Si estás leyendo esto, felicidades: llegaste tarde. Mi tío ya debe estar preso, muerto o muchísimo peor: enamorado. En cualquiera de esos escenarios, alguien tenía que dejar un registro de cómo se fue todo a la mierda.
Lo que vas a encontrar aquí es la verdad. O al menos, mi versión de ella, que es básicamente lo mismo, pero con mejor redacción y menos eufemismos.
Y considerando que la policía, la prensa y los adultos en general no parecen muy interesados en los detalles que importan, me tocó a mí contar lo que pasó. Créeme que no lo hice para limpiar mi nombre —que estaba tan sucio que necesitaba un exorcismo con cloro—, sino para que al menos una persona sepa que yo no soy la villana de esta historia.
Lo único que hice fue conectar las pistas. Y sí, quizás usé tácticas poco convencionales como robo menor, chantaje emocional, invasión de privacidad y sí, puede que haya destruido un par de vidas y algunos terminaron muertos, pero te juro que no fue mi culpa. Al menos, no toda.
Mi tío Tomás era como un manual de autoayuda con patas: siempre positivo, siempre correcto y siempre con una taza de té o café en la mano, como si eso resolviera todos los problemas del mundo. Era tan inteligente que daba rabia, pero tan cobarde que no hacía nada con esa inteligencia. Mi tío era un genio para descifrar códigos, pero no podía descifrar que mi profesora Isabel estaba loca por él. Quería mucho a Tomás, aunque a veces me dieran ganas de golpearlo con su propio positivismo.
Cuando terminé viviendo en su departamento, todos asumieron que sería el final de mi estabilidad mental. Como si yo hubiese tenido una en primer lugar.
Después, cuando por fin me estaba acostumbrando a vivir con él y empezaba a pensar que quizás mi vida no iba a ser una tragedia griega con presupuesto municipal, pasó lo que siempre pasa cuando una adolescente empieza a relajarse en una novela con humor negro: apareció un muerto.
Un vecino. Uno de esos tipos que se quejan porque los niños respiran o hablan muy fuerte. Que vigilan por la ventana como si fueran parte de la KGB, versión condominio. Que dicen cosas como “en mis tiempos no pasaba esto”. Bueno, alguien decidió que sus tiempos se acababan. Para siempre.
Así que tuve que intervenir. Porque si alguien iba a descubrir quién mató al vecino, claramente iba a ser yo. Quince años, sin experiencia formal, con una mochila llena de sarcasmo, traumas mal procesados y una carpeta titulada “posibles asesinos (versión 2.5)”.
Estuve metida en un asesinato. Y esto, técnicamente, es su historia y la mía. Y de cómo me convertí en escritora accidental, vergüenza viral y experta en soportar estupidez adolescente.
Imagínate esto: una adolescente antisocial, un tío que parece haber sobrevivido a un apocalipsis emocional, una profesora que no entiende lo que significa “espacio personal”, una abuela fría como un iceberg, un gato que no es lo que parece y cadáveres. Sí, varios. No exagero. Y si exagerara, créeme que lo haría mejor.
Yo solo quería sobrevivir al colegio nuevo, evitar que alguien me hablara de astrología y vivir tranquila sin que nadie me preguntara: “¿Y tu mamá?”. Pero no. La vida, esa guionista desquiciada sin supervisión editorial, tenía otros planes. Más baratos, más ridículos. Más Santiago.
¿Y yo? Me llamo Beatriz Romero Riquelme. Al parecer, “crónica de una catástrofe anunciada” sonaba muy literario. Sé que mi nombre suena a personaje secundario que va a morir en la página tres, pero no te preocupes, me aseguraré de no morir antes de contarte todo lo que pasó, porque no soy Ana Frank y no pienso torturarte con un final abierto para una secuela. Bueno, a menos que una editorial me ofrezca un contrato millonario, claro.
Tengo quince años y la amargura emocional de una mujer divorciada que no puede devolver su freidora de aire. No lloro en público desde los ocho, mi sentido del humor es negro como mi futuro judicial y tengo la paciencia justa para no asesinar a nadie. Aunque hubo momentos en que lo consideré seriamente.
Físicamente, digamos que no estoy hecha para catálogos, ni para TikTok. Aunque haya muchos idiotas que piensan lo contrario. Mi cara, según la opinión pública no solicitada, es “bonita”. Lo dicen esperando que sonría, agradezca o empiece a existir en cámara lenta. Spoiler: primero muerta. Es solo una cara, sirve para ver y para poner expresión de “no me invites a salir”.
Si yo genero esperanzas románticas, lo lamento: fue un error de fábrica, no una invitación.
Tengo el pelo negro como el karma que estoy acumulando; siempre despeinado, pero con intención. Ojos cafés, cara de “no me hables” y actitud de “te lo advertí”. Flaca, no por estética, sino porque se me olvida comer cuando me estreso. O sea, siempre.
No voy a decirte que todo lo que pasó me convirtió en una mejor persona, porque no soy una película de superación en Netflix. Pero sí aprendí un par de cosas. Como que el amor a veces es una coartada. Que los adultos no tienen idea de nada, aunque hablen como si sí. Y que a veces, descubrir la verdad te arruina la vida, pero también te la acomoda, un poquito.
Así que recuerda que esta no es una historia de amor. A menos que contemos el amor por descubrir la verdad o el amor por no ir presa siendo menor de edad. O el amor por no tener que volver a vivir con mi papá.
Esta no es una historia donde la protagonista suelta su trauma, perdona a media humanidad y luego se dedica a tejer atrapasueños con sus lágrimas. Tampoco es una donde los villanos se redimen mágicamente y todos se dedican al macramé emocional juntos.