Sekaiichi Hatsukoi: La última barrera

18. Rodeados de recuerdos

18. Rodeados de recuerdos

Ese primer día de vuelta al trabajo me dejó agotado. Habían sido demasiadas semanas lejos de la rutina. Demasiados días sin horarios normales. Sin reuniones. Sin montañas de papeles. Sin autores al borde de un ataque de nervios. Y, en cuanto regresé, Emerald pareció decidido a recuperar todo el tiempo perdido de una sola vez.

Cuando terminó la jornada, sentía la cabeza pesada. Los hombros me dolían. Y lo único que quería era irme a casa.

Bueno. A casa de Takano. Eso sigue sonando raro.

Guardé los últimos documentos. Miré de reojo hacia él. Takano también recogía sus cosas. Demasiado tranquilo. Eso era sospechoso.

Llevaba semanas sin tocarme. Nuestro acuerdo había terminado esa misma mañana. Y durante todo el día no había intentado nada.

Ni en el ascensor. Ni en la oficina. Ni cuando nos quedamos solos durante unos minutos. Nada.

Eso es peor.

Si Takano estaba callado, significaba que tramaba algo. Y, después de tantas semanas de abstinencia… prefería no imaginar qué.

Me colgué el bolso.

—Me adelantaré para tomar el tren.

Takano ni siquiera levantó la cabeza.

—No seas tonto.

Me detuve.

—¿Qué?

—Vinimos en auto.

—Ah.

Maldición.

—Además, tienes un compromiso esta noche.

Lo miré.

—Estoy cansado.

—Yo también.

—Entonces lo dejamos para otro día.

Takano sonrió.

—No.

—Takano-san.

—Lo siento.

Guardó el último documento.

—Es una orden.

Sentí que me subía la presión.

—¡No puedes darme órdenes fuera del trabajo!

Takano miró alrededor. Seguíamos en la oficina.

—Todavía estamos trabajando.

Abrí la boca. La cerré. Lo odio.

Takano tomó su maletín.

—Vamos.

—No quiero.

—Ritsu.

—Estoy cansado.

—Lo sé.

—Entonces…

—Vamos.

Le dediqué una mirada asesina. No sirvió de nada.

Cinco minutos después estaba sentado en el auto.

Otra vez había ganado.

***

Takano se acomodó frente al volante. Yo esperé a que arrancara. No lo hizo. Lo miré.

—¿Pasa algo?

—No.

—¿Te sientes mal?

—Estoy bien.

—¿Seguro?

Takano suspiró.

—Ritsu.

—¿Qué?

—Hay algo en la guantera.

Fruncí el ceño.

—¿Qué cosa?

—Ábrela.

Lo hice. Dentro había una cinta blanca de fieltro. La saqué.

—¿Qué es esto?

—Una venda.

—Eso ya lo veo.

Takano me miró.

—Póntela.

Me quedé quieto.

—¿Qué?

—Tápate los ojos.

—No.

—Ritsu.

—¡Claro que no!

—Qué molesto.

—¡Tú eres el que quiere secuestrarme!

—No te estoy secuestrando.

—¡Me estás pidiendo que me vende los ojos dentro de un auto!

—Es una sorpresa.

Lo miré con absoluto rechazo. Takano esperó.

—No.

Siguió esperando.

—Takano-san.

Nada.

—No pienso hacerlo.

Sonrió.

—Entonces nos quedamos aquí.

—¿Qué?

—Toda la noche, si hace falta.

Lo odiaba. Muchísimo. Suspiré.

—Dámela.

Takano parecía demasiado satisfecho.




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