Abigail todavía conservaba una linda sensación por el día anterior. Era como si, de pronto, todo su espíritu navideño hubiese regresado, pero con más fuerza.
Había comprado algunas cosas, aunque en los próximos días iría en búsqueda de un árbol con Sebastian. Él también tenía que escoger uno y lo harían juntos.
Así que, como todavía tenía todo el entusiasmo fresco, cuando volvió del trabajo se puso cómoda, preparó té y se sentó en el suelo junto a Jacob.
—No, bebé, eso no se toca —dijo cuando él hizo el amague de tocar su kit de bordado.
Jacob la observó seriamente y volvió a alargar la mano.
—No —repitió, seria—. Mira, aquí está tu juego.
Abigail tomó el cubo con formas y las figuras que iban encastradas y lo animó a jugar. Jacob sonrió y se le sumó. Cuando estuvo suficientemente entretenido, ella siguió con su trabajo.
—Primero tengo que asegurarme de escribir los nombres —le explicó a Jacob, que ya no parecía interesado en lo que ella hacía—. Esta va a ser una Navidad divertida.
Jacob la observó brevemente y balbuceó mientras señalaba el cubo. Había conseguido que la estrella quedara trabada dentro del círculo y parecía querer enseñarle su obra.
—Bueno, eso no va ahí, pero lo resolviste —bromeó, acariciándole la mejilla.
Abigail se quedó mirándolo un momento. Estaba creciendo tan rápido que, por momentos, le daban ganas de suplicarle que se quedara pequeño para siempre.
El día anterior, cuando habían regresado a casa después del paseo, Jacob había conseguido dar tres pasos. Luego había caído con todo el trasero y había gimoteado un poquito, pero al rato había intentado andar otra vez.
Afortunadamente, tenía esos tres pasos grabados en video. Quizá para cualquiera fuera algo completamente tonto, pero ella quería tener todo documentado.
Algún día sería esa mamá que presume sus recuerdos frente a los amigos de su hijo en cada cumpleaños.
Jacob probablemente la detestaría, pero era parte del proceso.
Abigail lo dejó seguir jugando mientras continuaba con lo suyo. Poco a poco, escribió los nombres en las tres botas.
Justo cuando estaba buscando el hilo adecuado, el timbre sonó.
No esperaba a nadie, pero aun así se levantó y, sin dejar de mirar a Jacob, abrió rápidamente.
—Ah, Patrick —dijo al ver su cara.
—¿Esperabas a alguien más?
—No, pero me sorprende que hayas venido sin avisar.
Abigail le hizo una seña para que pasara y, una vez dentro, cerró la puerta.
—Puedes colgar tu abrigo —añadió mientras volvía con Jacob.
Patrick se deshizo de la gorra, se quitó el abrigo y luego se acercó a Jacob.
Abigail entornó ligeramente los ojos cuando vio cómo le palmeaba la cabeza.
Como si fuera un perro.
De hecho, estaba segura de que ni un perro aceptaría un gesto que se notaba demasiado vacío.
—Ayer dio tres pasos —le contó Abigail entonces.
—Qué bien.
Le dio otras palmaditas y fue a sentarse al sofá.
Abigail tomó el teléfono con paciencia, buscó el video y se lo enseñó.
—Mira.
Patrick lo observó con la misma emoción que uno tendría viendo una película aburrida.
Dios Santo, nada podía conmover a ese hombre.
—¿Quién es Sebastian? —preguntó de pronto.
Abigail arrugó el ceño. ¿Qué tenía que ver Sebastian con el video? ¿Y cómo conocía Patrick a Sebastian?
—¿Qué?
—Te acaba de escribir un tal Sebastian diciéndote hermosa.
Abigail giró el teléfono hacia sí misma, observó la notificación y, en efecto, el mensaje de Sebastian decía hermosa, acompañado de una carita con corazones en los ojos.
Obviamente, no era para ella. Simplemente había respondido a una foto que Abigail le había enviado de Charlotte con los cuernitos de reno luminosos.
Sin embargo, decidió que Patrick no tenía por qué recibir tantas explicaciones.
—Es un amigo —dijo entonces, dejando el teléfono a un costado.
Patrick iba a decir algo, pero el teléfono volvió a sonar. Abigail leyó rápidamente de reojo y sonrió.
—Un amigo no te dice hermosa ni te hace sonreír así —comentó finalmente.
Abigail volvió a mirarlo. Había sonreído porque Sebastian le había preguntado si saldría muy costoso contratar a un chef privado. Seguramente estaba pensando qué preparar para la cena y sus ideas estaban completamente agotadas.
—De hecho, los amigos hacen exactamente eso —dijo Abigail con tranquilidad.
—¿Sí?
—Sí.
—Nunca escuché que nuestros amigos te dijeran esas cosas.
—Quizá porque nunca fueron mis amigos, sino los tuyos —se encogió de hombros—. Si hubiesen sido mis amigos, no me habrían dado la espalda, no me habrían hecho a un lado ni tomado partido por ti cuando claramente no hice nada malo.