Contactar a la falsa Antonia o Isidora fue muy difícil. La llamé a su celular, le mandé correos y hasta una paloma mensajera, pero nada, se la había tragado la tierra. Ya me estaba dando por vencida cuando, al revisar mi teléfono, recordé un mensaje, desde Reddit, usuario CtrlZQueen.
Le mandé un mensaje a las cuatro de la mañana, porque es la mejor hora para enviarle cosas a la gente que está conspirando contra ti.
Le dije que fuera con su padre al departamento de mi tío Tomás, porque era el lugar perfecto para la entrega del Dossier. Nada como un departamento lleno de polvo y olor a encierro para que pareciera que éramos civilizados.
Isidora respondió casi de inmediato con un conciso: "Ok, nos vemos a la hora señalada". Sinceramente, si la hija de un empresario multimillonario no tenía tiempo para textos más elaborados, era porque algo estaba ocultando o, lo que era peor, porque no les interesaba la gramática.
A la hora acordada, el departamento parecía una sala de espera de hospital embrujado. Isabel estaba conmigo, intentando mantener la compostura, aunque su cuerpo temblaba tanto que me dieron ganas de recordarle que no estaba en un casting para víctima número tres. Ella decía que estaba nerviosa porque Matte podía traicionarnos. Y yo también lo creía.
Sonó el timbre. Abrí la puerta y apareció Matte, con Isidora a su lado y detrás de ellos dos guardias con cara de pocos amigos y menos palabras.
Matte iba vestido como la última vez que lo había visto, un traje negro de diseñador hecho a la medida y su cabello pulcramente peinado hacia atrás. Isidora iba con ropa más casual, pero que se veía costosa. Unas botas negras, un jean gris y una blusa blanca. El cabello lo llevaba recogido con una coleta firme.
Los guardias llevaban trajes negros, lentes oscuros y esa actitud de "si tocas a mi jefe, te desmiembro y te mando por encomienda". Todo muy moderado y ominoso, casi teatral. Me dieron ganas de preguntarles si cobraban por hora o por amenaza. Me di cuenta de que uno de ellos era Claudio y lo saludé:
—Hola, tanto tiempo —lo saludé—. ¿Y Daniel? Le tengo listo el poema.
No me dijo nada, solo movió la mano con un gesto que percibí que a Daniel lo habían despedido o eliminado. Conociendo a Matte, seguro que era la segunda. Por un segundo sentí pena, casi.
Isidora me saludó con un susurro de voz y esa clásica mirada de "sí, ya sé, mi papá es un psicópata criminal, pero es mi psicópata criminal".
Matte, en cambio, sonrió como si estuviera en una junta de empresarios, con la clásica sonrisa que dice "nuestras acciones subieron, relájense".
Apenas entraron, los dos guardias se pusieron a registrar el departamento como si fuera un museo de chismes. Iban con unos aparatos que detectaban algo; creo que buscaban cámaras o micrófonos escondidos.
Abrieron los cajones, miraron debajo del sillón y hasta revisaron los enchufes. Se notaba que sabían lo que hacían. Yo les ofrecí algo para beber, pero me miraron como si acabara de sugerirles una colonoscopía.
Así que me limité a sentarme en el borde del sillón, con el Dossier sobre mis rodillas mientras Isabel seguía temblando de pie.
—¿Todo limpio? —preguntó Matte con voz de gerente de hotel boutique.
—Sí, señor —contestó Claudio.
Isabel me tocó el hombro y me susurró que me tranquilizara. Como si yo fuera la que estaba sudando frío. No, gracias. Yo estaba perfectamente calmada. Bueno, calmada, significaba que no había lanzado aún ningún insulto sarcástico en voz alta.
Matte se sentó en la silla de Tomás, como si fuera su trono personal. Isidora, en cambio, se quedó de pie, como una sombra silenciosa. Saqué el Dossier del bolso y lo dejé sobre la mesa con un golpe seco que retumbó como un disparo.
—Aquí está —señalé—. Todo lo que encontré sobre Tenebrista y las ratas asquerosas, que lo manejaron a su antojo desde adentro. Me refiero a tu socio traidor.
Matte alargó la mano con una calma, como si tocara un animal salvaje. Lo abrió y lo conectó a una tablet que traía Isidora. Mientras Isabel y yo nos quedábamos en silencio, observándolo todo.
Cada tanto, sus ojos se detenían en algo y luego seguía con un movimiento casi perezoso. Como si no le importara. Pero yo sabía que le importaba, aunque intentara fingir lo contrario.
—¿Y se supone que confíe en que esta es la única copia? —preguntó Matte con una sonrisa que olía a plomo.
—Se supone que confíes, porque a mis quince años, no me interesa terminar enterrada en una bolsa de basura —le respondí, con mi mejor tono de "confía en mí, idiota".
Los guardias seguían vigilando cada rincón con miradas asesinas. Isidora se mantenía callada pero atenta, e Isabel se mantenía en su estado de crisis nerviosa que intentaba parecer tranquila.
Matte sacó el Dossier con un tirón seco. Se levantó y lo guardó en su bolsillo.
—Bien —exclamó—. Me lo llevo. Y espero que no estén mintiéndome.
De repente golpearon la puerta con la insistencia pasivo-agresiva de quien no tiene la menor intención de irse. Suspiré. El ambiente se puso denso; los guardias metieron las manos en sus chaquetas en un obvio gesto de tomar sus armas. Matte me dio una mirada de “si me traicionas, tengo la bolsa en el auto”.