La primera señal de que algo andaba mal fue que Tomás me ofreció panqueques sin que se le quemaran. La segunda, que no tenía música puesta. Y la tercera, bueno, la tercera fue el cadáver.
Pero retrocedamos un poco. Como en toda tragedia griega moderna, todo comenzó con una licuadora y expectativas rotas.
Era sábado. Mi esperanza de dormir hasta las once había sido brutalmente asesinada por un sonido que venía desde la cocina y que solo puedo describir como “el fin del mundo con mermelada de frutillas”.
Me levanté con el entusiasmo de un caracol deprimido y caminé hasta la cocina esperando encontrar destrucción o al menos a Tomás arruinando otra receta. En cambio, lo encontré con un delantal de Yoda, unas pantuflas que gritaban “renuncié a la dignidad en 2008” y hablando con una licuadora, como si fuera su terapeuta.
—Tú puedes, Silvia —la animaba—. No dejes que el hielo te gane. Tú eres más que esto.
Sí. Le había puesto nombre a la licuadora. Silvia. Imaginé que, si algún día se enamoraba, sería de una tostadora.
Me senté sin decir nada. Porque hay momentos que deben observarse con respeto. O con cámara oculta.
—¿Quieres panqueques? —preguntó, con una sonrisa y una normalidad inquietante.
—¿Hechos por ti o por Silvia? —inquirí.
—Míos —respondió—. Pero ella supervisó.
Asentí como quien firma un testamento. “Que sea lo que la diosa de los carbohidratos quiera”. ¿Sabes lo peor? Estaban ricos. No ricos de “esto se puede comer sin llorar”, sino de “me comería tres más y vendería un riñón por otra tanda”. Sospeché de inmediato. Tomás cocinando bien era como ver a un político decir la verdad: posible, pero estadísticamente improbable.
Fue en ese glorioso momento, mientras masticaba el tercer panqueque con sospecha y media, que sonó el timbre.
Tomás se quedó congelado. Lo miré con mi clásica cara de “yo no voy a moverme, así que suerte”.
—¿Vas a abrir? —pregunté.
—Podría ser un vecino —advirtió con cara de querer saltar por la ventana.
—¿Y qué te van a hacer? —repliqué—. ¿Pedirte sal? ¿Invitarte a un bingo satánico?
Suspiró y fue hacia la puerta.
Abrió. Y ahí estaba: ese ser humano que vivía para hacer comentarios pasivo-agresivos y regar plantas ajenas sin permiso, mientras te sonreía.
Era el señor Hugo, del departamento 108. Un tipo de unos treinta y tantos años, que siempre usaba camisa de oficina, aunque fuera sábado, y tenía un aura de ansiedad permanente. En definitiva, iba con su atuendo clásico de oficinista retirado al borde del suicidio.
Al mirarlo, siempre me venía una pregunta a la mente: ¿La evolución, realmente, fue una buena idea? Lo más notorio es que tenía un inconfundible olor a rancio y también a fracaso emocional. Y me refiero a rancio como en arroz cocido en sudor de trasero.
Se notaba que había leído: “Cómo hacer amigos e influir sobre las personas” y solo aplicó la parte de “no hagas contacto visual”.
—¿Te enteraste de que al señor Arrieta lo encontraron muerto? —preguntó, sin saludos ni contexto. Así, como quien comenta que subió el pan, pero con un cadáver en la frase.
Tomás quedó en silencio, con la boca entreabierta y los ojos de pez fuera del agua.
—¿Muerto cómo? —pregunté yo, que evidentemente tenía el único cerebro operativo en ese departamento.
—Muerto muerto —aclaró Hugo—. En su sillón. Con la tele prendida. Llevaba como dos días ahí. Medio tieso ya, parecía una momia.
—Quizás estaba viendo una teleserie turca —respondí—. Eso también mata lentamente. Por dentro y por fuera.
El vecino no se rio. Confirmado: cero sentido del humor y además rancio.
—Dicen que no saben si fue natural —continuó el rancio—. Pero igual raro. Nunca faltaba al almacén. Siempre se quejaba del precio de los huevos. Era su ritual —añadió.
Luego de un rato de comentarios innecesarios y de mí aguantando la respiración, Tomás despidió a Hugo, cerró la puerta con su clásica expresión de “quiero irme a vivir a una cueva” y se apoyó contra ella.
—¿Quedaste en shock por su olor a vinagre vencido? —ironicé—. Vamos a tener que prender una velita o, por lo menos, un incienso.
—Bea, no seas así —me reprendió suavemente—. Y no es por el olor de Hugo, es por el vecino que falleció.
—¿El señor Arrieta era el que te miraba feo cuando salías en pijama?
—Sí —confirmó—. Y el que dejaba notitas en el ascensor, como: “Por favor, no usar perfume fuerte” y “Los libros muy cerca de la ventana traen energía pasiva”. Tenía un gato negro, ¿te acuerdas? —agregó Tomás—. Podríamos cuidarlo hasta que alguien lo reclame.
—Verdad —asentí—. Y ahora me acuerdo de que el gato también te odiaba.
—Me escupía.
—Eso no es escupir, es bufar —lo corregí—. Pero sí, clarísima señal de odio gatuno.
Se hizo un silencio raro. El clásico silencio postmuerte de vecino con gato. Luego de eso, Tomás se fue a lavar los platos. Luego secó los platos. Luego volvió a lavar los mismos platos. En algún momento, me sirvió un té sin pedírselo. Detalle importante: yo ya tenía té.