La penumbra latente

Capítulo 20: El Segundo Tañido

El descenso comenzó bajo un cielo muerto.

Las ruinas de Luminara se extendían montaña abajo como las costillas expuestas de un gigante olvidado. Columnas partidas sobresalían entre la niebla, puentes derrumbados colgaban sobre barrancos imposibles y las antiguas avenidas de mármol aparecían fracturadas por grietas que parecían heridas abiertas en la propia realidad.

Kyle avanzaba delante. No corría; no lo necesitaba. Cada paso era firme, preciso, impulsado por una seguridad nueva, una autoridad de hierro que todavía estaba aprendiendo a comprender.

Aris caminaba varios metros detrás, intentando mantener el ritmo. Al no poseer magia ni dotes de combate, la erudita se veía obligada a confiar puramente en su resistencia, tropezando y sufriendo el desgaste del terreno. El descenso era duro incluso para alguien acostumbrado a las ruinas, pero aquella vez era peor. El mundo estaba cambiando. Se notaba. El aire vibraba. La niebla parpadeaba. Y el frío que habitaba en el pecho de Kyle latía como un segundo corazón. Un compás. Una dirección.

Ella. Skye. Seguía allí, al otro lado, esperándolo.

Kyle descendió por una cornisa derruida de un salto, aterrizando sin esfuerzo. Aris tardó varios segundos en alcanzar el mismo punto, apoyando sus manos curtidas en los relieves calcinados para recuperar el equilibrio.

—Empiezas a resultar irritante —murmuró entre jadeos.

Kyle ni siquiera se volvió.

—Empiezas a quedarte sin tiempo para esquivar preguntas.

Aris cerró los ojos un instante. Ya había visto esa mirada. No en Kyle, sino en Solarys. La diferencia era que la autoridad de Solarys imponía obediencia; la de Kyle exigía verdad.

—Habla —ordenó él.

Aris soltó una exhalación cansada, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—¿Sobre qué?

Kyle se detuvo. Se giró despacio. Sus ojos, ahora dorados, brillaron tenuemente entre la niebla con una fijeza gélida que helaba la sangre.

—Sobre el Albacea.

El silencio cayó entre ambos. El viento recorrió las ruinas. Aris tragó saliva.

—No era una criatura.

Kyle frunció el ceño.

—Casi me mata, estaba programado para matarme.

—No.

—¿No?

—Estaba programado para destruir aquello que amenazara el Velo.

—¿Y qué diferencia hay?

Aris tardó varios segundos en responder.

—Que para él tú nunca fuiste Kyle.

El silencio cayó entre ambos.

—Solo eras una anomalía.

Reanudaron la marcha. La sabia tardó varios segundos en encontrar las palabras adecuadas mientras bajaban tres peldaños de golpe, sorteando una grieta de la que emanaba bruma gris.

—Los Guardianes que has visto hasta ahora son diferentes. Responden a los automatismos del olvido diario. Patrullan. Vigilan. Mantienen activo el castigo.

Kyle recordó los ojos dorados observándolo desde la oscuridad de los archivos inferiores.

—¿Y el Albacea?

Aris bajó la mirada.

—El Albacea no vigila.

—Entonces ¿qué hace?

—Corrige.

Aquella palabra resonó con algo desagradable en los oídos de Kyle. Aris continuó.

—Tras la Guerra Celestial, Solarys y... otros miembros del Consejo comprendieron que el Velo jamás sería perfecto.

—¿Quienes eran parte del Consejo?

—Los dioses que gobernaban el mundo antes de la caída. Sabían que tarde o temprano alguno de los Herederos podría despertar. Recuperar recuerdos. Cuestionar la mentira.

—Y construyeron esa cosa.

—No —Aris negó lentamente—. No construyeron un monstruo. No tiene odio, ni emociones, ni maldad.

Kyle lo observó, esperando.

—Construyeron una ley —continuó Aris—. El Albacea es una función del propio Velo. Una corrección automática. Un anticuerpo absoluto. programaron el sistema para restablecer el equilibrio si la mentira flaqueaba. El Albacea no sabe quién eres; sólo detecta que tu núcleo divino ha despertado y que eso amenaza la estabilidad de la estructura. Intenta suprimir la anomalía para salvar el Velo, no por el deseo de derramar sangre. Para el sistema, tú solo eres un error en el código que debe ser borrado.

Kyle apretó la mandíbula con tal fuerza que los músculos de su cuello se tensaron. No había rabia; solo decepción. Una decepción tan profunda que dolía más que cualquier ira. Su padre no había enviado un asesino tras él; había construido una máquina tan perfecta y ciega que era capaz de destruir a su propio hijo sin siquiera reconocerlo.

Continuó descendiendo hacia la garganta de la montaña. Las ruinas comenzaron a espaciarse. Más abajo podían escucharse ya los ecos lejanos del río. Kyle sintió el tirón en el pecho hacerse más intenso. Más cercano. Más real. Ella también estaba avanzando en el plano inferior. Podía sentirlo. No sabía cómo, pero lo sentía de una forma biológica.

—Hay algo más —dijo Kyle.

Aris dudó, mirando las losas rotas.

—Siempre hay algo más Aris.

—El Albacea no obedecía únicamente a Solarys.

Kyle se volvió.

—¿Qué quieres decir?

La mentora pareció debatirse internamente, como si estuviera cruzando una frontera peligrosa de la que no se podía regresar. Finalmente habló.

—Existía otra figura.

—¿Quién?

—La persona que ayudó a tejer las leyes y a crear el Velo. Su nombre era Elandra.

El nombre cayó sobre las ruinas como una piedra en aguas quietas. Kyle nunca lo había oído y, aun así, algo dentro de su núcleo reaccionó. Un eco lejano, una sensación punzante. Como una cicatriz olvidada.

—¿Quién era?

—La Guardiana del Equilibrio.

Kyle soltó una risa seca, carente de humor.

—Viendo cómo terminó el mundo, no parece que hiciera bien su trabajo.

Aris no respondió. Porque en el fondo estaba de acuerdo.

Siguieron avanzando. Durante varios minutos solo se escuchó el sonido de las botas golpeando el mármol roto y el rugido del viento. Entonces Kyle volvió a hablar.

—¿El Velo fue creado para salvar el mundo?




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