Después de la cena, Jacob fue el primer soldado en caer. Sebastian lo había mirado con diversión al notar que se le cerraban los ojos en sus brazos, pues él había sido el elegido para sostenerlo mientras descansaba.
Por su parte, Charlotte se había quedado sospechosamente en silencio. Cuando caminó hacia el sofá, la encontró durmiendo con una paz que lo hizo sonreír.
Con el tiempo, estaba aprendiendo a descansar sin tener que estar en alerta porque ya no era necesario. Para Sebastian, verla dormir así seguía siendo una de esas pequeñas cosas que le confirmaban cuánto había cambiado su vida.
Abigail apareció desde la cocina y sonrió.
—Listo, lavé todo.
—No era necesario —insistió él, aunque ya fuera tarde.
—Dicen que el que cocina no debe lavar los platos —dijo ella y se encogió de hombros.
—Pero eres mi invitada.
Abigail agitó una mano con despreocupación.
—Tenías a Jacob, era imposible que hicieras algo —replicó y luego miró al sofá—. Hemos sido abandonados.
Sebastian rio suavemente.
—Eso parece.
—Nos iremos en taxi para que no tengas que despertar a Charlie.
—Descuida, la dejamos dormir un rato y la despierto. Ni siquiera se lavó los dientes.
—¿Seguro? Porque no es necesario que…
—Abigail, prometí recogerlos en casa y llevarlos de regreso, y eso haré —sentenció con tono firme, aunque con una sonrisa—. Tú tranquila.
Ella levantó ambas manos en gesto de rendición y sonrió.
—No voy a discutir con la ley.
Sebastian sonrió, satisfecho, y ella añadió:
—Porque eres policía, ¿cierto? Nunca conocí a un detective.
—Lo soy —respondió, divertido—. Primero me formé como policía y luego me convertí en detective.
—¿Y puedes arrestar?
Sebastian la miró con diversión.
—¿A quién quieres que arreste?
Abigail rio con ganas, pero enseguida se cubrió la boca al darse cuenta de que podía despertar a los niños.
Por suerte, ni Charlotte ni Jacob parecieron inmutarse.
—Es solo curiosidad —respondió ella finalmente.
—Suelo intervenir si la situación lo amerita —explicó Sebastian—. Por ejemplo, he tenido que reducir ladrones.
Abigail abrió ligeramente los ojos, no con preocupación, sino con interés. Antes de que pudiera decir algo, él volvió a hablar.
—Toma a Jacob.
Se lo entregó suavemente y luego alzó a Charlotte en brazos.
—Sígueme, vamos a dejarlos descansar un rato en un lugar cómodo.
—De acuerdo.
Sebastian la guió hasta su dormitorio, donde dejaron a los dormilones en la cama y los cubrieron con una manta. A Jacob le hicieron una buena barrera de almohadas y también dejaron una lámpara encendida y la puerta abierta para poder escuchar cualquier llamado o llanto.
Finalmente bajaron a la sala y se sentaron en el sofá. Enseguida, Abigail soltó una pregunta.
—¿Me cuentas eso de que has reducido ladrones?
—No creas que sucede de forma épica. He tenido que correr a alguno que otro, pero apenas lo atrapo, solicito una patrulla y lo retengo —dijo con naturalidad—. Si alguien grita pidiendo un policía y estoy cerca, ayudo.
—Entiendo.
—Trabajé por años patrullando calles —añadió—, pero sabía que era solo de paso mientras me especializaba.
—Suena interesante todo lo que haces.
Sebastian sonrió ligeramente antes de preguntarle:
—¿Tú de qué trabajas exactamente? ¿Estás en el área de contabilidad como Samuel?
—Estoy en el área de tesorería —aclaró, sonriendo—. No es lo mismo, pero trabajamos en conjunto y eso nos llevó a hacer buena amistad.
—Y no es como que a Samuel le cueste socializar.
—No —negó, riendo—. Empezó siendo un compañero de trabajo y, de pronto, sentí que tenía como un hermano mayor que me cuidaba la espalda.
Sebastian sonrió.
—¿Y te gusta el trabajo?
—Sí, claro —asintió con seguridad—. Yo trabajaba en un estudio de contabilidad, pero me pagaban muy mal y entonces decidí renunciar. Fue la época en la que mi abuela ya no se encontraba muy bien y acababa de enterarme de que estaba embarazada. Así que me tomé un descanso porque sabía que para Patrick el dinero no iba a ser un problema.
—Qué bueno que al menos te haya apoyado económicamente.
—Sí, pero ahora creo que lo hizo porque quería que yo estuviera en casa todo el día —se encogió de hombros—. No le gustó que empezara a buscar trabajo tan pronto. De hecho, tuve mi primera entrevista con Jacob teniendo tres semanas.
Sebastian sonrió al imaginarlo.
—Qué pequeñito.