El fuego de la chimenea proyectaba sombras alargadas sobre los muros de piedra de la casona, dibujando siluetas rojizas en la penumbra. Afuera, el azote de la lluvia contra los ventanales se había transformado en un murmullo denso y constante, aislando el salón del resto del mundo.
Elena sentía el peso rotundo del cuerpo de Jack sobre el suyo, una presión cálida que le devolvía el aire a tirones. Sus manos, que antes solo habían buscado defenderse o imponer distancia, se deslizaban ahora con una curiosidad febril por los hombros anchos de Jack, recorriendo la curva de sus omóplatos y la línea tensa de su columna. Cada fibra muscular del magnate parecía tallada bajo una exigencia implacable, pero bajo la yema de los dedos de Elena, esa dureza se rendía con un estremecimiento contenido.
Jack detuvo sus besos en la comisura de los labios de ella. Su respiración, agitada y caliente, le rozaba la piel del pómulo. La miró a los ojos con una fijeza gris, despojada de cualquier máscara ejecutiva, de cualquier estrategia de mercado. Había una verdad desnuda en la forma en que sujetaba el rostro de Elena entre sus manos, como si temiera que el menor descuido la devolviera al papel de la chef distante y orgullosa.
—Si no detienes esto ahora, Elena... —murmuró él con la voz rasposa, bajando el tono hasta convertirlo en una confesión peligrosa—, no va a haber contrato ni distancia en el mundo que me haga soltarte mañana.
Elena no respondió con palabras. Alzó el torso apenas unos centímetros y buscó la boca de Jack con un impulso decidido, rompiendo el último hilo de duda que flotaba entre los dos. Enredó las manos en su cabello corto, tirando de él hacia abajo, mientras sus piernas se abrían paso de manera natural para envolver la cadera de él.
Jack dejó escapar un gruñido bajo contra sus labios. Con un movimiento fluido y cargado de una fuerza contenida, tiró de la camiseta negra de Elena hacia arriba, despojándola de la prenda con una lentitud calculada que hizo que a ella se le erizara la piel por completo. La luz del fuego bañó el torso descubierto de la joven, revelando la curva fina de sus costillas y el ritmo acelerado de su pecho.
La mirada de Jack la recorrió con un hambre voraz, casi reverente. Bajó la cabeza y comenzó un rastro de besos profundos que descendió desde la barbilla, pasó por la línea del cuello y se detuvo en el nacimiento de sus pechos. Cuando su boca rodeó uno de sus pezones, succionando con una firmeza cálida y pausada, Elena echó la cabeza hacia atrás sobre el cuero del sofá, ahogando un gemido agudo que resonó en el techo de madera.
—Jack... —susurró ella, clavando las uñas en los brazos de él.
Él no se apresuró. Deslizó sus manos con una lentitud adictiva por los muslos de Elena, acariciando la piel suave hasta alcanzar la pretina de sus pantalones de trabajo. Desabrochó el botón de metal y bajó la cremallera con una precisión implacable, liberándola de la prenda pesada hasta dejarla solo con la ropa interior de encaje oscuro.
Cada toque de Jack era un ejercicio de posesión y descubrimiento. Sus dedos, acostumbrados a firmar documentos de millones de dólares y a dominar juntas directivas, exploraban la piel de Elena como si fuera el único territorio que realmente le importaba conquistar. Rozó la parte interna de sus muslos, haciendo que ella se estremeciera y apretara las rodillas contra sus costados, buscando más de ese contacto que le quemaba las entrañas.
—Mírame —ordenó Jack con voz baja y dominante, colocándose entre sus piernas.
Elena abrió los ojos, encontrándose con esa mirada gris encendida por el fuego. Jack se deshizo de sus pantalones con un movimiento rápido, revelando la dureza erguida y palpitante de su sexo, que presionó con una lentitud tortuosa contra la entrada de ella.
El primer roce directo de sus cuerpos desnudos provocó un jadeo unánime. Elena sintió el grosor y el calor de Jack abriéndose paso en su interior, una sensación de plenitud tan intensa que le hizo arquear la espalda instintivamente. Jack se detuvo un segundo en la mitad del camino, apoyando las palmas de las manos a los lados de la cabeza de ella, luchando por mantener el control ante el estrecho abrazo de los músculos de la chef.
—Eres mi perdición, Elena —murmuró él, hundiendo la cara en el hueco de su cuello mientras terminaba de empujar, llenándola por completo.
Elena dejó salir un suspiro entrecortado que se transformó en un gemido cuando Jack comenzó a moverse. El ritmo inicial fue pausado, profundo, un vaivén medioambiental que buscaba acoplar las respuestas de ambos cuerpos. Cada embestida de Jack encontraba el punto exacto que hacía temblar las piernas de Elena, arrancándole sonidos que jamás creyó capaces de emitir ante ningún hombre.
Poco a poco, la cadencia se volvió más agresiva, dictada por la adrenalina acumulada de la jornada y la química salvaje que los consumía. El sonido de sus pieles chocando, la respiración agitada de Jack en su oído y la firmeza con la que sus manos sujetaban las caderas de ella para marcar el ritmo crearon una atmósfera sofocante. Elena se aferró a la espalda desnuda de él, sintiendo cómo las gotas de sudor de Jack caían sobre su pecho mientras él aumentaba la fuerza y la velocidad de cada penetración.
La fricción constante los llevó al límite en cuestión de minutos. Elena sintió una ola de calor expansivo recorrerle la pelvis, apretando sus paredes internas alrededor de Jack con espasmos incontrolables. Al sentir el clímax de ella, Jack soltó un rugido sordo contra la almohada, aceleró los últimos embates y se entregó por completo, derramándose profundamente en su interior con una sacudida que hizo temblar todo su cuerpo.