Pacto de Cenizas

Capítulo 22: El aliento de la tierra lejana

El aire de la Toscana a principios de otoño olía a tierra húmeda, a hojas de vid fermentadas por el sol de la tarde y al humo sutil de las chimeneas de piedra dispersas entre las colinas de Chianti. Lejos del fragor de las calderas de Cenizas, de las luces de la ciudad y de la presión asfixiante de la prensa y las juntas corporativas, el silencio de la finca señorial que Jack había alquilado para diez días se sentía casi irreal.

​Elena estaba de pie en la terraza de terracota, vistiendo únicamente un camisón de lino blanco que la brisa suave ceñía a sus muslos. Sostenía entre sus manos una copa de vino tinto local de producción limitada, observando cómo la penumbra púrpura descendía sobre los olivos centenarios.

​El viaje no solo había sido concebido como un respiro tras el triunfo de la inauguración y la dura batalla contra el directorio de Vanguard Capital, sino como una expedición de inspiración culinaria. Durante tres días habían recorrido pequeños viñedos familiares, molinos de aceite de oliva ancestrales y granjas artesanales de queso pecorino, buscando esa pureza elemental en la materia prima que Elena deseaba incorporar al menú de la próxima estación.

​Escuchó la puerta de cristal deslizarse a sus espaldas. Jack apareció en la terraza, descalzo, vistiendo únicamente un pantalón de lino oscuro desabrochado en la cintura. La luz tibia de los faroles de hierro de la fachada recortaba la silueta imponente de sus hombros y el relieve de su torso.

​Se acercó sin hacer ruido, envolviendo a Elena por detrás. Sus brazos largos y firmes rodearon su cintura, y su pecho cálido se pegó por completo a la espalda de ella, transmitiéndole un calor inmediato que le provocó un estremecimiento.

​—Estás muy tranquila —murmuró Jack cerca de su oído, hundiendo los labios en la curva de su cuello mientras inhalaba el aroma fresco de su piel—. Me cuesta acostumbrarme a no verte corriendo de un lado a otro con un reloj en la mano.

​Elena apoyó la cabeza hacia atrás, descansando en el hombro de Jack y dejando que el aire de la noche le rozara el rostro.

—Es raro no escuchar el zumbido de la extracción ni las comandas saliendo por la impresora. Pero por primera vez en años siento que mi mente no está intentando resolver un problema. Estar aquí contigo me devuelve la capacidad de respirar, Jack.

​Jack deslizó las manos lentamente hacia arriba, sobre la tela delgada del camisón, rodeando sus costillas hasta alcanzar la curva inferior de sus pechos. Sus dedos, firmes pero asombrosamente delicados, acariciaron la piel a través del lino hasta encontrar los pezones erguidos de Elena, haciéndole soltar un suspiro largo y entrecortado.

​—No quiero que pienses en nada más que en esto —dijo él con una voz grave, áspera de deseo—. Durante semanas tuvimos que compartir cada mirada con la brigada, los críticos y tus inversores. Pero aquí no hay nadie, Elena. Solo tú y yo.

​Jack le quitó la copa de vino de la mano y la dejó sobre la mesa de piedra de la terraza. Luego, sin romper el contacto visual, la giró despacio en sus brazos hasta dejarla de cara a él. La mirada gris del magnate, oscura y densa por la tentación, recorrió cada rasgo de su rostro antes de fijarse en sus labios ligeramente entreabiertos.

​La tomó por la nuca, entrelazando los dedos en su cabello suelto, y la besó con una voracidad contenida que hizo temblar las rodillas de la chef. No era un beso suave de bienvenida; era una toma de posesión absoluta, una marea de lengua y aliento ardiente que demandaba una entrega total. Elena gimió contra su boca, pasando los brazos alrededor del cuello de él y pegando su vientre desnudo al torso firme de Jack.

​Sin romper el beso, Jack la levantó en vilo. Elena envolvió la cintura de él con sus piernas de forma instintiva, sintiendo la dureza evidente del miembro de Jack presionando contra el centro de su feminidad a través de las prendas delgadas. Cada paso que el hombre daba hacia el interior del dormitorio principal retumbaba en el pecho de ambos.

​La depositó sobre la cama matrimonial, una estructura colosal de madera tallada cubierta con doseles de lino blanco. Antes de que Elena pudiera reacomodarse, Jack se posó sobre ella, separándole las piernas con las rodillas y sujetándole las muñecas contra la almohada por encima de su cabeza.

​—Dime que me deseas tanto como yo a ti —demando él, mirándola fijamente desde arriba con la respiración agitada, los músculos de los brazos en tensión por contener su propio peso.

​—Te deseo hasta el punto de volverme loca, Jack —confesó ella con la voz rota por la excitación, buscando sus labios desesperadamente.

​Jack bajó la cabeza para morder suavemente su labio inferior antes de deslizar su boca por su barbilla, bajando por el cuello hasta el escote del camisón. Con un movimiento decidido de la mano libre, rasgó los tirantes delgados de la prenda, dejando sus pechos completamente al descubierto bajo la luz de las velas que iluminaban la estancia.

​Se tomó su tiempo con cada uno. Desplazó la lengua en círculos lentos y húmedos alrededor de sus aureolas, succionando después con una firmeza que hacía que Elena arqueara la espalda, enterrando los dedos en los hombros masculinos. El contraste entre la aspereza de la barba de Jack y la suavidad de la piel de ella encendía un fuego líquido que descendía directo a sus caderas.

​Jack bajó la mano derecha, recorriendo el abdomen plano de la mujer hasta deslizar los dedos bajo la tela del camisón. Se abrió paso entre sus muslos separados, encontrando la lencería de encaje empapada de deseo. Elena ahogó un grito cuando él desplazó la tela hacia un lado y hundió dos dedos dentro de su humedad caliente.




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