Pasaron algunos minutos más. O quizá muchos. A esas alturas había perdido por completo la noción del tiempo. Debía de ser muy tarde.
Kirishima se había quedado dormido en el asiento, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado. No podía culparlo. Tanto él como Yokozawa habían tenido un día normal de trabajo. Mi llamada había interrumpido su descanso y, aun así, los dos habían venido sin pensarlo.
Yokozawa fue el primero en darse cuenta de que Kirishima dormía. Lo observó durante unos segundos. Después se levantó sin decir nada y salió de la sala.
Regresó poco después con varias mantas. Me tendió una.
—Toma.
—Gracias.
Dejó otra sobre su propio asiento. Luego abrió la tercera. Se acercó a Kirishima. Y lo cubrió con cuidado. Muy despacio. Acomodó la manta sobre sus hombros y se aseguró de que quedara bien cerrada alrededor de él.
Me quedé mirando. Aquella delicadeza no encajaba en absoluto con la imagen que Yokozawa mostraba normalmente. El oso terrorífico de Marukawa ahora estaba inclinándose sobre Kirishima para que no tuviera frío. Y parecía algo completamente natural para él.
Desvié la mirada.
Yo nunca he sido bueno con esas cosas. Con los gestos. Con decir lo que siento. Con demostrarlo.
Pensé en Takano. Sentí una punzada en el pecho. Quizá ya sea hora de aprender.
La puerta se abrió. Me incorporé de inmediato. Entró un médico con varios papeles en las manos. Parecía apresurado.
Kirishima despertó al escuchar el movimiento.
—¿Qué ocurre, Doctor?
El médico revisó los resultados.
—Ya tenemos las pruebas.
Yokozawa se puso de pie. Yo también.
El hombre pasó varias hojas.
—Bien…
Levantó la mirada.
—Kirishima-san y Yokozawa-san no tienen un grupo sanguíneo compatible.
Sentí que algo se hundía dentro de mí.
Yokozawa maldijo entre dientes. Kirishima se quedó serio.
El médico continuó revisando.
—Sin embargo…
Esperé.
—Onodera-san sí.
Tardé un segundo en entenderlo.
—¿Yo?
—Sí.
Sentí que el corazón me daba un golpe.
Por primera vez en horas escuchaba algo que podía considerar una buena noticia.
—Entonces úsela.
El médico parpadeó.
—¿Perdón?
—Mi sangre.
Di un paso hacia él.
—Estoy listo.
Yokozawa soltó un gruñido.
—Claro. Como no…
Lo miré.
—¿Qué?
—Nada.
Kirishima sonrió apenas.
—Parece que definitivamente están unidos por el destino.
Sentí que se me calentaban las mejillas.
—¡Eso no tiene nada que ver!
No era momento para aquello.
Volví hacia el médico.
—Hágalo.
Él no se movió.
—No es tan sencillo.
Mi entusiasmo se frenó.
—¿Qué ocurre?
—Antes necesito explicarle algo.
—Doctor…
—Onodera-san.
Su tono se volvió serio.
—Usted es el único donante compatible disponible ahora mismo.
Asentí.
—Entonces mejor.
—No exactamente.
Fruncí el ceño.
—Eso significa que necesitaremos una cantidad considerable de su parte.
—La que haga falta.
—Escúcheme primero.
Apreté los labios.
El médico prosiguió.
—Una extracción de este tipo puede provocarle mareos, debilidad, anemia e incluso pérdida del conocimiento.
—No me importa.
—¡Onodera!
Yokozawa levantó la voz. Lo miré.
—¡Escucha al médico!
—¡Estoy escuchando!
—No lo parece.
—Takano-san necesita sangre.