Spoiler: No fue el gato

Capítulo 6

Yo no estaba espiando, para que conste. Solo estaba circulando por el pasillo con intención de existir cerca de la cocina. Que justo quedara al lado del estudio de mi tío con la puerta junta era una coincidencia cósmica. No es mi culpa si la arquitectura favorece el chisme.

La voz de Isabel flotaba con ese tono suave y seductor que usaba cuando estaba en modo profesora preocupada, lo cual me daba más miedo que cuando gritaba por un mal ensayo.

—…pero si ese nombre volvió a aparecer, Tomás —advirtió—, es porque alguien está moviendo las piezas.

Silencio.

—No podemos ignorarlo —insistió—. Tú sabes lo que significa Tenebrista…

Ahí. Esa palabra. Como un bofetón silencioso. Me puse tensa al instante. La escuché alguna vez. La veía rodeada de signos de exclamación como si fuera una maldición.

El resto de la conversación fue un murmullo confuso, ahogado por el sonido maldito del refrigerador, que decidió arrancar justo en ese momento como si fuera un tractor. Solo pescaba frases sueltas.

—…ya no confío en él… —murmuró Tomás.

—…algo pasó en el sur… —alcancé a escuchar.

—…y si te descubren, Tomás, te van a culpar… —advirtió ella en voz baja.

Y después, lo peor: silencio. O peor que eso: pasos.

Me escabullí hacia la cocina como si de verdad tuviera hambre, abrí el refrigerador sin mirar y fingí buscar algo. Lo primero que encontré fue una mayonesa vencida y un limón con crisis existencial.

—¿Beatriz? —me llamó la voz de Isabel, a mis espaldas.

—¿Ah? ¡Hola! Justo venía a hidratarme con mayonesa vencida —respondí, mostrando el frasco como si fuera mi boleto de salida.

Ella sonrió. No era una sonrisa simpática. Era más como una sonrisa de “sé que sabes que sé algo, pero no te lo voy a decir”.

—¿Hace cuánto estás aquí? —preguntó.

—¿Aquí como en la cocina? ¿O aquí en la tierra?

Tomás apareció detrás de ella, nervioso. Se notaba. No por la forma en que caminaba, sino porque no me sostenía la mirada, lo cual, en él, era raro. Él podía mirar a un ladrón con una pistola y preguntarle si quería un té.

—Solo hablábamos de cosas del trabajo —se apresuró a explicar, con esa voz de “no quiero que hagas preguntas porque me vas a destruir emocionalmente”.

—Claro. Trabajo. Tenebrista y eso —repliqué.

Ahí se quedaron los dos, petrificados.

—¿Perdón? —preguntó Isabel.

—¿Dije Tenebrista? Quise decir, tienes brisa. Así como el aire —improvisé.

Tomás frunció el ceño. Isabel entrecerró los ojos. Y yo sonreí con la más cínica de mis sonrisas.

—Ya, no me miren así —protesté—. Soy adolescente, tengo antenas para detectar secretos. Y el ambiente huele a cosa turbia.

—Bea, te aseguro que no es lo que piensas —intentó tranquilizarme Tomás.

—Eso lo sabremos cuando me expliquen qué es lo que pienso, ¿no? —repliqué.

Silencio otra vez.

Y yo ya sabía lo que venía: más mentiras, más evasivas y probablemente otra noche sin dormir. Pero ahora tenía una palabra más que añadir a mi colección de misterios.

Tenebrista. Y esa palabra no iba a dejarme tranquila.

—Bea, hablaremos mañana —sentenció Tomás, con ese tono firme que usaba cuando estaba demasiado nervioso como para improvisar una mentira decente.

Yo me le quedé mirando. Con la mayonesa aún en la mano, por cierto. El símbolo sagrado de mi desconfianza.

—¿Mañana? ¿Porque ahora estás en medio de una junta secreta con tu colega preferida? —pregunté, con suficiente veneno como para matar una planta de plástico.

Tomás resopló, pasándose la mano por el pelo, como si eso fuera a desenredar el desastre.

Se volvió hacia Isabel, con voz amable pero apretada:

—¿Prefieres quedarte a dormir o te llamo un Uber? —le ofreció.

Una pregunta con trampa. De esas que parecen opciones, pero vienen con expectativas invisibles flotando. Isabel dudó un segundo. Solo un segundo. Pero yo vi el gesto. Una micropausa que lo dijo todo.

—Está bien, me quedo —aceptó, con una sonrisa pequeña y perfectamente incómoda.

Y ahí. Silencio. No de esos agradables tipo “qué paz se siente”, no. Este era del tipo “alguien acaba de lanzar un chancho al salón y nadie sabe cómo reaccionar”.

Mi tío parpadeó. Yo me atraganté con aire.

—¿En serio? —pregunté, más rápido de lo que quise. Me salió con el mismo tono que uno usa para decir: “¿Vas a adoptar una serpiente venenosa como mascota?”.

—Sí —confirmó Isabel—. Así mañana hablamos tranquilos.

Tranquilos. Claro. Como si aquí alguien pudiera dormir tranquilo, con ese elefante emocional bailando cueca en el pasillo.

—Puedo prepararte la habitación de invitados —balbuceó Tomás, que ya no sabía si mirar a Isabel, al suelo o a una dimensión alternativa donde nada de eso estuviera pasando.



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En el texto hay: humor negro, gato negro, saracasmo

Editado: 14.10.2026

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