Spoiler: No fue el gato

Capítulo 13

Tomás respiraba tan profundo que parecía a punto de autoinflarse como un globo; Isabel repasaba preguntas en voz baja como si fuera a rendir un examen final y yo solo esperaba que la abuela no intentara matarnos y enterrarnos en las paredes de su living.

—¿Están seguros de esto? —preguntó Tomás, mirando la puerta de la abuela como si fuera la entrada a un campo minado.

—No, pero igual hay que hacerlo —respondí, dándole una palmada en el hombro—. No tenemos la carpeta, ni el Dossier, pero la abuela y su buena disposición son la mejor fuente de pistas que nos queda.

—O su mejor defensa para no contarnos nada —murmuró Isabel, con esa mezcla de esperanza y resignación.

—¿Lista para que nos niegue todo y nos destruya la autoestima en tres palabras? —ironicé.

—Estoy lista para cualquier cosa —respondió Isabel con un suspiro—. Excepto para otra ronda de té con galletas rancias.

—Ah, esas galletas —recordé—. El verdadero crimen de esta familia.

Y así, con más dudas que certezas, llamamos a la puerta. Porque, aunque no tuviéramos los papeles ni las respuestas claras, lo que sí teníamos era la sospecha de que la abuela sabía más de lo que contaba.

La casa de la abuela tenía ese olor a sopa que nunca se iba, aunque habían pasado tres gobiernos desde la última vez que se cocinó algo ahí.

Tomás abrió la puerta con su habitual cara de "Como si no tuviera ya suficientes traumas para coleccionar", que ya era prácticamente su expresión por defecto. Isabel iba detrás, cargando su mochila como si adentro llevara la dignidad que le quedaba.

Yo entré última, porque alguien tenía que cubrir la retaguardia y porque, seamos honestos, si alguien tenía que recibir el primer balazo, que fuera el adulto responsable. O al menos el más lento.

Lo que no esperábamos ver, era a la abuela sentada en el comedor, con una taza de té temblándole entre las manos y justo frente a ella, Carlos Matte. Sí. El villano de nuestras pesadillas. Ese que parecía salido de una serie de mafiosos, pero con presupuesto para armas de verdad.

—Tomás —saludó Matte, con una sonrisa que merecía cadena perpetua solo por existir—. Qué gusto verte. Y a estas dos señoritas, usted debe ser la profesora Isabel y esta debe ser la sobrina tan brillante de la que tanto se habla

Me sonrió como si estuviéramos en una feria de ciencias y no en lo que evidentemente era una amenaza con olor a sopa.

—Mamá, ¿estás bien? —preguntó Tomás, visiblemente alterado.

La abuela no dijo nada. Solo bajó la mirada, con una expresión que no le conocía. Era una mezcla entre tristeza, vergüenza y ganas de que el té tuviera cianuro. Estaba pálida, pero no esa palidez de abuelita que toma mucho omeprazol. No. Esta era una palidez de "este malnacido acaba de decirme algo terrible y ustedes no deberían estar aquí".

Carlos Matte tenía esa clase de elegancia de la vieja escuela. Olía a perfume caro, cuero curtido y crímenes impunes. Siempre vestido como si fuera a cerrar un trato millonario o a declarar en una comisión investigadora, con trajes a medida, corbatas sobrias y esos zapatos brillantes que costaban diez sueldos mínimos.

Era alto, con el porte de alguien que aprendió desde niño a ocupar espacio como forma de dominación.

Su cabello era gris, perfectamente peinado hacia atrás, como si cada hebra supiera que desobedecer tiene consecuencias. Y sus ojos negros, fríos, no miraban: evaluaban. Calculaban. Podía estar sonriendo y aun así darte escalofríos, como si detrás de cada gesto hubiera una amenaza escrita en letra chica.

Tenía esa voz grave, pausada, de las que no necesitan alzar el tono para imponer terror. Porque lo suyo no era la furia: era el poder tranquilo. Ese que te destruye sin despeinarse.

Y claro, todo el mundo lo respetaba. Algunos por admiración. Otros por miedo. La mayoría por conveniencia. Porque Carlos Matte no era un hombre, era una máquina diseñada para ganar.

Tomás dio un paso adelante, muy en su papel de tío valiente y estúpidamente optimista.

—Matte, ¿qué estás haciendo aquí? —preguntó con voz firme. Lo odié un poco por eso. Yo apenas podía tragar saliva. Pero eso me calmó.

—Teniendo una conversación familiar —respondió sonriendo—. La señora Georgina ha sido muy amable como siempre. Aunque, según ella, ustedes no tienen lo que yo quiero, pero, a decir verdad, no sé si creerle.

—¿Y qué es lo que quieres? ¿Que te aplaudamos por haber visto demasiadas películas de espías? O ¿quizás quieres que te prestemos un gato blanco para que puedas hacer tu pose dramática de villano? —repliqué, casi por reflejo.

Isabel y mi tío me miraron como preguntando: “¿Qué mierda haces, niñita?”

—Parece que los rumores eran ciertos —aseveró Matte—. Sí eres impulsiva y sarcástica. ¿Sabes, Beatriz?, hace unos años yo conocí a una mujer a la que te pareces mucho.

Tomás levantó la cabeza. Estaba empezando a olerse algo que claramente no le gustaba. Y no, no era la sopa.

—¡Déjala fuera de esto! —exclamó Tomás.

—Pero si ella ya está dentro. Mucho más de lo que tú le contaste —respondió Matte.



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En el texto hay: humor negro, gato negro, saracasmo

Editado: 14.10.2026

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