En ese momento sentía la cabeza, como si me hubieran rellenado el cerebro con clavos oxidados. O con mentiras. Ya no estaba segura. Isabel seguía en el sillón, con la mirada tan fija que cualquiera que entrara a la casa pensaría que había decidido transformarse en una estatua de la Llorona. La abuela estaba en el comedor sirviendo café, como si el mundo no se estuviera cayendo a pedazos.
Yo me quedé un rato observando, preguntándome cómo hacía para seguir en pie y con esa mirada de “yo ya lo viví todo”.
—Ya, parecen fantasmas penando —comentó la abuela, cuando nos sentamos a la mesa—. Tomen, coman algo y dejen de llorar.
—¿Llorar? —replicó Isabel, mirándola con los ojos llenos de lágrimas y ese temblor en la voz que a mí me daba vergüenza ajena—. Recién casi matan a su hijo, señora. No nos permiten verlo mientras está entre la vida y la muerte. Y si sale de eso, la policía lo va a culpar de todo.
La abuela la miró con indiferencia, como si Isabel acabara de decirle que el pan tenía moho.
—¿Y qué creen que se gana llorando? —preguntó, como si estuviéramos discutiendo sobre la economía en vez de la vida de mi tío—. Si Tomás logra sobrevivir, lo van a dejar pudriéndose en la cárcel, ¿y qué están haciendo ustedes? Nada. Solo suspirar y hacerse las mártires.
Mi estómago estaba hecho un nudo. Isabel parecía un cartón mojado. Pero la abuela seguía inclemente como siempre.
—Si Tomás se salva —continuó con voz baja, pero firme—, necesitan limpiar su nombre. Buscar pruebas, gente que hable, lo que sea. No me importa cómo, pero tienen que moverse. Si no lo hacen, ese bastardo va a lograr exactamente lo que quiere.
—¿Y cómo se supone que hagamos eso? —pregunté.
Me sentía vacía, pero la rabia empezaba a subir, como una llama en la oscuridad.
—Ustedes dos son más inteligentes de lo que muestran. Y no me vengan con excusas. Si no lo salvan ustedes, nadie lo va a hacer, mucho menos yo —respondió la abuela, con un brillo frío.
Hubo un silencio pesado. Isabel me miró, buscando algo que yo no podía darle todavía. Pero la abuela tenía razón. No íbamos a dejar que Tomás se pudriera en la cárcel por algo que no había hecho. Pero antes, necesitaba sacarme algo del pecho. Me paré frente a ella y esperé. No iba a gritarle ni a dramatizarlo todo. Solo necesitaba que me hablara.
—Abuela —dije, con voz firme—, necesito que me digas por qué me escondieron lo de mi mamá.
Ella no levantó la mirada enseguida. Movió la cucharita en su taza, como si su café fuera lo único que importaba en ese momento.
—Jamás creí que fueras a preguntarlo tan pronto —admitió con una voz que sonaba un poco más distante de lo habitual.
—Después de lo que dijo Matte, necesito saberlo de ti. ¿Por qué nunca me contaron que fue él quien la mató? —insistí.
Finalmente, alzó la mirada. Sus ojos tenían un brillo casi melancólico, como si se sintiera expuesta.
—Porque eres una niña —murmuró—. Una niña con una madre muerta y un padre de mierda. ¿Qué querías que hiciera? ¿Darte otro demonio con el que soñar de noche?
Ella suspiró, como si llevara siglos guardando ese aire. Isabel logró lo que quería, porque al parecer se había convertido en estatua.
—La verdad también mata, Beatriz —continuó la abuela—. Yo no podía soportar verte crecer con ese peso. Pensé que quizás podrías tener una mejor vida si creías que había sido un accidente.
—¿Y qué pasa conmigo ahora? —le pregunté—. ¿Me ves mejor, abuela?
—No. Y me duele verte así. Pero aún creo que hicimos lo mejor para ti.
—¿Incluso si mi familia me dejaba sola con todas mis dudas? —repliqué, con la voz un poco quebrada—. Porque siempre supe que algo estaba mal. Y ahora sé que tú y Tomás también lo sabían.
Ella asintió despacio.
—Nunca estuviste sola, Tomás siempre ha estado ahí para ti, aunque no lo supieras —aseguró, casi en un susurro—. Y también sabía que algún día ibas a buscar la verdad, igual que tu madre. Solo esperaba que tardaras un poco más.
Me quedé en silencio, procesando sus palabras. No había disculpas grandes ni escenas dramáticas. Pero al menos me miraba a los ojos sin mentiras. Me agarró de la mano, con un gesto rápido y casi brusco, como si no quisiera que me acostumbrara demasiado a la ternura. Tenía la cara tan arrugada como la sábana del hospital donde Tomás seguía acostado, muriendo.
—No pierdas la cabeza ahora —me advirtió—. Tu tío no necesita que te derrumbes antes de tiempo.
Me miró de reojo, con esa mirada suya que parecía juzgarme hasta por cómo existía.
—Tú tienes que seguir siendo la misma mocosa insolente de siempre. No dejes que esto, ni nada, te quite eso. Aunque todo esté hecho mierda y el mundo se venga abajo, tienes que seguir siendo tú. No te vuelvas una llorona —sentenció, apuntando con la vista a Isabel, que seguía en modo estatua—. A tu tío no le gustaría verte llorar.
Me quedé callada, con las manos apretadas alrededor de la taza de té, que me había empujado a aceptar.
Tragué saliva y respiré hondo.
—Ah, gracias. Porque el agua caliente con sabor a pasto es justo lo que necesitaba para destruir un imperio criminal —le respondí al fin, con la voz más firme.