Sekaiichi Hatsukoi: La última barrera

1. Un camino extraño

1. Un camino extraño

Ritsu Onodera. Veintisiete años. Editor del departamento de manga Shoujo Emerald, en la editorial Marukawa. Cómo terminé aquí, trabajando junto al que fue mi primer y único amor de juventud, es otra historia… aunque, a estas alturas, probablemente ya sea bastante conocida.

Lo cierto es que, pese a todas mis resistencias —y a que tengo razones de sobra para mantenerlas—, últimamente empiezo a darme cuenta de que lo que siento por Takano podría ser…

¿Eh? ¿Pero qué estoy diciendo? ¡De ninguna manera! ¿Quién espera que reconozca algo así? Debo estar perdiendo la cabeza…

Aquel parecía un día más en mi vida: trabajo, documentos, encuestas, manuscritos por revisar y las habituales carreras contra fechas límite que siempre parecían acercarse más deprisa de lo razonable.

La única diferencia era que, para mi alivio, había conseguido salir excepcionalmente temprano. Ni siquiera eran las cuatro de la tarde.

Me quedé unos segundos frente al edificio, mirando la hora como si el reloj pudiera arrepentirse y obligarme a regresar. No estaba acostumbrado a tener tantas horas libres por delante y, después de varios días comiendo a cualquier hora y de cualquier manera, decidí aprovecharlas.

Encontré un restaurante mientras caminaba sin rumbo. El menú estaba expuesto junto a la entrada y bastó echarle un vistazo para que el estómago tomara la decisión por mí.

La comida resultó mucho mejor de lo que esperaba. El servicio fue atento, los platos estaban deliciosos y, por alguna razón, aquello me recordó los años en casa de mis padres, cuando no tenía que pensar en cocinar ni en sobrevivir a base de cualquier cosa encontrada a última hora.

Fue un poco caro, sí. Pero hacía demasiado tiempo que no me permitía sentarme, comer con calma y olvidarme durante un rato de la editorial. Así que valió la pena.

Cuando salí, el sol todavía estaba alto. Eso fue casi lo mejor.

No sabía qué hacer con tanto tiempo libre, de modo que continué caminando hasta llegar a un parque por el que había pasado muchas veces sin detenerme. Siempre me había parecido bonito desde lejos. De cerca, y sin tener que correr hacia ninguna parte, resultaba todavía mejor.

Los cerezos aún no habían florecido, aunque faltaba poco. Las ramas empezaban a llenarse de brotes, el agua corría con suavidad entre las piedras y el verde de las plantas hacía difícil pensar que, al día siguiente, volvería a encerrarme entre pilas de manuscritos.

Fue precisamente esa tranquilidad la que terminó por traicionarme. No sé para qué me engaño… Mañana todo volverá a empezar. Los plazos son cada vez más cortos y la fecha límite ya debe estar acechándonos otra vez.

Suspiré. Aunque tampoco puedo quejarme. Tengo trabajo y… últimamente las cosas están un poco mejor con Takano.

Mis pasos se hicieron más lentos. Aún no hemos hablado en serio sobre… lo que sea que tengamos. Y sobre todo…

Me detuve en seco.

¡Un momento! ¡¡¿Por qué estoy pensando en Takano ahora?!!

Como si aquel hombre tuviera la desagradable capacidad de detectar cada vez que aparecía en mi cabeza, el teléfono comenzó a sonar. Lo saqué del bolsillo con fastidio. En la pantalla apareció un nombre.

Takano-san.

Por supuesto. Suspiré antes de responder.

—¡¿Acaso también espías mis pensamientos?!

Hubo un breve silencio al otro lado.

—Ah. ¿Así que estabas pensando en mí?

Podía imaginar su expresión de satisfacción sin necesidad de verlo.

—¡Yo no dije eso, idiota!

—¿Qué estás haciendo?

—¿Y a ti qué te importa? Ya terminé el trabajo por hoy.

—Qué problemático eres… ¿No puedes limitarte a contestar?

—Estoy dando un paseo. ¿Algo más?

—¿Con quién?

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—¿Cuándo vuelves? ¿Ya comiste?

—Estoy solo, ya comí y…

Me detuve. Espera.

—¡Oye! ¡No me interrogues!

—Entonces estás perdiendo el tiempo.

—¿Qué?

—Regresa a la oficina.

Tardé un par de segundos en procesarlo.

—¿Qué acabas de decir?

—Necesito que recojas unos documentos importantes y no puedo esperar hasta mañana.

—Pe-pero estoy lejísimos. ¡En la otra punta de la ciudad! Además, ya terminé por hoy y…

—Onodera.

Su tono cambió. Lo conocía demasiado bien.

—Es una orden.

—¡Taka…!

La llamada terminó. Me quedé mirando la pantalla. Había colgado.




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