Sekaiichi Hatsukoi: La última barrera

3. Revelaciones

3. Revelaciones

Hacía ya bastante tiempo que Yokozawa se había marchado. No sabía cuánto. Había dejado de mirar el reloj. Seguía sentado junto a la cama de Takano, con una de sus manos entre las mías, mientras los monitores rompían el silencio a intervalos regulares.

Bip. Bip. Bip.

No podía apartar los ojos de él.De las vendas. De los golpes.De aquel rostro que conocía demasiado bien y que ahora apenas parecía suyo.

Hasta entonces había conseguido mantenerme entero. Quizá porque todavía no había tenido tiempo de pensar.

Primero la llamada. Luego el taxi. El hospital. Yokozawa. Los médicos. Takano.

Pero ahora no había nada que hacer. Solo esperar. Y pensar.

¿Volveré a mirarte a los ojos?

Apreté un poco más su mano.

¿Volverás a tocarme?

Sentí que la garganta se me cerraba. Intenté respirar. No funcionó.

La primera lágrima cayó sobre mis manos antes de que pudiera evitarlo. Después llegó otra. Y otra.

Bajé la cabeza. Había intentado contenerme desde que entré en aquella habitación, pero ya no podía hacerlo.

Las palabras de Yokozawa regresaron a mi cabeza.

«Tú eres su familia».

Yo…

¿Soy su familia?

Pasé el pulgar por los dedos de Takano con extremo cuidado.

—Por favor…

La voz se me quebró.

—No me dejes.

Me mordí el labio.

Las lágrimas siguieron cayendo.

—Todavía tengo tantas cosas que decirte…

La puerta se abrió.

Levanté la cabeza de golpe. Kisa entró en la habitación.

Solté inmediatamente la mano de Takano y me limpié la cara con la manga.

—¡Kisa!

Me giré un poco para que no pudiera verme bien. Demasiado tarde.

—Hola, Ricchan.

Su voz perdió parte de su ligereza habitual en cuanto miró hacia la cama.

—¿Cómo está?

Tragué saliva.

—No muy bien, parece.

Me froté los ojos.

—Los médicos todavía no han dicho nada.

—Ya veo…

Kisa se acercó. Yo mantuve la vista baja. Era evidente que me había visto. No tenía sentido fingir lo contrario.

Probablemente también había visto que sujetaba la mano de Takano. Pero no tenía fuerzas para inventar una excusa. Ni siquiera sabía qué excusa podría inventar.

Kisa se detuvo a mi lado. Noté su mano sobre mi hombro.

—Está bien.

Lo miré.

—¿Eh?

—No tienes que esconderte.

Fruncí el ceño. Kisa miró hacia Takano.

—Puedes tomarle la mano.

Sentí que se me helaba el cuerpo.

—¿Qué…?

—Ya lo sé, Ricchan.

—¿Qué sabes?

Kisa suspiró.

—Bueno… después de lo que viste esta tarde, supongo que ya sabes que una relación entre dos hombres no es precisamente algo que vaya a escandalizarme.

Abrí la boca. No salió nada.

—Y lo de ustedes dos… —añadió— tampoco es demasiado difícil de notar.

Antes de que pudiera reaccionar, Takano volvió a murmurar.

—Ri… Ritsu…

Mi mano buscó la suya de inmediato.

Ni siquiera lo pensé. Simplemente ocurrió. Cuando me di cuenta, ya tenía sus dedos entre los míos otra vez.

Kisa bajó la vista hacia nuestras manos. Yo también. Perfecto. Ya no puedo negar absolutamente nada.

Sentí que me ardían las mejillas.

—Su-supongo que ya no tiene mucho sentido negarlo, ¿verdad?

—No.

Kisa sonrió apenas.

Me quedé unos segundos en silencio.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—No sabría decirte.

Miró a Takano.

—Desde hace un tiempo, supongo. He trabajado muchos años con Takano-san. Lo conozco bastante bien.

Se encogió de hombros.

—Como ninguno de los dos dijo nada, preferí respetarlo. Él es mi jefe y tú eres mi compañero. No era asunto mío.

Asentí. Tenía sentido.

Entonces recordé lo ocurrido junto al edificio.




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