Spoiler: No fue el gato

Mi Mamá

Mi mamá olía a café cargado y cremas que prometían juventud eterna, pero solo entregaban aroma a domingo. Ella no fue una heroína. Y lo digo con el amor más grande. No salvaba gatos de los árboles, ni hablaba con frases sacadas de libros de autoayuda.

Muchas veces era torpe, impaciente otras y tenía una risa que aparecía en los peores momentos, como si su risa se negara a pedir permiso para existir.

Jamás fue de frases dulces. Me decía “mi vida” solo cuando estaba muy cansada para insultarme con cariño. Pero cuando me enfermaba, dormía a mi lado en el suelo con una almohada y una taza de té frío que decía que curaba todo. Nunca lo logró, pero lo intentaba. Y eso curaba más que el té.

Cuando estaba conmigo, el mundo bajaba el volumen.

Mi mamá sabía cosas pequeñas que nadie más notaba. Sabía cuándo yo estaba mintiendo, solo por cómo respiraba. Sabía qué silencio era tristeza y cuál era rabia. Sabía abrazar sin asfixiar, como si entendiera que amar a alguien también es darle espacio para no romperse.

Su cabello era oscuro, rebelde como su paciencia, que se le escapaba en mechones incluso cuando se lo recogía en ese moño improvisado que parecía a punto de colapsar por estrés estructural.

Era flaca, de esas flacas por genética y por culpa, con unas manos huesudas y fuertes, como hechas para sostener el mundo, aunque a veces estuviera rota por dentro.

Decía que tenía los ojos verdes, pero en realidad eran un marrón raro que se ponía más claro cuando se enojaba, o cuando estaba a punto de llorar. Lo sé porque la vi hacer ambas cosas más veces de las que debería haber visto una niña.

Y su voz. Su voz era como ese tipo de canción que no sabes por qué, pero la sientes dulce.

Cuando sonreía —que no era siempre, pero cuando lo hacía— se le formaba un hoyuelo en la mejilla izquierda. Ese hoyuelo me enseñó que, hasta las personas más tristes, pueden tener puntos débiles que se ven como belleza.

Recuerdo también que muchas veces, cuando estaba con mi padre, ella tenía una risa contenida, como si reír fuerte fuera un lujo que no podía permitirse. Pero igual reía y, cuando lo hacía, todo se iluminaba. Como esas luces de feria que parpadean sin orden, pero igual te hipnotizan.

Me gustaba cuando me hablaba mientras cocinaba (mal, por cierto). Se quejaba de todo con una gracia tremenda. El transporte, los hombres, los comerciales de yogures con “probióticos”, todo era blanco de su sarcasmo.

Ahí entendí de dónde lo saqué yo. Ella fue mi primera maestra en eso de hacer reír mientras el corazón te sangra un poco.

Recuerdo una vez, cuando tenía como ocho años y un compañero me dijo que hablaba “como vieja amargada”. Yo llegué llorando, porque ya era sensible, pero aún no había desarrollado mi escudo de espinas.

Mi mamá me miró, me sirvió chocolate caliente (del malo, con más agua que cacao) y me dijo:

—Bea, hablar como vieja amargada es mejor que hablar como estúpido feliz. Que no se te olvide.

Y no se me olvidó.

Me enseñó que no todo lo que duele se grita y que algunas batallas se ganan quedándose en pie, aunque te tiemblen las piernas.

A veces la recuerdo por detalles absurdos: sus manos siempre frías, su forma de decir mi nombre cuando estaba cansada, el olor de su ropa cuando me quedaba dormida en su cama. No la recuerdo perfecta, la recuerdo real. Y eso es lo que más me duele.

Desde que no está, el mundo es más ruidoso e injusto. A veces me despierto con su voz. No en plan místico ni fantasmal, sino como un eco que se me quedó pegado en los huesos.

Cuando algo duele, cuando algo arde, ahí aparece ella. Con sus frases punzantes, con su mirada de “tú puedes, pero también podrías mandar todo a la mierda y está bien”.

Hay veces que me sorprendo haciendo cosas suyas sin darme cuenta. Frunzo la nariz igual que ella cuando algo me molesta. Camino rápido, como si siempre llegara tarde a algún lugar importante. Me enojo por tonteras, pero perdono pronto.

Y cuando eso me pasa, me duele, porque significa que mi mamá sigue viviendo en mí, pero no conmigo.

Se llamaba Rebeca Riquelme y murió sin dar discursos heroicos. Solo se fue. Y eso, para mí, fue más devastador que cualquier tragedia con música de fondo.

Si alguien me pregunta quién era mi mamá, no sé cómo explicarlo sin que se me rompa algo por dentro. Solo sé que fue mi hogar. Perderla fue aprender demasiado pronto que hay cosas que no se superan, solo se cargan.

La extraño. Todos los días, aunque no lo diga. Aunque haga chistes para no pensar y aunque me ría como idiota, para no llorar como niña.

Sí, la extraño.

Pero que quede claro: eso no significa que me vuelva blanda. Solo más humana. Por ratitos.



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En el texto hay: humor negro, gato negro, saracasmo

Editado: 14.10.2026

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