Spoiler: No fue el gato

Capítulo 5

¿Sentiste alguna vez que tu profesora te miraba como si fueras un estorbo emocional entre ella y el amor imposible de su vida? No es una metáfora. Es literal. Esa era mi vida y créeme, no había antidepresivos suficientes para sobrevivir a eso.

Lunes. Primer bloque. Lenguaje con la profesora Isabel, también conocida como “la mujer que mezclaba Neruda con suspiros y sueños imposibles hacia mi tío Tomás”. Y que, probablemente, hacía más análisis de sus propios sentimientos que de los textos que debería enseñar.

La sala de clases olía a plumón seco, papeles viejos y frustración adolescente. Teníamos paredes con frases motivacionales tipo “El futuro se construye hoy” y un cartel de Gabriela Mistral que parecía mirarte con decepción pasiva. Mi lugar, al fondo, era un altar de independencia y desidia.

—Buenos días, chicos —saludó Isabel, entrando a la sala con una blusa blanca tan planchada que parecía capaz de cortar el aire y un perfume que gritaba “intento desesperado por parecer interesante”.

Todos murmuraron un "buenos días" sin entusiasmo. Algunos ni levantaron la cabeza. En especial, un niño genérico que ya estaba medio dormido encima de su cuaderno y otra, que fingía escribir mientras en realidad dibujaba aliens fumando. Sí. Ese era mi nivel de atención a mis compañeros.

Yo ya estaba en mi puesto, al fondo, porque el fondo es el lugar sagrado para cualquier adolescente, con más sarcasmo que paciencia. Desde ahí podía observar, juzgar y planear la mejor manera de desaparecer sin que nadie notara que me fui.

Isabel me miró, esa mirada mezcla de "tía cariñosa" y "competidora en duelo de miradas incómodas". Sonrió, como quien sabe que está ganando la partida sin que el otro se dé cuenta.

La clase siguió con poemas que yo escuchaba, mientras Isabel no paraba de lanzarme miradas de “te protegeré del mundo, incluso de mi propio corazón roto” y yo solo quería gritar “¡Déjame en paz!”.

Cuando terminó la clase, Isabel me detuvo en la puerta.

—Beatriz, ¿cómo estuvo tu fin de semana? —preguntó.

—Bastante bien. Vi a un muerto, una señora que usa cloro como arma química y a un hombre socialmente inepto, intentando seducir a una profesora que claramente quería matarlo con la mirada. Muy entretenido —respondí, porque honestidad, ante todo.

—¿Perdón? —preguntó, con esa expresión de quien no sabe si pedir ayuda psicológica o llamar a emergencias.

—Velorio. El muerto era vecino de mi tío, Tomás. Y creo que el gato sabe más que todos nosotros —expliqué.

Ella hizo una pausa dramática, digna de escuela de teatro de colegio, y luego dijo:

—Beatriz, si necesitas hablar, estoy aquí para ti.

Claro. Porque nada dice "profesora responsable" como ofrecerse de confidente, cuando secretamente está enamorada del tío del estudiante.

Me fui a recreo.

—¿Puedo sentarme contigo? —me preguntó alguien en voz baja.

Era una niña pálida con cara de “solo quiero encajar” y una carpeta llena de stickers de gatos cósmicos.

—¿Por qué? —respondí, sin disimular el escepticismo.

—Porque nadie más me deja. Y tú pareces diferente. Diferente en el buen sentido —aclaró con una sonrisa nerviosa.

Genial. La palabra mágica. “Diferente”. Como si fuera un cartel humano de “hazme tu proyecto social”.

—No soy buena para hacer de guía espiritual. Ni de amiga de transición —le advertí mirándola fijamente.

Quizás quería asustarla para que se fuera. Quién sabe.

—Solo quiero hablar, no casarme contigo —replicó.

Touché. Le hice un gesto vago de asentimiento. Se sentó a mi lado y, sorprendentemente, no habló más. Eso casi me hizo sentir mal. Casi. Luego, antes de volver a clases, me dijo:

—¿Y tú cómo te llamas en Instagram? ¿Cómo te busco? —preguntó sonriendo.

—No me llamo de ninguna manera, porque no tengo. Y jamás tendré —respondí—. Las redes sociales son muy estúpidas. Twitter está lleno de gente ignorante que cree que su opinión es un servicio público.

—¿Qué? ¿En serio? ¿Ni TikTok? ¿Nada? —exclamó.

—Instagram y TikTok son lo mismo que Twitter. Solo que para los que no saben leer —bromeé sonriendo con todos los dientes—. Lo más cerca que estoy de una red social es gritarle cosas al televisor cuando dan las noticias. Y es mucho más saludable, créeme.

—Pero, ¿y cómo ves memes?

—Me los trae una paloma mensajera. Anticuada, pero eficiente —contesté.

—Estás loca —declaró.

—No. Soy libre. Que no es lo mismo, pero en este mundo, casi.

—Me llamo Antonia —se presentó.

—Beatriz —respondí.

Cuando volví a la sala, Isabel me detuvo en la puerta.

—Beatriz, ¿puedo hablar contigo un momento?

Creí que ese era el momento en que sabes que te espera una charla existencial y, probablemente, una invitación incómoda a participar en absurdas actividades escolares para “mejorar la convivencia”.



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En el texto hay: humor negro, gato negro, saracasmo

Editado: 14.10.2026

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