Sekaiichi Hatsukoi: La última barrera

8. Con los mejores deseos

8. Con los mejores deseos

Yokozawa había dejado algo de comida antes de marcharse. Una ensalada. Una bebida. Y hasta cubiertos. Me quedé mirando todo durante unos segundos. ¿Yokozawa-san hizo esto?

Resultaba difícil de creer. Después de todo lo que había ocurrido entre nosotros en el pasado, nunca habría imaginado que pudiera tener ese tipo de detalles conmigo.

No podía decir que fuéramos amigos. Probablemente él tampoco lo diría. Pero durante aquellos días había estado ahí cada vez que lo necesité. Y eso significaba algo.

Me senté junto a Takano y cené despacio. Su estado seguía sin cambios. No había mejorado. Pero tampoco había empeorado. A esas alturas, incluso aquello me parecía una buena noticia.

Cuando terminé, acomodé el recipiente vacío a un lado y me recosté en el sillón. Todavía era temprano. Y, por primera vez desde el accidente, sentí que podía hacer algo que no consistiera únicamente en esperar.

Saqué algunos papeles de la bolsa. Storyboards. Manuscritos. Notas pendientes. Después busqué mi lápiz rojo.

—Solo un rato —murmuré.

Miré hacia Takano.

—No voy a trabajar demasiado.

No respondió. Claro.

Suspiré y abrí el primer storyboard. Era de Mutou-sensei. Como siempre, el dibujo era excelente.

La secuencia romántica funcionaba especialmente bien: momentos intensos, silencios bien colocados y pequeñas viñetas de humor que aparecían justo cuando la tensión amenazaba con volverse demasiado pesada.

Hice un par de anotaciones. Muy pocas. Me detuve. Volví algunas páginas atrás.

Está realmente bien.

Apoyé el lápiz sobre los labios. ¿Mutou-sensei mejoró tanto… o soy yo quien lo entiende mejor ahora?

La idea me hizo sonreír apenas. Seguí leyendo.

No era solo el dibujo. Había cosas que antes probablemente habría analizado de otra manera. Un gesto. Una pausa. La forma en que uno de los personajes esperaba al otro sin decir nada.

Qué molesto. Miré hacia Takano. Ahora resulta que también vas a cambiar mi forma de editar manga.

Volví al storyboard. De cualquier manera, aquel número iba a quedar muy bien.

Continué trabajando. Una página. Después otra. Cuando levanté la vista, ya había oscurecido.

—¿Qué hora es?

Miré el teléfono. Había pasado mucho más tiempo del que pensaba.

Guardé los documentos. El cuello me dolía. Me incorporé y lo moví de un lado a otro.

—Ah…

Necesitaba estirarme. Fue entonces cuando la puerta se abrió.

Me giré. Entró un chico joven que no conocía. Llevaba un ramo de flores moradas.

Durante un instante pensé que se había equivocado de habitación. Después pensé otra cosa. ¿Familia de Takano? Quizá alguien había venido por fin.

El chico miró una tarjeta.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

—Busco al señor Onodera Ritsu.

Parpadeé.

—¿A mí?

—¿Es usted?

—Sí.

Se acercó.

—Tengo un encargo para usted y para… Masamune Takano.

Miré las flores. Después a él.

—¿Para los dos?

—Sí.

—¿Quién lo envía?

El chico negó con una sonrisa.

—No puedo decírselo.

Fruncí el ceño.

—Pero dejaron una tarjeta.

—Ah.

Eso ayudaba.

—Muchas gracias.

Me entregó el ramo.

Antes de marcharse, miró hacia Takano.

—Espero que se recupere pronto.

—Gracias.

La puerta se cerró. Me quedé solo otra vez.

Miré las flores. ¿Quién envía flores a nombre de los dos?

Lo primero que pensé fue en alguien de la editorial. Kisa. Mino.Tal vez Hatori.

Busqué entre los tallos. Encontré un sobre blanco.

Lo abrí. Y me quedé quieto.

Había una fotografía. Mía. Mucho más joven. Sonreía debajo de un cerezo. Reconocí el lugar enseguida. La escuela en Inglaterra.

Le di la vuelta. No recordaba exactamente cuándo se había tomado. Pero sí sabía quién había estado detrás de la cámara.




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