Sekaiichi Hatsukoi: La última barrera

6. Un secreto a voces

6. Un secreto a voces

Ya había amanecido. Los primeros rayos de luz entraban por la ventana y teñían la habitación con un tono pálido. Afuera parecía hacer un día espléndido. Claro. El mundo seguía adelante como si nada. Yo, en cambio, sentía que cada hora que pasaba consumía un poco más de la confianza que todavía me quedaba.

Seguía sentado junto a Takano. Mi mano estaba entumecida después de haber sujetado la suya durante casi toda la noche, pero no quería soltarlo. Sentir el calor de su piel era lo único que conseguía tranquilizarme. Sigues aquí. Apreté ligeramente sus dedos. Todavía estás aquí.

El doctor Nowaki volvió por la mañana, tal como había prometido. Revisó los monitores. Lo auscultó. Comprobó las vendas y anotó varias cosas en su carpeta. Yo observaba cada gesto. Cada silencio. Cada vez que fruncía el ceño.

La hinchazón del rostro de Takano había bajado un poco. También la de brazos y piernas. Eso debería haberme alegrado. Pero entonces Nowaki volvió a hablar del bazo. La inflamación no remitía. Y el tiempo seguía corriendo.

—Lo siento —dijo al fin—. La medicación no está dando el resultado que esperábamos.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Y eso qué significa?

Nowaki miró hacia Takano.

—Que seguimos en una situación delicada.

Esperé.

—Además, no ha recuperado la conciencia.

Bajé la vista.

—El pronóstico continúa siendo reservado.

No pregunté nada más. No tenía fuerzas.

Le agradecí que hubiera venido y esperé hasta que salió de la habitación.

Después volví a mirar a Takano. Su rostro tenía mejor color. Parecía menos golpeado que la noche anterior. Pero las palabras del médico seguían allí.

Puede que no despierte.

Apreté los labios.

No importa.

Acaricié su mano con el pulgar. Voy a quedarme. Pase lo que pase. Hasta el final.

La mañana avanzó sin cambios. Poco a poco el hospital volvió a llenarse de movimiento. Puertas. Pasos. Batas blancas. Pacientes. Familiares. El silencio de la madrugada desapareció por completo.

Yo apenas había dormido. El sillón era incómodo y los monitores habían interrumpido cualquier intento de descanso. Aun así, no quería estar en ningún otro lugar.

En algún momento debí quedarme medio dormido otra vez.

Escuché la puerta. Abrí los ojos. Hatori y Kisa acababan de entrar. Y no venían solos.

—Buenos días, Onodera.

Mino apareció detrás de ellos. Al verlo, solté la mano de Takano casi por reflejo. Otra vez. Ni siquiera pensé antes de hacerlo.

Hatori se acercó.

—¿Cómo pasaron la noche?

—Sin cambios.

Me incorporé.

—El doctor vino hace un rato.

Bajé la mirada.

—La medicación no está funcionando como esperaban.

El silencio cayó de golpe. Miré al suelo. No quería que vieran mi cara.

Entonces sentí una mano en el hombro. Era Mino. Cuando levanté la vista, me dedicó una sonrisa tranquila.

—No te preocupes.

—¿Cómo no voy a preocuparme?

—Ya me entiendes.

Apretó ligeramente mi hombro.

—Takano-san va a dar todo lo que tenga.

Asentí.

—Sí.

Respiré hondo.

—Lo sé.

Necesitaba cambiar de tema.

—¿Por qué vinieron los tres? ¿Y el trabajo?

Hatori suspiró.

—Bueno…

Kisa hizo una mueca.

—Digamos que ya no es precisamente un secreto.

—¿Qué cosa?

—Lo del accidente.

Hatori asintió.

—La noticia recorrió la editorial bastante rápido.

—Ah.

—En realidad —añadió Kisa—, medio edificio quería venir.

—¿Medio edificio?

—Sí.

Kisa sonrió.

—Pero el Oso Gruñón fue departamento por departamento amenazando a cualquiera que intentara aparecer por aquí.

Lo miré.

—¿Yokozawa-san hizo eso?

—Con muchísimo entusiasmo.

Mino soltó una carcajada. Hatori intentó disimular la suya.

Yo también terminé riéndome. Solo un poco. Pero después de tantas horas, aquella risa se sintió extrañamente bien.




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