Sekaiichi Hatsukoi: La última barrera

19. Sólo un poco más

19. Sólo un poco más

Ya debía de ser de día. No necesitaba abrir los ojos para saberlo. La luz se filtraba entre las cortinas. Sentía las sábanas. La almohada. El olor familiar. La cama de Takano. La que, dentro de poco, cuando dejara definitivamente mi departamento… también sería la mía.

Me removí. Todavía medio dormido, extendí una mano hacia el otro lado de la cama. Vacío.

Fruncí el ceño.

—¿Takano-san…?

Nada.

Abrí los ojos. No estaba.

Entonces algo llamó mi atención. Mi mano.

Parpadeé.

Había algo brillante en uno de mis dedos. Tardé medio segundo en entenderlo.

Y entonces…

—¡¡AAAAAH!!

Me incorporé de golpe.

¡NO FUE UN SUEÑO!

El anillo. Seguía ahí. Todo lo de la noche anterior regresó de golpe. La biblioteca. Takano arrodillado. La caja negra.Su cara roja.

«Cásate conmigo».

Mi respuesta.

«Sí».

Me quedé mirando el anillo.

—No puede ser…

—¿Ya despertaste?

Di un salto. Takano estaba detrás de mí. Escondí la mano de inmediato.

—¡¿Desde cuándo estás ahí?!

—Acabo de entrar.

—Pues avisa.

Takano me miró con sospecha.

—¿Qué escondes?

—Nada.

—Ritsu.

—He dicho que nada.

Señaló la puerta.

—El desayuno está listo.

—Bien.

Salió.

Esperé unos segundos. Miré otra vez el anillo. Está ahí.

Sentí que la cara empezaba a calentárseme. Me vestí como pude. Y durante todo el proceso mantuve la mano escondida.

Lo cual resultaba ridículo. Él había sido quien me puso el anillo. Pero eso no significaba que tuviera derecho a verme mirándolo como un idiota.

Salí hacia la sala.

Me detuve. La mesa estaba llena. Literalmente llena. Arroz. Sopa. Pescado. Tamagoyaki. Fruta. Varias de mis cosas favoritas.

—¿Qué es todo esto?

Takano estaba sentado frente al periódico.

—Desayuno.

—Eso ya lo veo.

—Entonces siéntate.

Lo hice. Tomé los palillos. Takano abrió el periódico por completo.

Aquello me tranquilizó. No podía verme. Perfecto.

Bajé la mano del anillo entre las piernas. Intenté comer con la izquierda.

Fácil. No era fácil. Agarré un poco de arroz. Se cayó. Volví a intentarlo. Se cayó otra vez.

Fruncí el ceño. ¿Cómo puede la gente usar esta mano para algo?

Takano pasó una página. Seguí intentando.

Finalmente conseguí sujetar un poco.

El palillo se me escapó. Salió disparado. Cayó al suelo junto al pie de Takano.

Me quedé inmóvil. Silencio.

El periódico no se movió.

No se dio cuenta.

Contuve la respiración.

Entonces, desde detrás de las páginas:

—¿Crees que por esconder la mano voy a olvidar lo que pasó anoche?

Sentí que me petrificaba.

No respondí. Takano bajó lentamente el periódico. Me miró.

Después se inclinó, recogió el palillo y chasqueó la lengua.

—Voy a casarme con un mocoso.

—¡OYE!

Lo miré indignado.

—¡No me trates como a un niño!

Takano dejó el palillo sobre la mesa.

—Perdón.

Hizo una pequeña reverencia burlona.

—Disfrute de su desayuno, señor Takano Ritsu.

Abrí los ojos.

—¿Qué?

—Takano Ritsu.

—¡No voy a llamarme así!

—¿Por qué no?

—¡Ya sabes por qué!

Takano esperó.

—No puedo perder el apellido de mi familia.

—Entonces…

Lo pensó.




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