Abrí los ojos muy despacio. No porque quisiera hacerlo así. Simplemente no tenía fuerzas para más. Todo mi cuerpo pesaba. Los brazos. Las piernas. Incluso abrir los párpados parecía requerir un esfuerzo enorme.
Lo primero que vi fueron unas luces fluorescentes sobre mi cabeza. Parpadeé. No reconocí el lugar. ¿Dónde estoy?
Intenté moverme.
—¿Dó-dónde…?
La voz apenas me salió.
—¿Qué pasó?
—Tranquilo.
Me quedé quieto. Conocía esa voz.
—Estás bien.
Giré un poco la cabeza. La imagen estaba borrosa.
—¿Yo-Yokozawa-san?
—Sí.
Poco a poco conseguí enfocarlo. Estaba de pie junto a la camilla.
—Soy yo.
Intenté incorporarme. No llegué muy lejos. Yokozawa me puso una mano en el pecho y me obligó a recostarme otra vez.
—¡No te levantes, idiota!
—¿Qué…?
—Tienes suero.
Miré hacia mi brazo. Había un tubo conectado. Un líquido transparente descendía lentamente desde una bolsa.
—Todavía no puedes ponerte de pie.
Respiré hondo. Intenté recordar. La extracción. Las bolsas. El mareo.Kirishima.
Después… Nada.
Giré la cabeza. Kirishima estaba dormido en uno de los asientos, cubierto con una manta. Volví a mirar a Yokozawa.
—¿Qué pasó?
—Te desmayaste.
—¿Yo?
—Mientras te sacaban sangre.
La memoria volvió de golpe. El hospital. La operación. Takano.
Abrí los ojos.
—¡Takano-san!
Intenté incorporarme otra vez.
—¡¿Cómo está?!
—¡Onodera!
Yokozawa volvió a sujetarme.
—¡Quieto!
—¡Pero Takano-san…!
—Está bien.
Me detuve.
—¿Qué?
—Masamune está bien.
Sentí que el mundo se quedaba en silencio.
Yokozawa seguía hablando.
—La operación terminó.
No respiré.
—¿Y…?
—Salió bien.
Lo miré.
Necesitaba escuchar algo más.
—¿Está…?
—Vivo.
La palabra me atravesó.
Yokozawa suspiró.
—Estable.
Sentí que todo el cuerpo se me aflojaba de golpe.
Me dejé caer sobre la camilla. Cerré los ojos. El aire salió de mis pulmones lentamente. Por primera vez en horas, respirar no dolía.
Takano había sobrevivido. Está vivo.
Noté que los ojos se me humedecían. Está vivo.
No quería pensar en nada más. No necesitaba nada más. Solo eso.
Yokozawa se sentó junto a mí.
—Lo llevarán de vuelta a la habitación dentro de poco.
Asentí.
—Se recuperará.
Abrí los ojos.
—¿Seguro?
—Eso dijeron.
Sentí que otra lágrima se me escapaba. Me la limpié.
—Qué vergüenza…
Yokozawa frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
Me quedé mirando el techo.
—Solo…
Tragué saliva.
—Solo necesitaba escuchar eso.
Yokozawa no respondió. Durante unos segundos permanecimos en silencio. Luego volvió a señalar el suero.
—No intentes levantarte todavía.
—Estoy bien.
—No lo estás.
—Pero…
—El médico vendrá a revisarte.
Suspiré.
—¿Y después?
—Después podrás volver a la habitación.
Eso consiguió que dejara de protestar.
—De acuerdo.
Volví a cerrar los ojos. La tensión acumulada parecía abandonar poco a poco cada parte de mi cuerpo.