Los primeros días viviendo con Tomás fueron extraños. Principalmente porque él todavía no entendía dos cosas fundamentales sobre mí:
La primera es que en ese momento yo era una adolescente que literalmente acababa de cumplir catorce años, pero por dentro tenía más de cincuenta.
Y la segunda y más importante era que mi cuerpo rechazaba automáticamente cualquier alimento que pareciera recomendado por una nutricionista hippie con exceso de sonrisa.
Al día siguiente que mi querido padre me dejara en el departamento de mi tío, desperté y encontré a Tomás en la cocina preparándome el desayuno con la concentración de un neurocirujano desactivando una bomba.
—Buenos días, Bea. Te serví cereal —saludó, apenas me vio aparecer.
Yo miré el tazón. Luego lo miré a él. Después volví a mirar el tazón, intentando entender qué clase de castigo era eso.
En ese momento comprendí algo devastador: mi tío consumía comida de personas que leen las etiquetas nutricionales voluntariamente.
El cereal en cuestión era uno de esos “saludables”. Con semillas, fibra y colores tan apagados que parecían haberles drenado la felicidad industrial durante el proceso de fabricación. Era una caja beige con palabras como integral, natural y fuente de energía, que son básicamente distintas formas de decir: sabor a cartón.
—¿Qué demonios es esto? —pregunté, mirando el tazón como si acabaran de servirme evidencia de un crimen.
—Cereal saludable. Es bueno para ti y además es un cereal que no te va a pudrir los dientes como los otros azucarados —respondió, sonriendo como orgulloso padre de familia que acaba de descubrir el brócoli.
Lo miré horrorizada.
—Tienes toda la razón —concedí—, porque no pienso comerlo. Tomás, esto parece comida confiscada en un establo.
—Bea, no exageres —protestó él.
—Tiene semillas visibles —repliqué, señalando el tazón con un dedo acusador—. La comida normal intenta esconder sus errores.
Él frunció el ceño, confundido.
—Es bueno —insistió.
—Sí, también lo son las vacunas y no por eso me vacuno todos los días.
Tomás suspiró en silencio. Ese suspiro que hacen los adultos que pueden visualizar un futuro en el que probablemente van a necesitar preparación psicológica y, con un poco de suerte, apoyo farmacéutico.
Me senté frente al tazón y lo observé como si pudiera atacarme.
—Tiene semillas, ¿y por qué diablos tiene esa textura? —pregunté, con genuino asco.
—Porque es cereal.
—No, Tomás. El cereal bueno es dulce y cruje. Esto parece aislamiento térmico triturado.
Tomé una cucharada. La probé lentamente y confirmé de inmediato que eso sabía exactamente a lo que imaginaba que comería una persona que haría yoga frente al amanecer y hablaría de “alinear energías”.
—No puedo comer esto —declaré, dejando la cuchara.
—Ni siquiera lo probaste bien —objetó Tomás.
—Mi lengua sí. Y quiere demandarte.
Mi tío se apoyó en el mesón, con la clásica expresión de estoy “cansado de la vida”.
—Entonces, ¿qué desayunas normalmente? ¿Ricardo te preparaba algo especial? —preguntó.
Lo miré con decepción, como si la respuesta fuera obvia y la pregunta muy estúpida.
—Tío, mi papá apenas sabía en qué curso iba, ¿realmente crees que tu querido hermano me preparaba el desayuno con amor paternal? —respondí, arqueando una ceja.
Tomás suspiró y me miró con un cariño tal que me dio urticaria. Como si yo no fuera su sobrina, sino una pobre huerfanita desamparada. Casi me dieron ganas de tirarme por la ventana solo para arruinarle el momento sensible.
—Yo siempre me hacía el desayuno sola —expliqué, encogiéndome de hombros—. Y lo sé, quizás desde tu perspectiva podría ser algo que me acerca lentamente a una muerte prematura, pero es lo que hay.
Tomás se quedó en silencio y luego asintió lentamente, como si fuera un científico entendiendo una especie nueva y agresiva.
Una hora después estábamos sentados en un McDonald’s, porque al final Tomás descubrió algo importante sobre criarme: yo era una adolescente que funcionaba principalmente a base de papas fritas agrandadas, bebidas gigantes y comida con suficiente grasa como para tapar arterias a distancia, aunque a él no le gustara.
—¿Ahora estás feliz, cierto? —preguntó mientras dejaba la bandeja.
Miré mi hamburguesa, las papas, los nuggets. La gloriosa ausencia de semillas.
—Por supuesto —respondí con satisfacción—. Esto sí tiene amor.
Él negó lentamente con la cabeza.
—Bea, tienes catorce años y comes como camionero divorciado —sentenció.
—Y aun así sobreviví a la comida de caballos de esta mañana —contesté.
El McDonald’s cerca del departamento de Tomás tenía esa estética tan particular que tienen los restaurantes de comida rápida que intentan verse modernos, pero terminan pareciendo una sala de espera con olor a aceite quemado y reutilizado.