
Después de revisar varias veces la montaña de documentos sobre el escritorio de Takano y tratar de adivinar cuáles eran los que supuestamente necesitaba con tanta urgencia, conseguí reunirlos, ordenarlos y salir de la editorial.
Tuve que correr. El último tren estaba a punto de cerrar las puertas cuando llegué al andén.
—¡Esperen!
No sé para qué grité. Evidentemente, el tren no iba a esperarme.
Aceleré cuanto pude y conseguí entrar de un salto justo antes de que las puertas se cerraran detrás de mí.
Me quedé unos segundos junto a ellas, inclinado hacia delante, intentando recuperar el aliento.
Ese idiota de Takano…
Todavía sentía que me hervía la sangre. ¿Qué clase de asuntos tiene que resolver a estas horas? Ni siquiera me dejó negarme.
Me dejé caer en uno de los asientos libres y coloqué la bolsa con los documentos junto a mis pies.
¿Salir con él esta noche? Resoplé. ¿Después de arruinarme la única tarde libre que he tenido en días? ¡Ni hablar!
Había dicho que pasaría por mí en un par de horas. Pues podía pasar todo lo que quisiera. ¿Qué se habrá creído?
Estaba tan concentrado en imaginar distintas maneras de dejarle claro que no pensaba acompañarlo a ninguna parte que apenas fui consciente del trayecto.
La voz de la megafonía anunció mi estación y levanté la cabeza de golpe.
—¿Ya?
El tren redujo la velocidad. Me puse de pie y recogí la bolsa. A aquellas horas quedaban pocos pasajeros en el vagón, así que no tuve que abrirme paso entre nadie para llegar a la puerta.
En cuanto el tren se detuvo, salí y subí las escaleras hacia la superficie. Solo quería llegar a casa. Entrar, dejar los documentos en cualquier rincón, preparar algo rápido para cenar y pasar el resto de la noche solo.
Sin Takano. Sobre todo, sin Takano.
Vi las luces de una tienda de conveniencia al otro lado de la calle y decidí detenerme. Compraré algo aquí, entraré en casa sin hacer ruido y apagaré el teléfono.
Sonreí para mí. Perfecto. Así no podrá molestarme.
El teléfono empezó a sonar. Me quedé quieto frente a la puerta automática de la tienda. Cerré los ojos. No puede ser.
Metí una mano en el bolsillo mientras el aparato seguía vibrando. ¿De verdad tiene algún tipo de sensor dentro de mi cabeza?
Saqué el teléfono dispuesto a ignorar la llamada. Pero no era Takano.
El nombre que aparecía en la pantalla hizo que frunciera el ceño.
Yokozawa.
Eso era peor. ¿Qué podía querer Yokozawa a aquellas horas?
Seguro que cometí algún error. Sentí un pequeño escalofrío. Me llamará para regañarme por algo y, después, Takano terminará de asesinarme mañana.
Contesté.
—Bu-buenas noches, Yokoz…
—¡ONODERA!
Aparté el teléfono de la oreja. Nunca había oído a Yokozawa hablar así.
No estaba molesto. Estaba alterado.
—¡MASAMUNE TUVO UN ACCIDENTE CON EL AUTO! ¡ESTAMOS EN EL HOSPITAL!
Todo desapareció.
El ruido de la calle. Las luces de la tienda. La gente que caminaba a mi alrededor.
Incluso la voz de Yokozawa pareció alejarse durante un instante.
La bolsa resbaló de mi mano y cayó al suelo.
¿Ta… Takano?
—¿Qué…?
Me costó respirar.
—¿QUÉ PASÓ? ¿CÓMO ESTÁ?
—¡Todavía no lo sé! Está con los médicos y nadie quiere decirme nada. ¡Ven cuanto antes!
—¡Voy para allá!
Colgué.
Recogí la bolsa del suelo sin saber siquiera qué había dentro de mi cabeza en aquel momento. Después eché a correr.
No pensé en el tren. No pensé en los documentos. No pensé en nada. Solo busqué un taxi.
Cuando vi uno cerca de la parada, levanté el brazo y prácticamente me lancé hacia él.
Abrí la puerta antes de que el conductor terminara de detenerse.
—¡Hospital!
El hombre me miró por el espejo retrovisor.
—¿Cuál?
Abrí la boca. Por un instante había olvidado hasta eso.
Conseguí decirle el nombre entre jadeos y el taxi arrancó.
Me hundí en el asiento. Las luces de la ciudad pasaban al otro lado de la ventana como manchas.
¿Qué le pasó?
Takano iba a ir a buscarme aquella noche. Hacía apenas un rato yo estaba enfadado porque había arruinado mi tarde. Porque me había hecho regresar a la editorial. Porque había decidido, como siempre, que podía organizar mi vida sin preguntarme nada.