Spoiler: No fue el gato

Tomás

Mi tío Tomás, físicamente, era alto, flaco, como si viviera a base de té, ansiedad y antidepresivos. Tenía un pelo castaño oscuro despeinado que siempre parecía un poco húmedo, aunque no lo estuviera. Sus ojos eran del azul más melancólico que hubiera visto y usaba lentes de marcos gruesos como si quisiera parecer un profesor universitario, pero el conjunto general gritaba: “Hombre que una vez intentó armar una repisa y terminó en urgencias”.

En ese entonces tenía cuarenta años, pero parecía de treinta porque nunca había tenido hijos, ni matrimonios fallidos, ni arrugas causadas por reuniones de apoderados. Pero se comportaba como de quince, cuando veía a mi profesora de Lenguaje en la puerta del colegio y se ponía rojo, como si le hubieran confesado amor eterno en sánscrito.

Tomás era raro. Sí. Pero no el tipo de raro con cuchillos ni taxidermia. Más bien, como tipo raro que coleccionaba tazas de Star Wars, hablaba solo cuando cocinaba (a veces lo hacía con la licuadora) y tenía miedos irracionales.

Pero no era una mierda como me dijeron. De hecho, en comparación con otros adultos, era casi un ser humano funcional. Cocinaba como chef de restaurante venido a menos, no me gritó ni una sola vez y nunca hizo ninguna mención a “poner límites raros” ni “reglas de convivencia para su conveniencia”. Quizás estaba esperando a que me relajara para atacarme.

O quizás simplemente era una buena persona con ansiedad social y mala prensa. Lo cual me asustaba más que si tuviera un hacha.

Al menos no me trataba como a una niña. Ni como un proyecto fallido de persona. Solo me trataba como si estuviera ahí. Y eso se sentía raro. Bien. Pero raro.

Era bondadoso y muy generoso, aunque no sabía demostrarlo. Más bien se desvivía en gestos torpes. Te hacía un gráfico de tus emociones, en vez de abrazarte, o te imprimía un manual sobre cómo pedir perdón en situaciones complejas, para luego complicarse explicándolo de la manera más cariñosa y torpe posible.

Tenía una ética personal más firme que una roca, pero eso no lo hacía valiente. Al contrario, vivía paralizado por el miedo: miedo a equivocarse, a exponerse, a que lo lastimaran. Y, sin embargo, ahí estaba, aguantándome, aguantándose, tratando de arreglar el mundo con una taza de té y una sonrisa.

A veces lo miraba y pensaba que fue hecho para cosas grandes, pero alguien lo convenció de que lo suyo era vivir en chiquitito. Y él se lo creyó.

Él siempre fue un hombre que parecía flotar entre los demás, como si la esencia de su carácter fuera más liviana que la del resto. Había algo atrayente en su manera de hablar pausada, porque poseía una dulzura que nadie más se tomaba la molestia de tener. Era inteligente, claro —más brillante que cualquiera que conociera—, pero no le gustaba demostrarlo. Su inteligencia era como un fuego donde cobijarse. Siempre cálido y discreto, nunca ostentoso.

Tenía una sonrisa cansada, pero muy dulce, un poco torcida, como si sus labios estuvieran acostumbrados a decir mentiras piadosas y verdades a medias para proteger a quienes quería. A pesar de eso, o tal vez precisamente por eso, siempre tenía una sonrisa para mí.

Él era el único que me miraba sin esperar nada a cambio, que me escuchaba de verdad, incluso cuando no decía nada. Nunca necesitaba pronunciar mi nombre para que supiera que estaba siempre ahí. Sus ojos, esos ojos claros tan llenos de bondad, decían lo que su boca siempre temía pronunciar.

Él era mi refugio. Más adelante, cuando todo se iría a la mierda y vería a Tomás al borde de la muerte, con sus manos temblorosas y los labios ensangrentados, me daría cuenta de lo mucho que dependí de él. De su manera de hacerme sentir que todo, incluso lo más horrible, podía resultar bien al final.

Verlo así, tan frágil, era como si todo el oxígeno del mundo se hubiera ido de golpe. Era como una herida que no dejaba de sangrar. Porque no solo estaba muriendo mi tío Tomás, sino también estaba muriendo ese único lugar donde podía ser yo, sin miedo ni culpas. Y no sabía cómo llenar ese espacio que él dejaría, ni qué hacer con tanto que nunca le podría decir.

Mientras lo miraba, con toda la fuerza de mi corazón roto, pensaba que ojalá pudiera haberle devuelto solo un poco de la ternura que siempre me regaló. Porque Tomás nunca quiso ser un héroe. Solo quería cuidarme, aunque eso significara perderse a sí mismo en el intento.

Pero eso vendría después. Por ahora, todo comenzó un poco antes. El día en que crucé la puerta del departamento de Tomás con una mochila, demasiadas preguntas y la certeza equivocada de que aún quedaba tiempo.

La entrada del edificio donde vivía Tomás era lo más deprimente que había visto; era como ver a tu abuela aprender a usar WhatsApp, para que luego solo te mande cadenas religiosas.

Vivía en un condominio de Ñuñoa construido en los años noventa, con la típica arquitectura del “esto es lo mejor que pudimos hacer con poco presupuesto y cero ganas”. Ladrillo a la vista, pasto parchado y un ascensor que se quejaba con cada piso como si tuviera artritis mecánica.

Cuando me mudé con mi tío, iba preparada para cualquier cosa: alcoholismo, drogas, filosofía. Pero no para lo que encontré. El departamento de Tomás era acogedor, en el sentido de que parecía decorado por alguien con buen gusto, pero cero ganas de impresionar a nadie. Había estanterías llenas de libros, plantas que claramente sobrevivían por accidente y una lámpara de pie que parecía salida de una tienda vintage, con complejo de arte moderno. Todo olía a café, papel viejo y un poquito a gato.



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En el texto hay: humor negro, gato negro, saracasmo

Editado: 14.10.2026

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