queso y algunas frutas.

—Buenos días, mamá.

Mamá sonrió al verme.

—Buenos días, cariño.

Me senté a la mesa.

Mientras me servía un poco de queso, mamá preguntó:

—¿Estás emocionado?

—Un poco. Papá no me ha dicho qué hechizo va a enseñarme.

—Pues ve a descubrirlo.

Me metí en la boca un trozo de pan con queso.

Al menos no tendríamos que entrenar con el estómago vacío.

Las mañanas en las que practicábamos con la espada, papá no me dejaba comer demasiado justo antes del entrenamiento. Decía que tener el estómago muy lleno no era buena idea cuando ibas a estar corriendo y moviéndote constantemente.

Con la magia no teníamos ese problema.

Solo eso ya bastaba para mejorar un poco mi mañana.

Un rato después, salí al jardín trasero.

Papá me estaba esperando.

No llevaba ninguna espada.

Me quedé mirándolo unos segundos.

Qué sensación tan maravillosa ver a papá sin una espada a estas horas de la mañana. Ya la echaba de menos.

—Ah, Luke.

Me acerqué a él.

—Hoy voy a enseñarte un hechizo de control.

—¿Un hechizo de control?

Aquello despertó mi interés.

—¿Cuál?

Mi padre removió ligeramente la tierra frente a él con la punta del pie.

—Mano de Tierra.

El nombre era bastante descriptivo.

—¿Qué hace?

—Te permite dar forma a la tierra para sujetar a tu objetivo.

Esperé un instante.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

Fruncí el ceño.

—Suena bastante poderoso.

Si podía sujetar el pie de alguien, podría impedirle moverse.

Si conseguía sujetarle el arma, podría dificultar sus ataques.

Incluso, si llegaba a ser lo bastante fuerte...

Mi padre vio mi expresión y se echó a reír.

—Otra vez estás imaginando cosas demasiado grandes.

—¿Por qué? Mantener a alguien inmóvil puede ser muy útil.

—Lo es. Precisamente por eso te lo estoy enseñando.

Retrocedió un poco.

—Pero no es tan sencillo como imaginas. Alguien fuerte puede romper la tierra que hayas moldeado y liberarse. Y alguien rápido puede apartarse del lugar que has elegido antes de que termines el hechizo.

—Entonces no funciona contra personas fuertes.

—Por sí solo, no demasiado.

Golpeó ligeramente el suelo con el pie.

—Pero en un combate de tu nivel, conseguir que tu oponente tropiece durante un segundo puede ser suficiente.

Un segundo.

Recordé cuántas veces me había dicho papá, durante nuestros entrenamientos con la espada, que incluso un retraso diminuto podía marcar la diferencia.

Cuanto más lo pensaba, más útil me parecía aquel hechizo.

Sonreí con picardía.

—Entonces podré sujetarte fácilmente, ¿verdad?

Mi padre respondió sin vacilar.

—En realidad, funciona mejor contra niños de cuatro años.

Mi sonrisa desapareció.

¿De dónde ha sacado esa respuesta tan rápido? ¿La preparó antes de salir de casa?

—Qué gracioso eres.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo acepto de todas formas.

Nos quedamos mirándonos durante unos segundos.

Finalmente, papá levantó una mano.

—Muy bien, dejemos las bromas. Primero observa cómo funciona.

Se apartó unos pasos y señaló un espacio despejado del suelo.

Extendió la mano hacia la tierra.

—Mano de Tierra.

El suelo se abultó ligeramente.

Primero surgió una protuberancia gruesa. Después, su parte superior se ensanchó y alrededor aparecieron varios dedos de forma irregular.

Parecía una mano de verdad.

Pero no era perfecta.

Más bien parecía una mano que alguien hubiera intentado esculpir en tierra guiándose únicamente por lo que recordaba de su aspecto.

Papá empujó con el pie una pequeña piedra que había cerca.

Los dedos de tierra se cerraron a su alrededor y la sujetaron.

Abrí un poco más los ojos.

—Está genial.

—No te lo enseño porque sea bonito.

—Pero lo es.

Mi padre bajó la mano.

La tierra se aflojó y volvió a mezclarse con el suelo.

—Al principio, lo más fácil es trabajar con tierra normal. También puedes utilizar arena y arcilla, pero cada material se comporta de manera diferente.

—¿Y piedra?

—También.

Señaló otra piedra del suelo.

—Pero es mucho más difícil.

—¿Por qué?

—Porque moldear tierra suelta no es lo mismo que obligar a una piedra sólida a cambiar de forma.

Asentí.

Tenía sentido.

La tierra era un material que podía separarse y volver a moldearse con facilidad.

Modificar una piedra de la misma manera naturalmente requeriría mucho más maná y control.

Mi padre continuó:

—Con la misma cantidad de maná y el mismo nivel de control, puedes crear algo de este tamaño utilizando tierra, pero con piedra apenas conseguirías mover una porción mucho más pequeña. Cuanto más duro y denso sea el material, más difícil será trabajar con él.

—Si utilizo más maná, podré hacerlo más grande.

—El maná por sí solo no basta.




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