Papá llegó para rescatarme

~15~

Sebastian encendió el motor y comenzó a conducir hacia su casa. Su jornada laboral ya había terminado y también había recogido a Charlotte del colegio.

Ahora su mente estaba pensando en ponerse las pantuflas, preparar algo caliente y, por supuesto, revisar los cuadernos de Charlotte para comprobar qué tareas tenía pendientes.

Sin embargo, su hija tenía otros planes.

—Papá, ¿podemos ver a Abigail y Jacob?

—No lo sé, princesa —comprobó la hora rápidamente—. ¿Tienes ganas de verlos?

—Sí, porque les hice algo en la clase de arte.

Sebastian la miró por el espejo retrovisor y sonrió.

—Bueno, podríamos intentar pasar por su casa.

—Está bien.

Sebastian ensanchó la sonrisa y dobló en la próxima calle. Abigail probablemente estaría llegando a casa, así que, como suponía que estaría cansada y con frío, decidió pasar a comprar algo para acompañar el té.

Sin pensarlo demasiado, escogió una tarta de manzana y siguieron camino.

Al llegar a casa de Abigail, supuso que ya debía de haber llegado porque las luces estaban encendidas.

Ambos bajaron del auto y caminaron tomados de la mano hacia la entrada.

Abigail no tardó nada en abrir cuando sonó el timbre y, a juzgar por su apariencia (todavía tenía el abrigo puesto), Sebastian supuso que acababa de entrar.

—¡Charlie, Sebastian! —exclamó con una sonrisa enorme—. ¡Qué linda sorpresa!

Charlotte soltó una risita y la abrazó. Sebastian las observó con una sonrisa.

—Trajimos tarta para disculparnos por llegar sin avisar —dijo él.

Abigail lo miró y agitó una mano en el aire.

—Como si fuera necesaria la invitación —se hizo a un lado—. Pasen.

Sebastian la abrazó ligeramente cuando pasó a su lado y Abigail le correspondió.

Apenas habían dado unos pasos cuando Jacob apareció gateando en su dirección.

Él le entregó la tarta a Abigail y alzó a Jacob en brazos.

—Hola, bebé —le besó la mejilla y luego se agachó para que Charlotte también lo saludara.

Jacob soltó una carcajada con ambos besos.

—¿Ya te quitaste una zapatilla? —preguntó Abigail, mirándolo ceñuda.

Jacob balbuceó mientras señalaba hacia un lugar.

Abigail dejó la tarta sobre la mesa de centro, se acercó al sitio que Jacob le indicaba, se agachó y miró debajo de un pequeño mueble donde había fotografías y un aromatizante de ambiente. Un momento después, levantó la zapatilla que Jacob probablemente había arrojado.

—Está en una etapa donde andar calzado no le parece divertido —explicó Abigail mientras señalaba a Jacob con la zapatilla—. No puedes quitártela.

Jacob miró a Sebastian como si buscara ayuda, así que él tuvo que contener la risa.

En lugar de eso, adoptó una pose seria, tomó la zapatilla y sentó a Jacob en el suelo para ponérsela.

—Ey, pórtate bien, haces enfadar a mamá —le explicó pacientemente—. Y es más hermosa cuando sonríe, así que evita hacerle arrugar el ceño.

Abigail soltó una carcajada mientras se quitaba el abrigo y lo dejaba en el perchero.

—¿Ves? Como consejo de vida, te digo que siempre tienes que hacerla reír —añadió Sebastian. Luego miró a Abigail y le sonrió.

Ella lo estaba mirando con los brazos cruzados, como si estuviera viendo a un bicho raro, pero fascinante.

En lugar de decirle algo, se volvió hacia Charlotte, que estaba revisando su mochila.

—¿Te ayudo, Charlie?

Charlotte negó y entonces sacó una hoja medio arrugada con un dibujo.

—Hice esto para ti y Jacob.

Abigail tomó la hoja, la observó y una sonrisa enorme se dibujó en su rostro.

—¿Somos nosotros cuatro?

—Sí, cuando fuimos al parque.

—Claro, aquí están los columpios —señaló ella, entusiasmada—. Me encanta mi cabello, lo hiciste perfecto. Y mira a Jacob de pie.

Charlotte soltó una risita, balanceándose con las manos delante de su cuerpo.

Abigail se agachó y la abrazó.

—Está hermoso, princesa —le acarició el cabello—. Lo voy a poner en el refrigerador. ¿Me ayudas?

—Sí.

Sebastian levantó a Jacob en brazos y las siguió de cerca. Cuando Abigail colocó el dibujo en el refrigerador y lo aseguró con imanes, sonrió.

En efecto, eran ellos cuatro, todos dibujados como palitos, pero fáciles de distinguir por el cabello. Era adorable cómo los había hecho a todos tomados de la mano.

—Ahí se queda —sentenció Abigail con orgullo—. Me encanta.

—Te puedo hacer más si te gustan —dijo Charlotte, un poco tímida.

—Tú haz todos los que quieras. De hecho, el próximo podría ponerlo en el trabajo para decorar mi oficina.




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