
Éramos demasiados. La habitación era pequeña y, entre Takano, Hatori, Kisa, Mino, Isaka, Asahina y yo, aquello empezaba a parecer una reunión improvisada de la editorial. Miré hacia la puerta. En cualquier momento aparecería alguien del hospital para echarnos.
Parte de mí casi lo deseaba. Después de la humillación que acababa de sufrir, no me habría importado quedarme solo otra vez.
Pero entonces miré a Takano. No quería demasiado ruido a su alrededor. No quería que lo molestaran. Y, al mismo tiempo, sabía que todos habían venido porque estaban preocupados por él.
No tenía derecho a pedirles que se marcharan. Así que me limité a escucharlos. Hablaban de la oficina. De algunas anécdotas sobre Takano. De lo extraño que resultaba Emerald sin él dando órdenes a todo el mundo.
Por momentos, incluso parecía una conversación normal.
Hasta que la puerta volvió a abrirse de golpe.
—¡Todos ustedes!
Me sobresalté. Yokozawa apareció en la entrada con expresión de pocos amigos.
—¡Se terminó el descanso! ¡Regresen a trabajar!
Isaka levantó ambas manos.
—¡Oh, no! ¡Llegó el Oso Gruñón!
Kisa soltó una risa.
—¡Todos a cubierto!
Yokozawa entrecerró los ojos.
—¿Cómo dijo?
Isaka perdió la sonrisa.
—Nada.
—Eso pensé.
Señaló el corredor.
—Fuera.
—Pero acabamos de…
—Fuera.
—Yokozawa-san…
—¡He dicho fuera!
No sé cómo lo hizo. En cuestión de segundos había conseguido sacar a todos de la habitación entre protestas, quejas y alguna risa mal contenida.
Yo intenté despedirme desde la cama.
—¡Gracias por venir!
Nadie pareció escucharme.
La puerta se cerró. Silencio. Yokozawa volvió a entrar. Se quitó el abrigo y lo dejó en el perchero.
—¿Es que nadie sabe leer?
Lo miré.
—¿Qué?
—No se permiten más de dos acompañantes por paciente.
Se cruzó de brazos.
—Y aquí parecía que estuvieran celebrando una junta directiva.
—Solo vinieron a ver cómo estaba.
—Son molestos.
No pude evitar sonreír un poco.
Yokozawa miró hacia Takano. La expresión le cambió.
—¿Cómo está Masamune?
Mi sonrisa desapareció.
—No mejora.
—¿Volviste a hablar con el médico?
—Sí.
Bajé la vista.
—La medicación no está funcionando.
Yokozawa guardó silencio.
Me acerqué un poco más a la cama.
—Sé que es fuerte.
Apreté los labios.
—Pero no sé qué hacer.
Lo dije casi sin pensar.
—Quiero ayudarlo y no puedo hacer nada.
Yokozawa me miró durante unos segundos.
—No tienes que hacer nada.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
—Solo quedarte con él.
Señaló la cama con un gesto breve.
—Eso es suficiente.
Miré la mano de Takano. Hacía rato que la había soltado.
La tomé otra vez. El calor de su piel seguía allí. Tan simple. Tan pequeño. Y, aun así, conseguía devolverme fuerzas.
Yokozawa suspiró.
—Vas a necesitar ropa limpia.
—¿Eh?
—Si piensas quedarte varios días, no puedes seguir con lo mismo puesto.
No había pensado en eso.
—Puedo venir esta tarde y quedarme con él un rato.
—¿Tú?
Yokozawa frunció el ceño.
—Sí, yo.
—No quise decir…
—Aprovechas ese tiempo, vas a tu departamento y preparas lo necesario.
Señaló el baño.
—Aquí hay ducha. Los acompañantes pueden usarla.
Miré mi ropa. Después a Takano.
—Gracias.
—No es para tanto.
—Intentaré tardar lo menos posible.
Yokozawa tomó otra vez el abrigo.