Sekaiichi Hatsukoi: La última barrera

9. Sin poder reaccionar

9. Sin poder reaccionar

Algo iba mal. No supe qué me despertó primero. Tal vez el movimiento. Tal vez el pitido. Solo sé que abrí los ojos de golpe y, durante unos segundos, no entendí dónde estaba.

La habitación estaba casi a oscuras. Los monitores. La cama. Takano.

Entonces lo vi. Se movía. No como cuando había murmurado mi nombre otras veces. Su cuerpo se agitaba bajo las sábanas, inquieto, mientras respiraba demasiado rápido.

—¿Takano-san?

Me incorporé. Los monitores comenzaron a emitir sonidos distintos.

Uno. Después otro. Un pitido agudo atravesó la habitación.

—¿Qué…?

Miré las pantallas. No entendía nada.

Las cifras cambiaban. Las alarmas se superponían. Takano seguía inconsciente.

Pero algo le dolía. Estaba seguro.

—Takano-san.

Me levanté de un salto.

Busqué el botón de llamada. Lo pulsé. Una vez. Otra. Otra más.

—¡Por favor!

Volví hacia la cama.

—Takano-san, estoy aquí.

Intenté tocarlo sin saber siquiera si debía hacerlo.

—Tranquilo. Por favor.

Su respiración seguía acelerándose.

El pitido se volvió todavía más insistente.

Sentí que el miedo me atravesaba entero.

No.

—¡Ayuda!

Salí al corredor.

—¡POR FAVOR! ¡ALGUIEN!

Nunca había gritado así.

Tres personas aparecieron casi de inmediato. Entraron corriendo.

Yo me aparté. No sabía dónde ponerme.

Un enfermero revisó uno de los monitores. Otra persona comprobó a Takano. Alguien pidió medicación.

Todo sucedía demasiado rápido.

—¿Qué pasa?

Nadie me respondió.

—¿Qué le ocurre?

Me di cuenta de que estaba llorando. Ni siquiera había notado cuándo empezó.

Llegó otro médico. Se acercó a la cama. Comprobó algo. Su expresión cambió.

—El bazo.

Sentí que se me helaba el cuerpo.

—¿Qué?

El médico levantó la voz.

—¡Probablemente se rompió!

Todo el mundo empezó a moverse todavía más rápido.

—¡Hay que operarlo ya! ¡Si sigue sangrando puede descompensarse en minutos!

Miró hacia otro sanitario.

—¡Quirófano tres! ¡Ahora!

Desconectaron varios cables. Bajaron la cama. Soltaron los frenos.

Yo seguía pegado a la pared.

—Espera…

La cama empezó a moverse.

—¡Takano-san!

Intenté acercarme.

Alguien pasó delante de mí.

—Por favor, apártese.

—Pero yo…

Se lo llevaron.

Las ruedas desaparecieron por el corredor.

La puerta quedó abierta.

Y yo seguí allí. Sin moverme. Sin saber qué hacer.

La habitación parecía otra. Cables en el suelo. Monitores apagados. La cama ya no estaba. Takano tampoco.

Se lo llevaron.

Sentí que las piernas empezaban a fallarme.

Un enfermero regresó. Me tomó por los brazos.

—Necesitamos su autorización.

Lo miré sin entender.

—¿Qué?

—Para la intervención.

—Yo…

—Necesitamos el consentimiento de la pareja o familiar responsable.

Mi cabeza estaba completamente vacía.

—Yo…

—Por favor.

Su voz se volvió urgente.

—No tenemos tiempo.

Abrí la boca.No salió nada.

Después conseguí asentir.

—Sí.

—¿Sí?

—Sí.

El enfermero se marchó.

Y me quedé solo.

***

Todo había ocurrido en segundos. Eso era lo peor. Un momento estaba sentado junto a Takano. Al siguiente, la habitación estaba vacía. No había tenido tiempo de reaccionar. Ni de despedirme. Ni siquiera de tocarlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.