Papá llegó para rescatarme

~13~

Sebastian miró hacia la puerta cuando los niños comenzaron a salir.

—Prepárate para el caos —le advirtió a Abigail.

Unos segundos después, los niños empezaron a correr en dirección a sus padres, dando gritos.

Charlotte no gritaba, jamás, pero sí se dirigía hacia él en cuanto lo divisaba. A Sebastian le encantaba ver cómo se le iluminaban los ojos al verlo y cómo corría hacia sus brazos con emoción.

Obviamente, el ritual se mantuvo intacto, con la salvedad de que, después de saludarlo, Charlotte se giró en dirección a Abigail y Jacob y soltó una risita.

—Hola, princesa —dijo Abigail.

Charlotte la abrazó cuando la vio agacharse. A Sebastian le dio mucha ternura ver cómo apoyaba la cabeza en el hombro de Abigail.

Luego, el azúcar en sangre se le fue a las nubes cuando Charlotte se acercó a Jacob y le plantó un beso en la mejilla.

Jacob empezó a moverse en la carriola con emoción.

—¿Está feliz? —preguntó Charlotte.

—Muy feliz —aseguró Abigail.

Sebastian sonrió mientras le quitaba la mochila a Charlotte y se la colgaba al hombro.

—Ponla en la carriola —señaló Abigail—. No es que no te quede bien el púrpura, pero hay espacio de sobra aquí abajo.

Sebastian rio.

—¿Segura?

—Sí, te sorprendería saber la cantidad de cosas que le cargo cuando salimos.

Sebastian asintió, se agachó y metió la mochila en el compartimiento debajo de la carriola.

—¿No trajiste el auto? —preguntó Charlotte.

—Sí, pero vamos a caminar un rato —respondió Sebastian—. ¿Quieres?

A Charlotte le brillaron los ojos.

—¡Sí! Voy con Jacob.

Sebastian no entendió a qué se refería exactamente hasta que la vio tomarle la mano y empezar a caminar junto a la carriola mientras Abigail la empujaba.

—Déjame llevarla —pidió Sebastian entonces—. Seguro que tus brazos necesitan descansar.

—No, en realidad, pero si quieres…

Abigail se apartó y le cedió la carriola.

Sebastian rio.

—Cediste demasiado rápido para alguien que dice no necesitar descanso —la molestó mientras retomaban el paso.

Abigail también rio.

—Me gusta recibir ayuda. De hecho, se la mendigo cada tanto a Patrick, pero como ni así me la da, no puedo resistirme si alguien me la ofrece.

Sebastian, que estaba mirando a Charlotte y Jacob, quienes parecían tener una conversación propia, giró un momento para verla.

—No le ruegues más. No lo necesitas.

—Sí, debería dejar de hacerlo —murmuró.

Para conseguir que volviera a sonreír, Sebastian le dio un ligero empujoncito con el codo.

—Tienes un chófer policía detective, ¿necesitas más que eso?

Abigail soltó una carcajada.

—Es verdad.

Sebastian sonrió. No le gustaba ver a las personas tristes en general, pero le fastidiaba especialmente cuando una mujer perdía la sonrisa por culpa de un tipo imbécil.

Lo había visto muchas veces con su hermana. La única diferencia era que Florence no había tenido hijos con ninguno de esos idiotas.

Lamentablemente, Abigail sí.

Sebastian ya detestaba profundamente a Patrick y eso que todavía no le había visto la cara en persona.

—Papá —lo llamó Charlotte—. Mira.

Él siguió la dirección que señalaba y vio un escaparate donde un maniquí lucía unos cuernos de reno con luces.

—¿Quieres unos?

—No, solo me gustan.

Abigail la miró con curiosidad, pero antes de que pudiera preguntar algo, Sebastian le susurró:

—No está acostumbrada a que le ofrezcan cosas así de fácil.

—Entiendo —murmuró ella. Luego, con voz más alta, dijo—: Quiero entrar en la tienda.

Sebastian entendió de inmediato lo que iba a hacer, pero no la detuvo. En lugar de eso, giró con la carriola y entraron.

Charlotte y Jacob empezaron a mirar todo con fascinación.

Los entendía, todo brillaba.

—Estos lugares me recuerdan a mi abuela —comentó Abigail con nostalgia—. Ella amaba la Navidad. Siempre decorábamos juntas su casa, era nuestra tradición.

—¿Y sigues con la tradición?

—No. La Navidad pasada estaba demasiado triste. Intenté decorar un poco mi casa, pero me deprimió más —se encogió de hombros—. Es que estaba sola. Bueno, con Jacob en mi barriga y Patrick, pero él estaba poco en casa por trabajo y pasó la Navidad con amigos. Yo estaba invitada y no quise ir. No podía por la tristeza…

—Entiendo —dijo Sebastian con una media sonrisa, esperando que bastara para disimular la cantidad de improperios y puñetazos que podría lanzarle a Patrick por haberla dejado sola en una situación así—, pero ahora tienes a Jacob aquí y debes continuar con la tradición. Así pasará de generación en generación.




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