Spoiler: No fue el gato

Capítulo 15

Con Isabel como mi aliada oficial, volvimos al departamento con pasos cautelosos, porque después de todo lo que habíamos pasado, cualquier ruido extraño nos hacía saltar, como en una película de terror sobreactuada.

Isabel estaba más nerviosa que yo —y eso es mucho decir—, pero yo solo pensaba en que habían pasado dos días desde que había visto a Fausto, nuestro gato con más misterios que una serie de detectives.

—Ojalá Fausto esté bien, juro que, si le ha pasado algo, me convierto en ladrona profesional y lo rescato del mismísimo infierno —murmuré, intentando sonar firme, aunque estaba medio temblando.

Abrimos la puerta despacio. Lo raro era el silencio absoluto, como si al departamento se le hubiera olvidado respirar. Y ahí estaba él, el gato tirado en su sillón favorito, con esa cara de “yo sé más de lo que ustedes se imaginan”.

Se veía bien, como si no hubiera pasado nada, ignorando por completo que sus humanos estaban en medio de un drama digno de un thriller policial.

—Eres un genio de la supervivencia —dije mientras lo acariciaba—. Ni siquiera pareces preocupado.

Ahí estábamos, dos mujeres al borde del colapso y un gato que no daba señales de querer salvarnos. El gato nos miró con sus ojos enormes y por un segundo pensé que iba a hablar y decirnos algo importante. Pero no, solo se durmió. Perfecto como siempre.

Con Fausto en perfectas y ronroneantes condiciones, creí que sería prudente informar a Isabel de mi descubrimiento sobre Antonia. No creo ser capaz de reproducir la reacción que tuvo Isabel, pero prometo que jamás he visto a una mujer tan enojada y decir tantos garabatos en tan corto periodo de tiempo. Mientras ella vomitaba su enojo con unos epítetos sacados de algún libro de la mafia, sonó el teléfono. Era la abuela.

No sé qué fue más milagroso: que nos dejaran entrar a ver a mi tío Tomás o que yo no me quebrara al verlo. Pero ahí estábamos, con Isabel a mi lado, caminando por un pasillo tan blanco y esterilizado que hasta mi sarcasmo parecía fuera de lugar.

Yo solo quería que Tomás se despertara y nos dijera que no se iba a morir. Pero él seguía ahí, tan quieto y tan frágil, y por primera vez en mucho tiempo me callé. Porque, aunque yo siempre tuviera algo para decir, hay silencios que dicen más que cualquier broma ingeniosa.

La habitación estaba llena de aparatos, tubos y esa atmósfera de falsa esperanza que solo logran los hospitales públicos. Ahí, en la cama, Tomás parecía más frágil que nunca. Su piel estaba casi tan pálida como sus ganas de estar ahí. Pero, aun así, pareció reaccionar cuando entramos.

—Tomás, ¿cómo te sientes? —preguntó Isabel mientras le acariciaba la mano, con esa voz que usaba solo cuando estaba a punto de llorar.

Tomás estaba inmóvil, pero respirando. Ahí estaba también la abuela, sentada al lado de la cama, apretando su rosario como si quisiera hacer un exorcismo improvisado.

Su expresión era la misma de siempre: inquisitiva y condescendiente. Perfecta para la ocasión, obviamente.

—¡Ya era hora! —exclamó, con un tono tan dramático que casi me dio un ataque de risa.

—Sí, es que habíamos estado resolviendo un pequeño problema, ¿recuerdas? —respondí.

Y antes de que pudiera decir algo más ingenioso, la puerta se abrió y apareció el fantasma del pasado: Ricardo, mi querido padre y traidor, vende familias. Venía con esa sonrisa falsa y unas flores en la mano.

—Hija —saludó, como si eso bastara para borrar años de traiciones—. Vine en cuanto pude. ¿Cómo está Tomás?

No dije nada. Isabel lo miró de reojo, pero con tanta furia que mi padre no quiso siquiera acercarse a ella para presentarse. La abuela suspiró, como si todavía quisiera defenderlo. Pero ni ella ni Isabel dijeron nada. Había un silencio tan pesado que casi me dio lástima. Casi.

—Hija, yo. Yo solo quería lo mejor para todos —se justificó.

Isabel, que normalmente haría de mediadora, estaba tan seria como una estatua asesina. La abuela solo rezaba más fuerte, como si pudiera purificar el aire que mi papá contaminaba con sus mentiras.

Mi papá, siempre tan valiente como una laucha en una trampa, me pidió que saliera con él a hablar.

Supongo que necesitaba un momento privado para su gran acto de salvación. Isabel, por algún inesperado motivo, decidió acompañarnos. Tal vez para asegurarse de que no lo lanzara por la ventana.

El pasillo estaba tan frío y vacío que el eco de nuestros pasos parecía un aplauso sarcástico. Mi papá respiró hondo, como si fuera un actor a punto de dar su gran monólogo de apertura.

—Beatriz, hija, yo quiero que sepas que lo siento —volvió a justificarse—. Sé que crees que te fallé. Sé que piensas que lo que supuestamente hice fue imperdonable, desde tu perspectiva.

Yo lo miraba fijo. Él se retorcía como un perro tratando de aprender a bailar tango. Pero yo no le iba a regalar ni media palabra. Ni una mísera sílaba. Porque hay cosas que simplemente no se dicen. Se demuestran.

Así que, mientras él seguía con su show barato, metí la mano en mi mochila y saqué un paquete de papas fritas. Lo abrí con tal lentitud que incluso a mí me pareció un gesto exagerado.

Él me miró con esos ojos de cachorro abandonado y yo, sin desviar la vista de sus ojos, saqué una papa y me la metí en la boca. Mastiqué lo más despacio posible, junto a todas las mentiras que le faltaban a su discurso. El crujido fue la única respuesta que obtuvo de mí.



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En el texto hay: humor negro, gato negro, saracasmo

Editado: 14.10.2026

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