Sekaiichi Hatsukoi: La última barrera

16. Un paciente difícil

16. Un paciente difícil

Habían pasado varias semanas desde el accidente. Takano seguía en recuperación. De hecho, llevaba ya una semana fuera del hospital. Y yo… Bueno. Prácticamente vivía en su departamento. No de forma oficial. Todavía. Pero tenía ropa allí. Dormía allí. Comía allí. Trabajaba desde allí. Y, sobre todo, me ocupaba de él.

Así que, además de editor, me había convertido en cocinero, encargado de la limpieza, asistente personal y enfermero a tiempo completo. Y Takano era un paciente horrible.

—No puedes fumar.

—Solo uno.

—No.

—Medio.

—¿Cómo se fuma medio cigarrillo?

—Puedo intentarlo.

—No.

—Ritsu…

—¡He dicho que no!

Esa discusión se repetía casi todos los días. El doctor había sido muy claro. Reposo. Medicación. Nada de esfuerzos. Nada de tabaco.

Takano había decidido interpretar cada una de esas normas como una afrenta personal. Se quejaba de todo. De no poder salir. De no poder trabajar. De la comida. De las medicinas. De que yo lo vigilaba demasiado.

Aunque eso último no parecía molestarle tanto como fingía. Porque, por supuesto, había descubierto una ventaja enorme en todo aquello. Podía pedirme cosas. Muchas. Y cada día eran peores.

—Ponte un delantal.

—Ya llevo uno.

—Sin nada debajo.

—Vete al infierno.

—Entonces uniforme de enfermero.

—No.

—De enfermera.

—Menos.

—Podrías curarme vestido así.

—Podría dejar que se te infecten las heridas.

—Qué cruel.

Naturalmente, no hice ninguna de esas cosas. Ni pensaba hacerlas. Aunque él seguía intentándolo.

Las visitas tampoco habían desaparecido. Hatori. Kisa. Mino. Yokozawa. Incluso Isaka-san había pasado alguna vez.

Lo extraño era que nadie parecía sorprenderse de encontrarme allí siempre. A cualquier hora. Con ropa cómoda. Preparando comida. Ordenando cosas. Como si fuera completamente normal.

Supongo que el hecho de que ambos estuviéramos de baja al mismo tiempo no ayudaba demasiado a mantener ninguna apariencia.

Pero, curiosamente… ya no me preocupaba tanto.

***

Una noche estaba en la cocina preparando la cena. Takano se había quedado en el dormitorio. O eso pensaba. Escuché un golpe. Después otro. Fruncí el ceño.

—¿Takano-san?

No respondió.

Dejé lo que tenía entre las manos y fui hacia la sala.

Lo encontré allí. De pie. Con las muletas que Hatori le había llevado.

—¿Qué haces?

Takano dio otro paso. La muleta resbaló.

—¡Takano-san!

Corrí hacia él. Llegué justo antes de que cayera contra la mesa de centro.

—¡¿SE PUEDE SABER QUÉ DEMONIOS HACES?!

—Caminar.

—¡Eso ya lo veo!

Pasé uno de sus brazos sobre mis hombros.

—¡Te dije que todavía es pronto para usar las muletas solo!

—No es pronto.

—¡Casi acabas en el suelo!

—Pero no acabé.

—¡Porque te agarré!

Con mucho esfuerzo conseguí llevarlo hasta el sofá. Lo senté.

—Como vuelvas a hacer esto, me llevo las muletas a mi departamento.

Takano me miró.

—Qué molesto.

—Tú eres molesto.

Suspiré.

—Eres peor como paciente que como jefe.

—Eso es porque no quieres acercarte a mí.

Lo miré.

—¿Qué?

—Siempre mantienes distancia.

—¡Porque todavía estás herido!

—No tanto.

—¡El médico dijo que necesitas reposo!

—Ritsu…

—Y yo no quiero hacerte daño.

Takano hizo una mueca.

—Ah.

Me tensé.

—¿Qué?

Se llevó una mano al costado.

—Duele.

Sentí que el corazón me daba un salto.




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