La espada de madera de mi padre volvió a chocar contra la mía.
Se me entumecieron los brazos.
—Abres demasiado el codo.
—No lo abro.
Recibí otro golpe.
Mi espada salió desviada hacia un lado.
—Sí que lo abres.
—A lo mejor tú golpeas demasiado fuerte.
—A lo mejor tú eres demasiado débil.
Lo miré.
—Tengo cuatro años.
—¿Vas a seguir diciendo eso cada vez que pierdas?
—Hasta que funcione.
Mi padre se rio.
Apoyó la espada sobre su hombro.
—Otra vez.
Suspiré y levanté la mía.
Durante los últimos días, al menos había empezado a distinguir un poco mejor sus movimientos. Antes, en cuanto movía la espada, yo ya estaba en el suelo.
Ahora conseguía aguantar unos segundos más.
Todo un logro.
Mi padre atacó por la derecha.
Bloqueé.
Golpeó desde la izquierda.
También conseguí detenerlo.
En cuanto vi venir el tercer golpe, retrocedí.
La punta de su espada pasó justo delante de mi nariz.
Sonreí satisfecho.
—¿Has visto?
—¿El qué?
—Lo he esquivado.
—El objetivo de una pelea no es huir eternamente.
—¿Sigo vivo?
Mi padre lo pensó un instante.
—Por ahora.
Volví a levantar la espada.
Quizá no encontraría un momento mejor para preguntarle algo que llevaba tiempo rondándome la cabeza.
—Papá.
—¿Mmm?
—¿Cómo se llamaba la cuarta persona?
La espada de mi padre se detuvo en el aire.
Solo por un instante.
Después volvió a dirigirse hacia mí.
—¿Todavía sigues pensando en eso?
Bloqueé su golpe.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no dejas de evitar la pregunta.
—Ahora mismo eres tú quien no deja de esquivar.
Blandió su espada.
Retrocedí.
—No cambies de tema.
—Vigila tus pies.
—¿Cómo se llamaba?
Otro golpe.
—Tu pie izquierdo.
—Papá.
—Soly.
Casi olvidé bloquear el siguiente ataque.
Levanté la espada en el último momento.
—¿Soly?
—Sí.
—¿Eso era todo?
Mi padre retrocedió.
—¿Qué esperabas?
—No lo sé. Como llevas días sin querer decirme su nombre, esperaba algo un poco más misterioso.
Levantó una ceja.
—¿Cómo puede ser misterioso un nombre?
—Puede serlo.
—Entiendo.
Definitivamente no había entendido nada.
Volvió a atacar.
Esta vez conseguí detener dos golpes.
—¿Cómo era?
—¿Soly?
—¿Conoces a otra Soly?
—Puede que sí.
Su espada de madera me tocó el hombro.
—Estás muerto.
Bajé la espada.
—Golpearme mientras hago preguntas es hacer trampa.
—¿Crees que tus enemigos van a esperar a que termines de hablar?
—No tengo pensado ponerme a charlar con mis enemigos.
—Buena decisión.
Volví a colocarme frente a él.
—¿Cómo era?
Esta vez mi padre respondió.
—Era terca.
—Como tú.
—Peor que yo.
—Imposible.
Dio un golpecito a mi espada.
—La postura.
Corregí la posición de mis pies.
—Se le daba bien la magia. Sobre todo, el control.
—¿Tanto como a Aren?
La expresión de mi padre cambió ligeramente.
—Eran diferentes.
Levantó despacio la espada.
—Cuando Aren aprendía algo, enseguida empezaba a investigar qué había detrás. Por qué funcionaba así, si podía hacerse de otra manera, dónde estaban sus límites...
Me resultó familiar.
Demasiado familiar.
—¿Y Soly?
—No paraba hasta dominar perfectamente lo que había aprendido.
—¿Y Gareth?
—Nos regañaba cuando rompíamos algo.
—¿Y tú?
Mi padre respondió sin pensárselo.
—Yo era el más guapo del grupo.
Bajé la espada.
—No sé por qué pensé que ibas a darme una respuesta seria.
—Era una respuesta seria.
—Lo dudo muchísimo.
Mi padre se rio.
Volvió a adoptar su postura de combate.
—Vamos.
Nuestras espadas chocaron.
—Pero ¿qué hacías realmente?
—Lo que hacía falta.
—Eso tampoco es una respuesta.
—Normalmente, Gareth y yo estábamos al frente. Aren y Soly nos apoyaban desde atrás.
—¿Con magia?
—La mayor parte del tiempo.
Llegó otro golpe.
Lo bloqueé.
—Entonces, ¿los cuatro viajaban juntos matando monstruos?
—No solo monstruos.
—¿Qué más?
—Escoltábamos caravanas, buscábamos personas desaparecidas, nos enfrentábamos a bandidos que asaltaban caminos y explorábamos algunas ruinas antiguas.
Abrí los ojos de par en par.
—¿Encontraron tesoros?
La espada de mi padre se detuvo.
—Sí.
—¿De verdad?
—Tres monedas de plata.
Esperé.
—¿Y?
—Una copa rota.
Lo observé durante un rato.
—Eso no es un tesoro.
—Para nosotros lo era en aquel entonces.
—Eran muy pobres.
—Gracias.
Atacó.
Esta vez me estaba riendo mientras bloqueaba su golpe.
También detuve el segundo.
Llegó el tercero.
Levanté la espada.
¡Clac!
Por primera vez, había conseguido bloquear el tercer golpe.
Mi padre se detuvo.
Yo también.
Miré nuestras espadas.
—¿Has visto?
Mi padre sonrió ligeramente.
—Lo he visto.
—Tres.
—Veo que has aprendido a contar.
—Son los beneficios de pasar tiempo con Gareth.
La expresión de mi padre se ensombreció.
—Fue un error llevarte a conocerlo.
Esta vez fui yo quien se rio.
Después de recuperar un poco el aliento, volví a preguntar.
—¿Por qué nunca me habías hablado de Soly?
Mi padre me miró.
—No nos separamos precisamente en buenos términos.
Me encogí de hombros.
—Tenía curiosidad.
—Tú sientes curiosidad por demasiadas cosas.
Mi padre utilizó la punta de su espada para empujar ligeramente mi pie hacia un lado.
—Has perdido la postura.
—Papá.
Suspiró.