A medida que avanzaban las horas, volvió a amanecer. Y esa mañana el hospital se convirtió, para mi desgracia, en una especie de sucursal de Marukawa. La noticia de que Takano había despertado debió correr todavía más rápido que la del accidente.
Al parecer, Yokozawa había levantado la prohibición de visitas y, a la hora del almuerzo, media editorial estaba esperando para entrar.
Cuando digo media editorial…es media editorial. Desde Isaka-san hasta personas que apenas reconocía de vista. Incluso alguien del equipo de limpieza apareció con una pequeña bolsa de dulces.
Todos querían verlo. Todos querían desearle una pronta recuperación.
Al principio me molestó. Takano seguía débil. Todavía tenía vendajes. Apenas llevaba unas horas despierto. No me parecía buena idea que desfilaran decenas de personas por la habitación.
Pero, para mi sorpresa, él parecía encantado.
Entre una visita y otra, cuando por fin volvimos a quedarnos solos durante unos minutos, Takano me miró.
—¿Por qué dejaste de tomarme la mano?
Parpadeé.
—¿Qué?
—Hace un rato.
Miró nuestras manos separadas.
—Cuando entró Mino.
Sentí calor en la cara.
—¡Porque había gente!
Takano arqueó una ceja.
—¿Y?
—¿Cómo que «y»?
—¿Crees que no lo saben?
—¡Claro que no!
Takano sonrió.
—Ritsu.
—¿Qué?
—Nuestros compañeros llevan años siendo discretos contigo.
—Exactamente.
—Eso no significa que no se hayan dado cuenta.
Fruncí el ceño.
—No puedes saberlo.
Takano dejó escapar una risa.
—Te aseguro que probablemente lo sabría menos gente si hubiéramos publicado nuestra relación en la portada de la revista mensual.
Lo miré.
—Qué idiota.
—Ven aquí.
—No.
—Ritsu.
—No abuses de estar hospitalizado.
—Pensé que eso me daba privilegios.
—Pensaste mal.
Takano sonrió.
Y, aun así, terminé acercando un poco más la silla.
***
Los visitantes continuaron. Habíamos empezado a llamarlo «el relevo de turno». Entraba uno. Salía otro. Después dos más. Y así durante horas. Hasta que llegó Yokozawa.
Entró con una expresión que ya anunciaba problemas.
—¡Masamune!
Takano giró la cabeza.
—Ah.
Yokozawa cruzó los brazos.
—¿Tengo que pedir cita previa la próxima vez?
Takano fingió pensarlo.
—¿No la pediste?
—Idiota.
—Te anotaré en la agenda.
—No necesito tu agenda.
—Parece que sí.
Yokozawa soltó un gruñido. Después me miró.
—Onodera.
—¿Sí?
Señaló a Takano.
—¿Cómo se está comportando?
Takano volvió la cabeza hacia mí.
—Eso.
Sonrió.
—¿Cómo me estoy comportando?
Lo miré.
—Como el imbécil de siempre.
Yokozawa asintió.
—Entonces ya volvió a la normalidad.
Takano sonrió. Yo también. Solo un poco.
Yokozawa se quedó unos minutos hablando con él. Luego su expresión cambió.
—Onodera.
—¿Qué?
—Sal un momento.
Takano frunció el ceño de inmediato.
—¡Yokozawa!
—¿Qué?
—Te dije que no molestaras a Onodera.
—No lo estoy molestando.
—Entonces habla delante de él.
Yokozawa entrecerró los ojos.
—Masamune…
—Takano-san.
Me levanté. Los dos me miraron.