La oscuridad tras el silencio

Capítulo 8: Los que quedamos

Ralph

Cuando abrí los ojos, lo primero que percibí fue el silencio.

Durante unos segundos no conseguí comprender dónde estaba.

Me daba vueltas la cabeza. Incluso respirar me costaba. Estaba tumbado sobre la tierra y me dolía todo el cuerpo.

Entonces lo recordé.

Intenté incorporarme de golpe.

—Aren...

La voz se me quedó atrapada en la garganta.

Giré la cabeza.

Lo vi a unos metros de distancia.

Estaba inmóvil.

—¡Aren!

Intenté ponerme de pie, pero las piernas no me sostuvieron. Caí de rodillas.

Volví a levantarme.

Conseguí dar dos pasos.

Después volví a tambalearme.

Finalmente llegué hasta él sin saber muy bien si había caminado o me había arrastrado.

—Aren.

No hubo respuesta.

Me arrodillé a su lado.

Puse una mano sobre su hombro.

—Vamos.

No se movió.

Miré la herida que tenía en el pecho.

La marca que había dejado aquella espada seguía allí.

Después miré su rostro.

Había perdido todo el color.

La persona que hacía apenas unos momentos estaba gritando, corriendo y luchando parecía haberse detenido por completo.

—Aren...

Llevé una mano hacia su cuello.

Esperaba encontrar algo.

Ni siquiera sabía qué.

Un movimiento.

Una respiración.

Cualquier cosa.

No había nada.

Retiré la mano.

—No.

Volví a comprobarlo.

Como si mirar una segunda vez pudiera cambiar algo.

—No, no...

Levanté la cabeza.

—¿Gareth?

Lo busqué con la mirada.

Estaba sentado a unos metros de distancia, con la espalda apoyada contra una roca.

Nos observaba.

No.

Observaba a Aren.

Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no lloraba.

Su rostro no mostraba ninguna expresión.

—Gareth.

No reaccionó.

—¡Gareth!

No apartó la mirada de Aren.

En aquel momento sentí que algo se rompía dentro de mí.

—¡Maldita sea!

Apoyé las palmas de las manos contra el suelo.

Apreté los dientes.

La misma escena se repetía una y otra vez en mi cabeza.

Si hubiera sido un poco más rápido.

Si hubiera sido más fuerte.

Si me hubiera dado cuenta de algo.

Si hubiera hecho algo.

Lo que fuera.

—Maldita sea...

Me tembló la voz.

No sabía contra quién enfadarme.

Contra aquel hombre.

Contra mí mismo.

Contra todo lo que había ocurrido.

Al final, lo único que sabía era que odiaba todo aquello.

Y lo que más odiaba era que alguien que hacía apenas unos minutos seguía con nosotros ya no volvería a decir una sola palabra.

Volví a mirar a Aren.

Esperé que hiciera alguna de sus bromas absurdas.

Que abriera los ojos y nos dijera que, una vez más, nos habíamos metido en problemas.

Pero no ocurrió nada.

Finalmente escuché la voz de Gareth.

—Ralph...

Lo miré.

Hablaba tan bajo que apenas pude escucharlo.

—¿Qué vamos a hacer?

Fue entonces cuando vi de verdad la expresión de su rostro.

No parecía estar esperando una respuesta.

Me miraba como si, de alguna manera, yo pudiera arreglarlo todo.

Pero no tenía nada que ofrecerle.

Permanecimos junto a Aren durante un rato.

Después miré a mi alrededor.

No podíamos dejarlo allí.

Tampoco estábamos en condiciones de llevarlo hasta la posada.

Me levanté lentamente.

Comencé a recoger las ramas secas que había por los alrededores.

Gareth levantó la cabeza.

Cuando comprendió lo que estaba haciendo, entreabrió los labios.

—Ralph...

No me detuve.

—No podemos dejarlo aquí.

Gareth miró a Aren.

Permaneció mucho tiempo sin decir nada.

Finalmente cerró los ojos.

—Lo sé.

No añadió nada más.

No sé cuánto tiempo pasó. Tuve que avivar el fuego varias veces.

Durante todo ese tiempo, Gareth apenas se movió de donde estaba.

No recuerdo con claridad la mayor parte de lo que hice después.

Solo recuerdo que mis manos no dejaban de trabajar.

Porque, si me detenía, empezaría a pensar.

Y no quería pensar.

Mucho tiempo después, lo único que podíamos llevarnos de Aren eran sus cenizas.

Las recogí con cuidado en un trozo de tela limpia que había encontrado. Até la tela y la guardé dentro de mi bolsa.

El peso de la bolsa apenas había cambiado.

Pero cuando me la colgué al hombro, sentí que era lo más pesado que había cargado en toda mi vida.

Gareth finalmente se puso de pie.

Necesitó unos momentos para recuperar el equilibrio.

—¿Cuánto falta?

—Unas tres horas.

Asintió.

—Vámonos.

Durante la primera hora apenas hablamos.

Gareth tropezó varias veces.

La primera vez que lo sujeté del brazo, apartó mi mano.

La segunda vez no lo hizo.

Cuando llegamos a un pequeño lago junto al camino, el sol comenzaba a descender.

—Descansemos un poco.

Gareth se sentó junto al agua sin responder.

Me lavé la cara.

Esperaba que el agua fría me hiciera sentir mejor.

No fue así.

Nos quitamos la suciedad de encima y atendimos nuestras heridas lo mejor que pudimos.

Gareth observaba la orilla opuesta del lago.

Me senté a su lado.

—Bebe un poco de agua.

—No quiero.

—Bebe.

Esta vez no protestó.

Tomó la botella, pero no bebió enseguida.

La sostuvo durante un rato.

Después sus ojos se desviaron hacia la bolsa que llevaba al hombro.

—No deberíamos haberlo dejado allí.

Sentí un nudo en la garganta.

—No lo dejamos.

Gareth miró la bolsa.

—No es lo mismo.

No pude responder.

Al cabo de un rato bebió unos cuantos sorbos.

Después retomamos el camino.

Cuando la posada apareció a lo lejos, pensé que debería sentir alivio.

No lo sentí.

Cada paso no nos acercaba al descanso, sino a una verdad que ninguno de los dos quería pronunciar.




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