Después de clases, Tomás no estaba, así que aproveché para seguir con mi labor de detective no autorizada. Objetivo: Volver al quinto piso. Visitar a la señora del cloro.
Toqué la puerta. Tardó en abrir.
—Ah, tú otra vez —dijo, como si fuera una mezcla entre resignación y leve curiosidad.
—Traje galletas y estoy casi segura de que son de las caras. Creo —anuncié, levantando ligeramente la bolsa.
La puerta se abrió. El soborno siempre funciona.
Me senté en su comedor, frente a un mantel de plástico con diseño de cerezas radiactivas. El gato apareció como por arte de magia y se acomodó en mi regazo como si supiera que estábamos a punto de hablar de él. De nuevo.
—¿Qué más quieres saber para tu investigación? —preguntó la señora, sirviendo té, como quien sirve verdades.
—¿Con quién se juntaba el señor Arrieta? Además de este gato detective —pregunté, acariciando al felino.
Ella dudó. No ese tipo de duda normal, sino esa duda tensa, que uno tiene cuando está decidiendo si contar un secreto o llevarlo a la tumba.
—Con tu tío —respondió finalmente—. Se juntaba harto con Tomás.
Mi estómago hizo ese giro raro que uno siente cuando se da cuenta de que el adulto que te cuida no es tan transparente como pensabas.
—¿Qué tan a menudo? —pregunté.
—No todos los días —aclaró—. Medio escondidos, sin que nadie supiera. A veces discutían. Otras veces se reían. Como si recordaran algo importante. Y nunca duraban mucho.
—¿De qué hablaban? —insistí.
—La verdad, eso no lo sé —contestó, encogiéndose de hombros—. No soy tan chismosa.
Mentira. Lo era. Pero el tipo de chismosa que cobra por capítulo, así que no insistí. A cambio, dejé otra galleta en la mesa como si fuera una ofrenda.
—¿Usted cree que su muerte fue…?
—No lo sé —admitió—. Pero cuando murió, tu tío no pareció tan sorprendido. Parecía preocupado, eso sí. Pero no sorprendido.
Me quedé en silencio. El gato estornudó. Como si incluso él supiera que las cosas se estaban poniendo raras.
Antes de irme, ella dijo algo más, sin mirarme:
—Cuídate mucho, niña —me advirtió en voz baja—. Por favor.
—Gracias, usted también —respondí, levantándome.
—¿Vas a volver? —preguntó.
—Sí —contesté—. Esta trama se está poniendo mejor que cualquier serie que haya visto.
El gato me siguió hasta la puerta. Me maulló como diciendo “no te olvides de mí”.
Esa noche escribí en mi diario:
OPERACIÓN ARRIETA: Día de investigación 6.
Antonia descubrió algo que conecta todo esto con una agrupación llamada Proyecto Tenebrista. Nombre estúpido para algo que suena a escándalo nacional. Investigar.
La señora del cloro confirmó que Arrieta y Tomás se juntaban.
El gato sigue observando. Ya no sé si es un espía o una reencarnación de alguien que quiere que resolvamos esto. Tal vez ambas.
Antonia y yo vamos a entrar al departamento misterioso para encontrar alguna explicación lógica para todo esto.
Spoiler: no existe.
Esa semana, Tomás llegó tarde todos los días por algún asunto del trabajo que se molestó en explicarme, pero yo al parecer no me molesté en escuchar.
Así que después de clases, las visitas a la señora Mónica empezaron a convertirse en una especie de rutina rara. Aunque no fueron todos, algunos días llegaba con la mochila todavía puesta y la cabeza llena de cosas que no tenía ganas de pensar. Ella nunca parecía sorprendida de verme. Simplemente abría la puerta, me miraba durante unos segundos y se hacía a un lado para dejarme entrar.
Esos días me di cuenta de lo chismosa que era la señora Mónica en realidad. Me imaginaba que, si el FBI necesitara información, solo tenía que tocarle la puerta y llevarle unas galletas. Ella sabía quién se había peleado, quién estaba enamorado y hasta quién había comprado ropa interior nueva, porque aparentemente eso también era asunto de interés público. Entrar a su departamento era terminar recibiendo el resumen completo de la vida de todo el barrio, con detalles, nombres y comentarios que nadie había solicitado.
Pero no eran solo chismes, porque la señora Mónica también era muy rara. Recuerdo que una tarde llevé un pan que me había sobrado de la colación que me mandó Tomás. No era gran cosa, pero ella lo recibió como si le hubiera llevado un regalo importante. Lo guardó en una bolsa de plástico y después lo puso encima de la mesa, perfectamente doblada, como si fuera a conservarlo durante años. Me dio un poco de risa, aunque no se lo dije. Más tarde, cuando estaba por irme, descubrí que había cortado la mitad del pan y la había dejado envuelta para mí.
No recuerdo haberle pedido nada.
También tenía la costumbre de guardar cosas que, según ella, algún día podían servir. Una vez encontré mi lápiz dentro de una caja de botones, junto a una llave que no abría nada, tres monedas antiguas y una cuchara doblada. Me explicó que lo había guardado para que no se perdiera. No le pregunté por qué había decidido que la caja de botones era el lugar más seguro del departamento.