Ponte en mi lugar

Capítulo 1: Sin tan solo pudiera ser tu

Damián siempre había pensado que ser padre era una de las responsabilidades más difíciles de la vida. Había que trabajar, pagar las cuentas, resolver problemas y, sobre todo, intentar comprender a una hija adolescente que parecía hablar un idioma completamente diferente al suyo.

Lo que nunca imaginó era que, algún día, desearía volver a tener diecisiete años.

—¡Diana, baja de una vez! ¡La cena se está enfriando! —gritó desde la cocina.

—¡Ya voy! —respondió una voz desde el piso de arriba.

Damián miró el reloj de la pared. Después miró los platos sobre la mesa y suspiró.

—Eso dijiste hace veinte minutos.

—¡Pues entonces espera otros cinco!

El hombre cerró los ojos y contó mentalmente hasta tres. No era la primera vez que discutían por algo tan insignificante, y seguramente tampoco sería la última.

A sus cuarenta y tantos años, Damián había aprendido que la paciencia era indispensable para sobrevivir a la adolescencia de su hija. El problema era que últimamente parecía estar quedándose sin ella.

Unos minutos después, Diana apareció en la cocina con el teléfono en una mano y los auriculares colgando del cuello. Llevaba el cabello ligeramente despeinado y una expresión de aburrimiento que su padre conocía demasiado bien.

—Por fin —dijo él—. ¿Te costaba tanto bajar?

—Papá, estaba terminando de hablar con una amiga.

—¿Y no podías hacerlo después de cenar?

Diana tomó asiento.

—¿Y no podías cenar sin mí?

Damián levantó las cejas.

—¿Perdón?

—Nada.

—No, no. Dilo. Ya que tienes tantas ganas de contestarme, termina lo que ibas a decir.

—Que siempre haces un drama por todo.

Damián dejó los cubiertos sobre la mesa.

—¿Un drama? Diana, llevo todo el día trabajando. Llego a casa, preparo la cena y lo único que te pido es que bajes a comer conmigo. ¿Eso es demasiado?

—Yo no te pedí que prepararás la cena.

El silencio que siguió fue suficiente para que Diana se diera cuenta de que había ido demasiado lejos. Sin embargo, en lugar de disculparse, tomó su vaso de agua y bebió como si nada hubiera ocurrido.

Damián la observó con incredulidad.

—¿Sabes qué? A veces no entiendo cómo puedes ser tan egoísta.

—¡Y yo no entiendo cómo puedes ser tan controlador!

—¡Soy tu padre!

—¡Exactamente! ¡Siempre tienes que recordármelo!

Diana se levantó de la mesa.

—¿Adónde vas? —preguntó Damián.

—A mi habitación.

—Todavía no terminas de cenar.

—Ya no tengo hambre.

—¡Diana!

Pero ella ya había salido de la cocina.

Damián se quedó mirando la silla vacía de su hija. Se pasó una mano por el rostro y soltó un largo suspiro.

—Adolescentes… —murmuró—. Como si yo nunca hubiera tenido su edad.

Aunque, pensándolo bien, tal vez ese era precisamente el problema.

Diana entró en su habitación y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.

—¡Es insoportable! —exclamó.

Dejó el teléfono sobre la cama y caminó hasta el espejo de su armario. Se observó durante unos segundos, pensando en todas las cosas que quería hacer y que su padre nunca le permitía.

Quería salir con sus amigas sin tener que responder veinte preguntas. Quería decidir sus propios horarios, comprar lo que le gustara con su propio dinero y dejar de escuchar frases como «mientras vivas bajo mi techo» cada vez que cometía un error.

¿Tan difícil era entenderla?

Se dejó caer sobre la cama y miró el techo.

—Ojalá fuera adulta —susurró—. Así podría hacer lo que quisiera sin que nadie me estuviera dando órdenes.

Imaginó cómo sería despertarse una mañana y descubrir que ya tenía su propia casa, su propio trabajo y la libertad de decidir cada detalle de su vida.

No tendría que pedir permiso.

No tendría que dar explicaciones.

No tendría que escuchar a su padre.

—Ser adulta debe de ser muchísimo mejor que esto.

Diana no sabía que, al otro lado de la casa, su padre estaba pensando exactamente lo contrario.

Damián se encontraba sentado en el sofá de la sala. La televisión estaba encendida, aunque llevaba varios minutos sin prestarle atención.

Sobre una repisa descansaba una fotografía antigua en la que aparecía con sus amigos durante la adolescencia. Tenía el cabello diferente, una sonrisa despreocupada y esa mirada de quien cree que el mundo entero está esperándolo.

Tomó el marco y sonrió con nostalgia.

—Qué tiempos aquellos…

Recordaba las tardes con sus amigos, las bromas que parecían interminables y los días en los que su mayor preocupación era aprobar un examen o decidir adónde ir el fin de semana.

Por supuesto, también había tenido problemas. En aquel entonces, sin embargo, le parecían pequeños comparados con los que enfrentaba ahora.

Hipoteca, trabajo, responsabilidades, facturas…

Y una hija que parecía empeñada en recordarle cada día que no sabía nada sobre la vida moderna.

Damián volvió a colocar la fotografía en su sitio.

—Si pudiera volver a tener diecisiete años… —murmuró—. Daría lo que fuera por volver a empezar.

Se rió suavemente de su propia ocurrencia.

—Aunque fuera por una semana.

Entonces escuchó un ruido en el piso de arriba.

Era el sonido de una puerta abriéndose y cerrándose.

Damián miró hacia las escaleras.

—¡Diana, no quiero otra discusión esta noche!

No recibió respuesta.

Negó con la cabeza y se levantó para apagar la televisión. Ya era tarde y, al menos por esa noche, estaba dispuesto a dejar las cosas como estaban.

Sin embargo, mientras subía las escaleras, una pregunta comenzó a rondarle la cabeza.

¿Cómo era posible que su hija creyera que ser adulto significaba tener una vida perfecta?

Si pudiera mostrárselo, quizá dejaría de quejarse tanto.

Y si él pudiera volver a su edad…

Bueno, eso sí sería una verdadera bendición.

A las once y cincuenta y nueve de la noche, la casa quedó completamente en silencio.



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En el texto hay: comedia fantasia magia

Editado: 23.10.2026

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